(Publicado en Reflexiones sobre Educación con fecha 10/8/2012 y en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 15/8/2012)
ALGO SOBRE PEDAGOGIA Y POSMODERNIDAD (Parte II)
Aprender es hacer algo que no se sabe
para aprender a hacerlo. Julio Cortázar.
En la nota anterior (“Algo sobre Pedagogía y Posmodernidad”, del día 13 de julio del corriente año) destacábamos la importancia de trabajar, desde una perspectiva pedagógica, con jóvenes reunidos en grupos de reflexión y de acción con la finalidad de indagar acerca de la incidencia de estos tiempos posmodernos en la vida cotidiana de nuestra juventud. Una clave fundamental a esos efectos la constituye el aprendizaje grupal, entendido desde una mirada crítica que permita el aflojamiento de las certezas que se les venden a los adolescentes como si fuera el único camino posible. Formar hombres, no llenar cabezas se suele expresar, apuntando a la diferencia entre educación e instrucción, entre formación y mera información. Phillipe Meirieu nos dice que instruir escapa a toda reflexión, es simplemente aplicar; mientras que educar es transmitir normas y valores en un ámbito de libertad y autonomía. La instrucción impone y domestica, en tanto que la educación habilita y libera.
Resulta interesante destacar que al día siguiente de su publicación en estas Reflexiones sobre Educación de Miguel Angel Ricci, la nota arriba mencionada fue incluida en el blog El Mensajero bajo el significativo título de “Los Jóvenes deben Aportar”. Por ello, en lo que sigue queremos puntualizar algunos aspectos que hacen al indicado aporte a realizar por la juventud. Pues, uno de los fines de la didáctica grupal es el paulatino mejoramiento social que pueda conducir a esos jóvenes a desplegar al máximo sus potencialidades. Emmanuel Lévinas hace alusión al advenimiento de una libertad que constituya; y nosotros la pensamos como sucediendo dentro de un espacio grupal, donde los adolescentes se permitan cuestionar la influencia de las determinaciones megaglobalizadas que les vienen del mundo externo. Hablamos de una noluntad, es decir de la posibilidad de decir “no” a una ideología uniforme que sólo pretende jóvenes que vivan sin objetivos trascendentes y sin ideales propios.
Un pedagogo crítico, para sustentar hoy éticamente este proyecto de intervención grupal, tendrá que explicitar con claridad sus valores-guía para involucrar al grupo de chicos con el cual opera mediante sólidos mecanismos participativos, verdaderamente democráticos y no manipulados. Según Olivier Reboul, un aprendizaje es emancipador sólo en la medida que sus adquisiciones son transferibles; hay que desembarazarse del paradigma de la educación como fabricación y procurar el poder liberador de los aprendizajes. Pues, se trata de que sean los propios adolescentes quienes definan en comunión el rumbo de acción. Siguiendo las ideas de Paulo Freire, creemos que dentro de un proceso grupal no es lo mismo ser moldeado o fabricado que ser ayudado y contenido. Si la juventud quiere luchar para salir a flote en esta época hiperglobalizada (salpicada por un marco de velocidad, de exceso y de saturación), deberá pelear contra una concepción pedagógica autoritaria que sólo trata de domesticarla.
Si fuese cierto que la educación no cambia el mundo, sino que modifica a las personas que van a cambiar el mundo; entonces el concepto clave aquí es el compromiso crítico de los adolescentes en pos de la superación conjunta de los conflictos, problemas y dilemas que les depara la crisis de la sobremodernidad. Noam Chomsky cuestiona el modelo colonial de enseñanza, sosteniendo que hay poderosas estructuras en la sociedad que prefieren ver una juventud formateada y adoctrinada. La tarea colectiva tiende al rompimiento de semejante idea de obediencia, entendiendo al grupo como un espacio de encuentro juvenil que respete la diversidad y permita alcanzar metas en común, aunque no estrictamente idénticas ni similares. La propuesta tal vez conlleve un horizonte utópico —aunque no irrealizable— de apertura a nuevos modos de pensar, sentir y hacer con los aprendizajes, en íntima conexión con las necesidades de los pibes que deben enfrentar las inequidades de sistemas tan injustos.
Para Henry A. Giroux no existe esperanza sin un futuro al que hay que hacer, construir, dar forma. Frente a la práctica educativa tradicional postula la teoría educativa crítica. Su concepción busca convertir la tarea pedagógica en una praxis transformadora, buscando otras verdades alternativas y contrahegemónicas. Creemos que el acontecer grupal es totalmente apto para el logro de transformaciones dialécticas en nuestros adolescentes, propiciando de modo esencial la pérdida de una mirada ingenua e inocente sobre la realidad. Además, sostenemos que un joven que participa en grupos y activamente ya no volverá a ser la misma persona, pues podrá adquirir una nueva y remozada subjetividad ante sí y ante su circunstancia toda. Parafraseando a Ignacio Martín-Baró, el proyecto es bucear tanto en la política de la enseñanza como en la enseñanza de la política, de modo tal de liberar a cada joven brindándole una mayor autonomía y distintas posibilidades reales de elección de vida.
En las sucesivas reuniones en grupo, creemos que los jóvenes se van encaminando hacia una abierta y más fecunda dialogicidad, para así cambiar las relaciones de mera obediencia por vínculos de colaboración y de cooperación. No fosilizar los aprendizajes implica —usando conceptos de Jean Paul Sartre— dar fin a la idea digestiva del saber, esa cuyos contenidos petrificados simplemente circulan en una suerte de tratamiento que sólo busca engordar a los pibes, inhibiéndolos de toda posibilidad de acción, de invención y de creación. Hablamos de una pedagogía colectivamente compartida y claramente emancipatoria de ese no-lugar que la posmodernidad quiere para la juventud de hoy. Si François Marie Arouet, más conocido en lo público como Voltaire, decía: invento pasiones para ejercitarme; algo parecido tendrán que intentar los jóvenes agrupados y haciendo transitar entre ellos tanto las palabras como los deseos. En suma: para seguir ejercitando sus pasiones más íntimas y verdaderas.
MARTINA WRIGHT
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
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jueves, 9 de agosto de 2012
viernes, 13 de julio de 2012
092 - Algo Sobre Pedagogía y Posmodernidad
(Publicado en Reflexiones sobre Educación con fecha 13/7/2012; en El Mensajero con fecha 14/7/2012 y en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 15/8/2012)
ALGO SOBRE PEDAGOGIA Y POSMODERNIDAD
Cada vez que enseñes, enseña también a dudar
de aquello que enseñas. José Ortega y Gasset.
En relación a la temática de la posmodernidad, queremos destacar lo enriquecedor que resulta trabajar —desde una perspectiva pedagógica— con jóvenes reunidos en grupos de reflexión y acción. Coordinando grupos de adolescentes, logramos ir proporcionándonos una especie de guía para la vida cotidiana actual, caracterizada por la liquidez y la fluidez que imperan en estos tiempos hiperglobalizados. Tal labor pedagógica consiste en apoyar dicho trabajo en grupo, a condición de que cada uno de los jóvenes tenga algo que aportar en él. Con esta metodología se intenta dar curso a un modo de hacer con los jóvenes, de manera que interactúen y se pongan al servicio de su tarea. Y una de las aristas de esta reunión grupal consiste en averiguar cómo incide la denominada era del vacío en las formas de vinculación de nuestra juventud, hoy caracterizadas por una progresiva atenuación de los lazos de convivencia.
Sabido es que a los adolescentes de esta modernidad tardía se pretende venderles una ideología uniforme, que no es otra cosa que la representación de una relación meramente imaginaria —es decir, que ocurre tan sólo en sus propias mentes— con sus condiciones reales y concretas de existencia. Si toda formación social depende del modo de producción dominante, los jóvenes agrupados en la forma que aquí propiciamos tendrán que ir recuperando la dignidad de la palabra singular y aceptar, a la vez, la diversidad de sus distintos saberes. Es posible que coincidan en que la actual hipermodernidad es una vorágine de perpetua renovación y desintegración; y logren entender que deberán esforzarse para no aceptar acríticamente las ideas hegemónicas impuestas desde lugares que no les pertenecen. Con la fuerza que brinda el fenómeno de lo grupal, no cabe duda que se van a producir importantes resultados éticos.
La pedagogía de hoy debe preocuparse por el sentido y la significación de la educación, como así también por su importancia en la construcción de sujetos de conocimiento, de trabajo, de acción y de participación. La enseñanza cultiva al joven; y por medio de la educación se va construyendo al ciudadano —y no a un mero sujeto consumidor— a través del acceso al saber para todos. El trabajo en grupos propuesto lleva implícito la intencionalidad del mejoramiento social progresivo que permita a los adolescentes desarrollar al máximo sus potencialidades. Si la posmodernidad globalizadora apunta a formar jóvenes sincrónicos, que vivan sin ideales propios y sin objetivos trascendentes, estimulando su ingenuidad y anulando todo poder creador; la lógica grupal aquí referenciada va en procura de constituir para la juventud una nueva oportunidad de tomar conciencia de la libertad de actuar de otro modo en la vida.
Son muchos y variados los temas a abordar, tales como la constante expulsión de los jóvenes de los ámbitos laborales que los dejan excluidos del sistema, caracterizado por el papel creciente de las empresas multinacionales, por la globalización de los mercados y la desregulación financiera, por la preeminencia de un marketing universal y el desarrollo de las megamarcas, por la revolución de las técnicas de la información, por el florecimiento de una producción a medida de las masas; en fin, con los mercados transnacionales imponiendo sus leyes sobre el planeta en pos de hacer de la juventud un modelo de consumidor-mundo. Los adolescentes agrupados y trabajando en conjunto podrán ir en búsqueda de un otro paradigma, con fundamento en una ética humanista que combata para derrotar a ese no-lugar impuesto y donde impera un clima de anomia que busca impedir a los jóvenes todo ordenamiento posible.
La llamada pedagogía crítica está esencialmente interesada en la comprensión de la relación entre el conocimiento y el poder. Así, consideramos que los discursos dominantes (que la juventud recibe a diario) no sólo refuerzan el status quo sino que incluso son verdaderos regímenes de verdad, pues moldean la subjetividad de cada joven y su modo de comprender el mundo. El contra discurso grupal y crítico aquí propuesto es un acto de habilitación individual y colectivo, en tanto ayude a los adolescentes a comprender y abordar la sociedad que los rodea y, además, nos permite entre todos capacitarnos para ir cambiando el orden social allí donde sea necesario. Se trata de romper con los valores y creencias dominantes; decir no a una enseñanza entendida como fabricación uniforme de subjetividad y que cada vez más adolescentes busquen ser obra de sí mismos, dueños de sus propia historia.
Desde esa pedagogía podemos hablar de un proceso de autonomización que habilite la modelación posible de este trabajo grupal en términos de apuntalamiento, montando dispositivos que permitan a los adolescentes intentar aventuras nuevas. Este proceso irá dándose de modo dialéctico y en vueltas de espiral a lo largo de la existencia de cada joven, en un ámbito de confianza mutua que intenta fortalecer el ser-para-sí de cada cual pero haciendo también sitio para el otro compañero de ruta. Digamos que el accionar del pedagogo puede ser aquí decisivo, si logra desarrollar nuevas ideas educativas —más democráticas y participativas— que ayuden a encarar los problemas del siglo XXI que recién ha comenzado, como así también si consigue instalar en esta juventud de la posmodernidad el deseo del aprendizaje en grupo, donde la presencia de los otros sea cuidada y reafirmada. El futuro próximo tiene la palabra.
MARTINA WRIGHT
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
ALGO SOBRE PEDAGOGIA Y POSMODERNIDAD
Cada vez que enseñes, enseña también a dudar
de aquello que enseñas. José Ortega y Gasset.
En relación a la temática de la posmodernidad, queremos destacar lo enriquecedor que resulta trabajar —desde una perspectiva pedagógica— con jóvenes reunidos en grupos de reflexión y acción. Coordinando grupos de adolescentes, logramos ir proporcionándonos una especie de guía para la vida cotidiana actual, caracterizada por la liquidez y la fluidez que imperan en estos tiempos hiperglobalizados. Tal labor pedagógica consiste en apoyar dicho trabajo en grupo, a condición de que cada uno de los jóvenes tenga algo que aportar en él. Con esta metodología se intenta dar curso a un modo de hacer con los jóvenes, de manera que interactúen y se pongan al servicio de su tarea. Y una de las aristas de esta reunión grupal consiste en averiguar cómo incide la denominada era del vacío en las formas de vinculación de nuestra juventud, hoy caracterizadas por una progresiva atenuación de los lazos de convivencia.
Sabido es que a los adolescentes de esta modernidad tardía se pretende venderles una ideología uniforme, que no es otra cosa que la representación de una relación meramente imaginaria —es decir, que ocurre tan sólo en sus propias mentes— con sus condiciones reales y concretas de existencia. Si toda formación social depende del modo de producción dominante, los jóvenes agrupados en la forma que aquí propiciamos tendrán que ir recuperando la dignidad de la palabra singular y aceptar, a la vez, la diversidad de sus distintos saberes. Es posible que coincidan en que la actual hipermodernidad es una vorágine de perpetua renovación y desintegración; y logren entender que deberán esforzarse para no aceptar acríticamente las ideas hegemónicas impuestas desde lugares que no les pertenecen. Con la fuerza que brinda el fenómeno de lo grupal, no cabe duda que se van a producir importantes resultados éticos.
La pedagogía de hoy debe preocuparse por el sentido y la significación de la educación, como así también por su importancia en la construcción de sujetos de conocimiento, de trabajo, de acción y de participación. La enseñanza cultiva al joven; y por medio de la educación se va construyendo al ciudadano —y no a un mero sujeto consumidor— a través del acceso al saber para todos. El trabajo en grupos propuesto lleva implícito la intencionalidad del mejoramiento social progresivo que permita a los adolescentes desarrollar al máximo sus potencialidades. Si la posmodernidad globalizadora apunta a formar jóvenes sincrónicos, que vivan sin ideales propios y sin objetivos trascendentes, estimulando su ingenuidad y anulando todo poder creador; la lógica grupal aquí referenciada va en procura de constituir para la juventud una nueva oportunidad de tomar conciencia de la libertad de actuar de otro modo en la vida.
Son muchos y variados los temas a abordar, tales como la constante expulsión de los jóvenes de los ámbitos laborales que los dejan excluidos del sistema, caracterizado por el papel creciente de las empresas multinacionales, por la globalización de los mercados y la desregulación financiera, por la preeminencia de un marketing universal y el desarrollo de las megamarcas, por la revolución de las técnicas de la información, por el florecimiento de una producción a medida de las masas; en fin, con los mercados transnacionales imponiendo sus leyes sobre el planeta en pos de hacer de la juventud un modelo de consumidor-mundo. Los adolescentes agrupados y trabajando en conjunto podrán ir en búsqueda de un otro paradigma, con fundamento en una ética humanista que combata para derrotar a ese no-lugar impuesto y donde impera un clima de anomia que busca impedir a los jóvenes todo ordenamiento posible.
La llamada pedagogía crítica está esencialmente interesada en la comprensión de la relación entre el conocimiento y el poder. Así, consideramos que los discursos dominantes (que la juventud recibe a diario) no sólo refuerzan el status quo sino que incluso son verdaderos regímenes de verdad, pues moldean la subjetividad de cada joven y su modo de comprender el mundo. El contra discurso grupal y crítico aquí propuesto es un acto de habilitación individual y colectivo, en tanto ayude a los adolescentes a comprender y abordar la sociedad que los rodea y, además, nos permite entre todos capacitarnos para ir cambiando el orden social allí donde sea necesario. Se trata de romper con los valores y creencias dominantes; decir no a una enseñanza entendida como fabricación uniforme de subjetividad y que cada vez más adolescentes busquen ser obra de sí mismos, dueños de sus propia historia.
Desde esa pedagogía podemos hablar de un proceso de autonomización que habilite la modelación posible de este trabajo grupal en términos de apuntalamiento, montando dispositivos que permitan a los adolescentes intentar aventuras nuevas. Este proceso irá dándose de modo dialéctico y en vueltas de espiral a lo largo de la existencia de cada joven, en un ámbito de confianza mutua que intenta fortalecer el ser-para-sí de cada cual pero haciendo también sitio para el otro compañero de ruta. Digamos que el accionar del pedagogo puede ser aquí decisivo, si logra desarrollar nuevas ideas educativas —más democráticas y participativas— que ayuden a encarar los problemas del siglo XXI que recién ha comenzado, como así también si consigue instalar en esta juventud de la posmodernidad el deseo del aprendizaje en grupo, donde la presencia de los otros sea cuidada y reafirmada. El futuro próximo tiene la palabra.
MARTINA WRIGHT
RONALDO WRIGHT
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lunes, 2 de mayo de 2011
076 - Globalización y Adolescencia (Parte II)
(Publicado en Reflexiones sobre Educación con fecha 9/5/2011)
GLOBALIZACION Y ADOLESCENCIA (Parte II)
En relación a la temática de la globalización y de la posmodernidad, venimos destacando lo enriquecedor que resulta trabajar, desde una perspectiva psicosocial, con nuestros jóvenes en grupos de reflexión y de acción. Coordinando grupos de adolescentes, logramos proporcionarnos entre todos una guía para la vida cotidiana actual, procurando además construir un espacio para lo creativo y para el invento. El punto de partida se basa en la cultura líquida y fluida que impera en estos tiempos que corren, lo que nos permite hablar de una verdadera era del vacío. Y desde ya, se trata de averiguar cómo ello incide en los modos de vincularnos, caracterizados por una progresiva atenuación de los lazos y de las reglas de convivencia, en muchos casos al límite de su desaparición. La fragilidad de los vínculos interhumanos conduce al concepto de hombre unidimensional de Herbert Marcuse, donde parece que todo se desliza sin una base sólida ni un anclaje afectivo estable.
Los adolescentes de tal modo agrupados intentan promover una concreta lógica democrática y participativa, recuperando la dignidad de la palabra singular y aceptando la diversidad de sus distintos saberes. Coinciden en que la hipermodernidad es una vorágine de perpetua renovación y desintegración, como así también que el síndrome consumista se caracteriza por el exceso, la velocidad y el desperdicio. Entienden que tienen que esforzarse —y mucho— para no aceptar acríticamente las ideas hegemónicas impuestas desde lugares que no les pertenecen. Y para generar juntos nuevos modos de pensar, sentir y hacer que en verdad los comprometa con la comunidad que integran. Leemos a Arthur Rimbaud, quien señalaba que es fundamental hacernos videntes, inspeccionando lo invisible y oyendo lo inaudito. Se trata de explorar lo diverso, que implica ni más ni menos que pasar de la búsqueda de las certezas absolutas a la aceptación de las incertidumbres.
Queda por demás claro que en la actual era del vacío aparece una renovada forma de control de los comportamientos, un nuevo proceso de personalización que pretende oscuros fines, valores y legitimidades sociales. Se apunta al surgimiento de jóvenes sincrónicos que vivan sin ideales propios y sin objetivos trascendentes. Emile Durkheim advertía que en tal modelo de cultura, el incremento de semejante interacción lleva al sincretismo, a la mezcla de dioses extraños, para desembocar en la disminución del sentimiento de pertenencia a un grupo y en la acentuación de los fenómenos de exclusión. Grupalmente se comentan las noticias sobre el trabajo esclavo utilizado por las grandes empresas —algunas multinacionales— en pleno siglo XXI; además del notable fenómeno que representa la ampliación de la brecha entre incluidos y excluidos. Son relativamente pocos los adolescentes llamados a consumir mundo y cada vez son más los consumidos por el mundo.
La problemática vinculada al trabajo adolescente y su correlato, la desocupación, como así también la capacitación continua y la experiencia que van adquiriendo nuestros pibes, también se abordan en estos espacios de reflexión grupal que ayudan a potenciar las posibilidades individuales y colectivas. El clima de solidaridad entre los jóvenes les permite responder mejor a los diferentes cambios sociales y a las nuevas modalidades del mercado laboral posmoderno. También estos espacios son aprovechados para brindar información acerca de los avances legales en materia de derechos de los adolescentes y de los distintos medios para su efectivización. Se promueve la participación y el pleno ejercicio de valores tales como la ciudadanía y se difunden los contenidos de las normas que hacen a la protección integral de sus derechos y garantías que, cabe destacar, son de orden público, irrenunciables, indivisibles, interdependientes e intransigibles.
Hoy podemos ver a los poderosos medios concentrados de comunicación no sólo distorsionando diariamente la realidad, sino difundiendo explícita e implícitamente el estilo de vida a seguir. Los adolescentes comienzan a tomar conciencia de que esos mensajes están dirigidos a ellos, pretendiendo crearles nuevas necesidades y deseos a través de la mentira y de la desinformación manipulada. Surgen los llamados grandes relatos de los medios formadores de opinión, aquellos que Jean François Lyotard visualizaba y a partir de los cuales el bienestar individual como mundo y representación va en pos de una felicidad light. Es la tiranía del momento la que impone que elegir sea una obligación más que una opción, atiborrando el mercado de cosas cuyo destino inmediato es su renovación precipitada como un imperativo decisivo de la producción y del marketing. Los otros pasan a ser indiferentes y la aldea globalizada aspira al desapego emocional.
La tarea grupal, con técnicas operativas de indagación y acción específicas, brinda a nuestra juventud un mayor protagonismo para operar de manera positiva en la superación conjunta de los conflictos, problemas y dilemas. Sabemos que lo grupal incentiva tanto la producción de ideas como la realización de acciones concretas, logrando una adaptación del joven al medio en que le toca vivir. Se modifican nuestras matrices de aprendizaje, trabajando sobre las distintas individualidades y alentando permanentemente la heterogeneidad grupal. En muchos casos, aparece la falta de sentido existencial que promueve esta hipermodernidad y que desemboca en lo que conocemos como kakón adolescente (kakón: palabra griega de género neutro, que significa “lo malo”). Utilizamos dicha expresión para designar el malestar de la vida, el tedio y la ausencia de sentido en los pibes, presentándose a veces bajo la figura de síntomas depresivos propios de la pulsión de muerte.
Milan Kundera piensa que el nivel de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. En la sociedad del homo consumens, los vínculos humanos tienden a estar mediados por el mercado del megaconsumo y el imperio de lo efímero se ha convertido en el principio que organiza la vida colectiva de la sobremodernidad. Y los pibes conocen bastante de estas vivencias, toda vez que les ha tocado nacer y vivir en su condición de internautas navegando por el ciberespacio de internet y de la www world wide web. Según Zygmunt Bauman, los vínculos actuales son considerados frágiles, inestables y tan fáciles de romper como de crear. Los adolescentes ya saben que la denominada red mediática no promete ser un buen terreno para la construcción de relaciones sociales perdurables. Por eso disfrutan mucho de los encuentros grupales cara a cara, mirada a mirada, cuerpo a cuerpo, que poseen una riqueza distinta a la posmoderna tecnología de la vinculación virtual.
Esta juventud siente que tiene una tarea por delante, cual es la de edificar una nueva y mejor estructura de la sociedad, afianzando y extendiendo las redes sociales y capacitándose de manera constante. A tales efectos, hacemos del aprendizaje una apropiación instrumental de la realidad y no olvidamos al respecto la concepción problematizadora y dialógica que nos enseñara Paulo Freire: la vida cotidiana misma abordada desde una dimensión social. Concebimos al sujeto como un ser habitado por las imágenes de la realidad exterior, inscriptas en cada uno de nosotros de una forma singular para transformarse luego en el signo de nuestra identidad. Sören Kierkegaard creía que la cultura era el cielo que recorría al individuo para alcanzar el conocimiento de sí mismo. Y nosotros agregamos que ese entendimiento es mucho más rico buscarlo y hallarlo interactuando junto a los otros, al lado de los demás y, si se comienza con tal práctica a temprana edad, resulta un tanto mejor.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
GLOBALIZACION Y ADOLESCENCIA (Parte II)
En relación a la temática de la globalización y de la posmodernidad, venimos destacando lo enriquecedor que resulta trabajar, desde una perspectiva psicosocial, con nuestros jóvenes en grupos de reflexión y de acción. Coordinando grupos de adolescentes, logramos proporcionarnos entre todos una guía para la vida cotidiana actual, procurando además construir un espacio para lo creativo y para el invento. El punto de partida se basa en la cultura líquida y fluida que impera en estos tiempos que corren, lo que nos permite hablar de una verdadera era del vacío. Y desde ya, se trata de averiguar cómo ello incide en los modos de vincularnos, caracterizados por una progresiva atenuación de los lazos y de las reglas de convivencia, en muchos casos al límite de su desaparición. La fragilidad de los vínculos interhumanos conduce al concepto de hombre unidimensional de Herbert Marcuse, donde parece que todo se desliza sin una base sólida ni un anclaje afectivo estable.
Los adolescentes de tal modo agrupados intentan promover una concreta lógica democrática y participativa, recuperando la dignidad de la palabra singular y aceptando la diversidad de sus distintos saberes. Coinciden en que la hipermodernidad es una vorágine de perpetua renovación y desintegración, como así también que el síndrome consumista se caracteriza por el exceso, la velocidad y el desperdicio. Entienden que tienen que esforzarse —y mucho— para no aceptar acríticamente las ideas hegemónicas impuestas desde lugares que no les pertenecen. Y para generar juntos nuevos modos de pensar, sentir y hacer que en verdad los comprometa con la comunidad que integran. Leemos a Arthur Rimbaud, quien señalaba que es fundamental hacernos videntes, inspeccionando lo invisible y oyendo lo inaudito. Se trata de explorar lo diverso, que implica ni más ni menos que pasar de la búsqueda de las certezas absolutas a la aceptación de las incertidumbres.
Queda por demás claro que en la actual era del vacío aparece una renovada forma de control de los comportamientos, un nuevo proceso de personalización que pretende oscuros fines, valores y legitimidades sociales. Se apunta al surgimiento de jóvenes sincrónicos que vivan sin ideales propios y sin objetivos trascendentes. Emile Durkheim advertía que en tal modelo de cultura, el incremento de semejante interacción lleva al sincretismo, a la mezcla de dioses extraños, para desembocar en la disminución del sentimiento de pertenencia a un grupo y en la acentuación de los fenómenos de exclusión. Grupalmente se comentan las noticias sobre el trabajo esclavo utilizado por las grandes empresas —algunas multinacionales— en pleno siglo XXI; además del notable fenómeno que representa la ampliación de la brecha entre incluidos y excluidos. Son relativamente pocos los adolescentes llamados a consumir mundo y cada vez son más los consumidos por el mundo.
La problemática vinculada al trabajo adolescente y su correlato, la desocupación, como así también la capacitación continua y la experiencia que van adquiriendo nuestros pibes, también se abordan en estos espacios de reflexión grupal que ayudan a potenciar las posibilidades individuales y colectivas. El clima de solidaridad entre los jóvenes les permite responder mejor a los diferentes cambios sociales y a las nuevas modalidades del mercado laboral posmoderno. También estos espacios son aprovechados para brindar información acerca de los avances legales en materia de derechos de los adolescentes y de los distintos medios para su efectivización. Se promueve la participación y el pleno ejercicio de valores tales como la ciudadanía y se difunden los contenidos de las normas que hacen a la protección integral de sus derechos y garantías que, cabe destacar, son de orden público, irrenunciables, indivisibles, interdependientes e intransigibles.
Hoy podemos ver a los poderosos medios concentrados de comunicación no sólo distorsionando diariamente la realidad, sino difundiendo explícita e implícitamente el estilo de vida a seguir. Los adolescentes comienzan a tomar conciencia de que esos mensajes están dirigidos a ellos, pretendiendo crearles nuevas necesidades y deseos a través de la mentira y de la desinformación manipulada. Surgen los llamados grandes relatos de los medios formadores de opinión, aquellos que Jean François Lyotard visualizaba y a partir de los cuales el bienestar individual como mundo y representación va en pos de una felicidad light. Es la tiranía del momento la que impone que elegir sea una obligación más que una opción, atiborrando el mercado de cosas cuyo destino inmediato es su renovación precipitada como un imperativo decisivo de la producción y del marketing. Los otros pasan a ser indiferentes y la aldea globalizada aspira al desapego emocional.
La tarea grupal, con técnicas operativas de indagación y acción específicas, brinda a nuestra juventud un mayor protagonismo para operar de manera positiva en la superación conjunta de los conflictos, problemas y dilemas. Sabemos que lo grupal incentiva tanto la producción de ideas como la realización de acciones concretas, logrando una adaptación del joven al medio en que le toca vivir. Se modifican nuestras matrices de aprendizaje, trabajando sobre las distintas individualidades y alentando permanentemente la heterogeneidad grupal. En muchos casos, aparece la falta de sentido existencial que promueve esta hipermodernidad y que desemboca en lo que conocemos como kakón adolescente (kakón: palabra griega de género neutro, que significa “lo malo”). Utilizamos dicha expresión para designar el malestar de la vida, el tedio y la ausencia de sentido en los pibes, presentándose a veces bajo la figura de síntomas depresivos propios de la pulsión de muerte.
Milan Kundera piensa que el nivel de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. En la sociedad del homo consumens, los vínculos humanos tienden a estar mediados por el mercado del megaconsumo y el imperio de lo efímero se ha convertido en el principio que organiza la vida colectiva de la sobremodernidad. Y los pibes conocen bastante de estas vivencias, toda vez que les ha tocado nacer y vivir en su condición de internautas navegando por el ciberespacio de internet y de la www world wide web. Según Zygmunt Bauman, los vínculos actuales son considerados frágiles, inestables y tan fáciles de romper como de crear. Los adolescentes ya saben que la denominada red mediática no promete ser un buen terreno para la construcción de relaciones sociales perdurables. Por eso disfrutan mucho de los encuentros grupales cara a cara, mirada a mirada, cuerpo a cuerpo, que poseen una riqueza distinta a la posmoderna tecnología de la vinculación virtual.
Esta juventud siente que tiene una tarea por delante, cual es la de edificar una nueva y mejor estructura de la sociedad, afianzando y extendiendo las redes sociales y capacitándose de manera constante. A tales efectos, hacemos del aprendizaje una apropiación instrumental de la realidad y no olvidamos al respecto la concepción problematizadora y dialógica que nos enseñara Paulo Freire: la vida cotidiana misma abordada desde una dimensión social. Concebimos al sujeto como un ser habitado por las imágenes de la realidad exterior, inscriptas en cada uno de nosotros de una forma singular para transformarse luego en el signo de nuestra identidad. Sören Kierkegaard creía que la cultura era el cielo que recorría al individuo para alcanzar el conocimiento de sí mismo. Y nosotros agregamos que ese entendimiento es mucho más rico buscarlo y hallarlo interactuando junto a los otros, al lado de los demás y, si se comienza con tal práctica a temprana edad, resulta un tanto mejor.
RONALDO WRIGHT
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miércoles, 9 de febrero de 2011
074 - Globalización y Adolescencia
(Publicado en Reflexiones sobre Educación con fecha 25/3/2011 y en el Diario de Cultura y Educación de Rosario con fecha 30/3/2012)
GLOBALIZACION Y ADOLESCENCIA
Sabemos que la globalización es un proceso económico, político, social, cultural y tecnológico a gran escala, caracterizado por la creciente comunicación e interdependencia entre distintos países del mundo unificando sus mercados, sus sociedades y sus culturas. Es considerada como un proceso dinámico producido esencialmente por los territorios que han abierto sus puertas a la revolución informática, cobrando fundamental importancia el rol de las empresas transnacionales y la libre circulación de capitales, junto con la definitiva implantación de la sociedad del hiperconsumo. Aunque debe señalarse que, la globalización actual en curso, incluye sólo al quince por ciento (15%) de la población mundial, dejando al resto del planeta por fuera de este nuevo orden internacional cuya hegemonía ejercen claramente los Estados Unidos de América. Para ellos, quienes cuestionan este modelo neoliberal son considerados como verdaderos globalifóbicos.
La pregunta que aquí nos formulamos es cómo incide en nuestros jóvenes del siglo XXI esta concepción de Aldea Global, donde todo parece escurrirse velozmente y donde supuestas fuerzas anónimas se encuentran operando en una vasta tierra de nadie. Hoy vivimos bajo la mano invisible de los mercados y el poder planetario está concentrado en un número de voluntades cada vez menor. Según el filósofo francés Gilles Lipovetsky, la sociedad del hiperconsumo es la tercera etapa histórica del capitalismo, caracterizada por la globalización de los mercados y la desregulación financiera, por el papel creciente de las firmas multinacionales, por la revolución de las técnicas de la información, por la preeminencia de un marketing global, por el desarrollo de las megamarcas o hipermarcas, por el florecimiento de una producción a medida de las masas, que ha cedido su paso a la lógica de la multiplicación de la variedad y de una obligada renovación perpetua.
Además de impulsar a los adolescentes al hiperconsumo, para este sistema es fundamental mantenerlos consumiendo. Gracias a la nueva porosidad de las economías presuntamente nacionales, los mercados financieros globales imponen sus leyes sobre el planeta y lo relevante para ellos es construir un modelo de consumidor-mundo. La motivación del megaconsumo se convierte, entonces, en un dispositivo clave, cual es introducir en la consciencia —y también en el inconsciente— de los pibes la idea del superconsumo. Algo así como consumir para la Humanidad, convertirlos en sujetos del consumo para los objetos del consumo. Los emprendimientos transnacionales articulan ideológicamente el proceso de organización simbólica de esta nueva economía mundial; y todo esto se hace de modo fluido, muy rápidamente. Por supuesto que, estas macroeconomías de gran velocidad no hacen otra cosa que dejar fuera de carrera a nuestros niños y jóvenes.
La era de la globalización se caracteriza por las formas intangibles y hoy se vive en una selva artificial, en la selva fabricada de la que habla el sociólogo británico Anthony Giddens. Y obviamente, una herramienta esencial para el logro de la aludida fabricación es la publicidad. Su lógica procura incidir directamente tanto en los deseos como en las transgresiones de los adolescentes, controlando y modificando sus códigos sociales de acuerdo a las conveniencias del mercado. Rige, además, el carácter efímero de las modas y de los gustos, pues la propaganda misma es una industria en sí. Es más, cualquier ataque contra el marketing es considerado como una agresión contra el capitalismo. La publicidad va siempre a la caza de nuevos productos y de más giles, con perdón de la expresión. Para ello se estudian profundamente los comportamientos de los pibes y sus razones para consumir, e incluso se trasladan los productos y las marcas a sus juveniles figuras.
La juventud es introducida casi por la fuerza en la estratósfera de las supermarcas, mediante la aceptación acrítica de normas y valores impuestos por el dios mercado. Los medios concentrados de comunicación masiva ayudan —y mucho— al articular ideológicamente qué deben pensar, sentir y hacer nuestros adolescentes. Y esos grandes monopolios implican también ausencia de alternativas, pues todo va en procura de que la identidad de la juventud camine al lado de la identidad de las marcas. Si las empresas transnacionales tienen alma, desde ya sus marcas pueden generar sentimientos. Esa es la idea: colocar a la cultura en un segundo plano y hacer que la marca sea la estrella, donde nuestros chicos se estrellen. Tal vez el límite extremo de las hipermarcas sea inscribirlas en la carne humana: a modo de ejemplo, vale comentar que las salas de tatuajes de los Estados Unidos informan que el logo de Nike es el que más piden sus jóvenes clientes.
Resulta llamativo que esta cultura posmoderna incita a los chicos directamente a comprar, aún cuando todavía el producto no haya salido a la venta. Se producen infinidad de artículos para que no duren y hoy rige el concepto de la obsolescencia planificada. La actual mega economía intenta convertirse en una pasión que se autodestruye por su propia rapidez e intensidad. Ninguna duda cabe que, cuando los adolescentes actúan como consumidores de la hipermodernidad, dejan de pensar por sí mismos acorde con las condiciones de exceso y de exuberancia estimuladas por vía de la propaganda. A poco de adquirir cualquier producto, ya se pierde el interés por él. Todo lo contrario a aquellas sabias palabras de Sócrates quien, al ver algunos objetos de lujo expuestos para la venta en una de las tiendas de su época, irónicamente dijo: “¡Cuantas cosas hay aquí que yo no necesito!” Al final de la vida no nos preguntarán qué tenemos, sino simplemente quiénes somos.
Las megamarcas antes referidas no son meros productos, sino buscan ser un estilo de vida dirigido al consumidor masivo. Zygmunt Bauman, el sociólogo y ensayista polaco, refiere que el Nuevo Orden Mundial se parece más a un nuevo desorden planetario, donde las riquezas son globales y la miseria es local. Y ello incide de lleno en la vida laboral de los jóvenes, quienes a través del software y el wetware son reemplazados y desplazados de los actuales mercados abstractos de bienes y servicios en una economía virtual en red. Son relativamente pocos los llamados a consumir mundo, mientras aumentan considerablemente los consumidos por el mundo. El trabajo esclavo en las grandes firmas está a la orden de día en pleno siglo XXI; y se ha ampliado sensiblemente la brecha entre ricos y pobres, entre incluidos y excluidos. Impera la suerte sombría de los rmistas, neologismo que expresa la nueva realidad de la expulsión casi constante de los ámbitos laborales.
Por supuesto que, en estos tiempos que corren, también nos encontramos con muchos jóvenes verdaderamente comprometidos con la comunidad a través de diversos proyectos políticos, sociales y culturales. Adolescentes participando intensamente en temáticas tales como: derechos humanos, trabajo y producción, educación, medios y comunicación, integración regional, cuidado del medio ambiente, entre otras. Pibes apostando al proceso democrático vigente en nuestro país desde hace ya más de veintisiete (27) años, promoviendo programas encaminados al bienestar general de la sociedad, contribuyendo a solucionar problemáticas puntuales de los que menos tienen, planteando acciones concretas para la apertura de múltiples espacios interdisciplinarios en los cuales los adolescentes actúan como sujetos plenos de su propio desarrollo. En síntesis, hablamos ni más ni menos que de una juventud creativa y adaptada activamente a la realidad actual.
Desde la Psicología Social podemos trabajar con grupos de jóvenes y adolescentes, operando junto a ellos para intentar comprender las múltiples aristas de esta nueva realidad globalizada, haciendo una crítica constructiva tanto de la actual vida cotidiana como de los tiempos futuros que les tocará transitar. Dejar atrás la mirada ingenua que impide advertir que los mensajes consumistas hacen a la construcción de la subjetividad de nuestros jóvenes, formando un sujeto cognoscente, deseante y productor apto para un mundo impuesto por fuerzas transnacionales anónimas y difíciles de identificar. Si acaso esta Aldea Global se ha instalado definitivamente, será entonces preciso luchar por una globalización diferente, guiada por una visión más solidaria y por otro proyecto de civilización mundial. Crear un nuevo orden social requiere enormes e ingentes esfuerzos, por lo que estas consideraciones anhelan ser un simple punto de partida.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
GLOBALIZACION Y ADOLESCENCIA
Sabemos que la globalización es un proceso económico, político, social, cultural y tecnológico a gran escala, caracterizado por la creciente comunicación e interdependencia entre distintos países del mundo unificando sus mercados, sus sociedades y sus culturas. Es considerada como un proceso dinámico producido esencialmente por los territorios que han abierto sus puertas a la revolución informática, cobrando fundamental importancia el rol de las empresas transnacionales y la libre circulación de capitales, junto con la definitiva implantación de la sociedad del hiperconsumo. Aunque debe señalarse que, la globalización actual en curso, incluye sólo al quince por ciento (15%) de la población mundial, dejando al resto del planeta por fuera de este nuevo orden internacional cuya hegemonía ejercen claramente los Estados Unidos de América. Para ellos, quienes cuestionan este modelo neoliberal son considerados como verdaderos globalifóbicos.
La pregunta que aquí nos formulamos es cómo incide en nuestros jóvenes del siglo XXI esta concepción de Aldea Global, donde todo parece escurrirse velozmente y donde supuestas fuerzas anónimas se encuentran operando en una vasta tierra de nadie. Hoy vivimos bajo la mano invisible de los mercados y el poder planetario está concentrado en un número de voluntades cada vez menor. Según el filósofo francés Gilles Lipovetsky, la sociedad del hiperconsumo es la tercera etapa histórica del capitalismo, caracterizada por la globalización de los mercados y la desregulación financiera, por el papel creciente de las firmas multinacionales, por la revolución de las técnicas de la información, por la preeminencia de un marketing global, por el desarrollo de las megamarcas o hipermarcas, por el florecimiento de una producción a medida de las masas, que ha cedido su paso a la lógica de la multiplicación de la variedad y de una obligada renovación perpetua.
Además de impulsar a los adolescentes al hiperconsumo, para este sistema es fundamental mantenerlos consumiendo. Gracias a la nueva porosidad de las economías presuntamente nacionales, los mercados financieros globales imponen sus leyes sobre el planeta y lo relevante para ellos es construir un modelo de consumidor-mundo. La motivación del megaconsumo se convierte, entonces, en un dispositivo clave, cual es introducir en la consciencia —y también en el inconsciente— de los pibes la idea del superconsumo. Algo así como consumir para la Humanidad, convertirlos en sujetos del consumo para los objetos del consumo. Los emprendimientos transnacionales articulan ideológicamente el proceso de organización simbólica de esta nueva economía mundial; y todo esto se hace de modo fluido, muy rápidamente. Por supuesto que, estas macroeconomías de gran velocidad no hacen otra cosa que dejar fuera de carrera a nuestros niños y jóvenes.
La era de la globalización se caracteriza por las formas intangibles y hoy se vive en una selva artificial, en la selva fabricada de la que habla el sociólogo británico Anthony Giddens. Y obviamente, una herramienta esencial para el logro de la aludida fabricación es la publicidad. Su lógica procura incidir directamente tanto en los deseos como en las transgresiones de los adolescentes, controlando y modificando sus códigos sociales de acuerdo a las conveniencias del mercado. Rige, además, el carácter efímero de las modas y de los gustos, pues la propaganda misma es una industria en sí. Es más, cualquier ataque contra el marketing es considerado como una agresión contra el capitalismo. La publicidad va siempre a la caza de nuevos productos y de más giles, con perdón de la expresión. Para ello se estudian profundamente los comportamientos de los pibes y sus razones para consumir, e incluso se trasladan los productos y las marcas a sus juveniles figuras.
La juventud es introducida casi por la fuerza en la estratósfera de las supermarcas, mediante la aceptación acrítica de normas y valores impuestos por el dios mercado. Los medios concentrados de comunicación masiva ayudan —y mucho— al articular ideológicamente qué deben pensar, sentir y hacer nuestros adolescentes. Y esos grandes monopolios implican también ausencia de alternativas, pues todo va en procura de que la identidad de la juventud camine al lado de la identidad de las marcas. Si las empresas transnacionales tienen alma, desde ya sus marcas pueden generar sentimientos. Esa es la idea: colocar a la cultura en un segundo plano y hacer que la marca sea la estrella, donde nuestros chicos se estrellen. Tal vez el límite extremo de las hipermarcas sea inscribirlas en la carne humana: a modo de ejemplo, vale comentar que las salas de tatuajes de los Estados Unidos informan que el logo de Nike es el que más piden sus jóvenes clientes.
Resulta llamativo que esta cultura posmoderna incita a los chicos directamente a comprar, aún cuando todavía el producto no haya salido a la venta. Se producen infinidad de artículos para que no duren y hoy rige el concepto de la obsolescencia planificada. La actual mega economía intenta convertirse en una pasión que se autodestruye por su propia rapidez e intensidad. Ninguna duda cabe que, cuando los adolescentes actúan como consumidores de la hipermodernidad, dejan de pensar por sí mismos acorde con las condiciones de exceso y de exuberancia estimuladas por vía de la propaganda. A poco de adquirir cualquier producto, ya se pierde el interés por él. Todo lo contrario a aquellas sabias palabras de Sócrates quien, al ver algunos objetos de lujo expuestos para la venta en una de las tiendas de su época, irónicamente dijo: “¡Cuantas cosas hay aquí que yo no necesito!” Al final de la vida no nos preguntarán qué tenemos, sino simplemente quiénes somos.
Las megamarcas antes referidas no son meros productos, sino buscan ser un estilo de vida dirigido al consumidor masivo. Zygmunt Bauman, el sociólogo y ensayista polaco, refiere que el Nuevo Orden Mundial se parece más a un nuevo desorden planetario, donde las riquezas son globales y la miseria es local. Y ello incide de lleno en la vida laboral de los jóvenes, quienes a través del software y el wetware son reemplazados y desplazados de los actuales mercados abstractos de bienes y servicios en una economía virtual en red. Son relativamente pocos los llamados a consumir mundo, mientras aumentan considerablemente los consumidos por el mundo. El trabajo esclavo en las grandes firmas está a la orden de día en pleno siglo XXI; y se ha ampliado sensiblemente la brecha entre ricos y pobres, entre incluidos y excluidos. Impera la suerte sombría de los rmistas, neologismo que expresa la nueva realidad de la expulsión casi constante de los ámbitos laborales.
Por supuesto que, en estos tiempos que corren, también nos encontramos con muchos jóvenes verdaderamente comprometidos con la comunidad a través de diversos proyectos políticos, sociales y culturales. Adolescentes participando intensamente en temáticas tales como: derechos humanos, trabajo y producción, educación, medios y comunicación, integración regional, cuidado del medio ambiente, entre otras. Pibes apostando al proceso democrático vigente en nuestro país desde hace ya más de veintisiete (27) años, promoviendo programas encaminados al bienestar general de la sociedad, contribuyendo a solucionar problemáticas puntuales de los que menos tienen, planteando acciones concretas para la apertura de múltiples espacios interdisciplinarios en los cuales los adolescentes actúan como sujetos plenos de su propio desarrollo. En síntesis, hablamos ni más ni menos que de una juventud creativa y adaptada activamente a la realidad actual.
Desde la Psicología Social podemos trabajar con grupos de jóvenes y adolescentes, operando junto a ellos para intentar comprender las múltiples aristas de esta nueva realidad globalizada, haciendo una crítica constructiva tanto de la actual vida cotidiana como de los tiempos futuros que les tocará transitar. Dejar atrás la mirada ingenua que impide advertir que los mensajes consumistas hacen a la construcción de la subjetividad de nuestros jóvenes, formando un sujeto cognoscente, deseante y productor apto para un mundo impuesto por fuerzas transnacionales anónimas y difíciles de identificar. Si acaso esta Aldea Global se ha instalado definitivamente, será entonces preciso luchar por una globalización diferente, guiada por una visión más solidaria y por otro proyecto de civilización mundial. Crear un nuevo orden social requiere enormes e ingentes esfuerzos, por lo que estas consideraciones anhelan ser un simple punto de partida.
RONALDO WRIGHT
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