miércoles, 30 de diciembre de 2009

062 - Curso Intensivo Sobre Psicopatología del Abuso Sexual Infantil

(Publicado en El Semejante - Año 9 Nro. 62 de diciembre de 2009)

CURSO INTENSIVO SOBRE PSICOPATOLOGIA DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL

El pasado 16 de mayo del corriente año se llevó a cabo un curso intensivo sobre Psicopatología del Abuso Sexual Infantil, organizado por la Licenciada Stella GULIAN (Universidad de la Marina Mercante) y por los Licenciados Alberto DIAZ y Macarena CAO GENE (Fundación San Javier para el Desarrollo Integral de Niños y Jóvenes), en el salón de actos del Instituto Divino Corazón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Agradezco una vez más la invitación a participar como panelista en dicho evento, al que asistieron alrededor de doscientas personas… una convocatoria verdaderamente exitosa!!! A continuación desarrollo algunas breves ideas sobre esta grave problemática, que aqueja no sólo a la institución-familia sino también a la sociedad y a la comunidad toda.

Debemos analizar el abuso sexual infantil (ASI) dentro del contexto del maltrato y de la violencia, sea física o psíquica. La palabra abuso deriva del latín abusus, cuyo significado es ab: contra, y usus: uso; siendo aquí el uso de un poder o de una situación en contra de un niño. Jurídicamente constituye el aprovechamiento contra la voluntad de un menor más allá de lo que resulta lícito o con fines distintos a los autorizados por el ordenamiento legal. La Ley 25.087 modificó el Título III del Código Penal Argentino, tipificándose allí los Delitos contra la Integridad Sexual en los arts. 119 y siguientes (vgr: abuso sexual simple y gravemente ultrajante, con acceso carnal o violación, promoción o facilitación de la prostitución o corrupción, pornografía, exhibiciones obscenas, rapto, entre otros).

La base esencial que habremos de tener en cuenta es la falta de asentimiento y el menoscabo de la libertad sexual del niño. Nuestra ley presume que si la víctima es menor de 13 años no pudo dar su consentimiento. En el ASI siempre está en juego el Interés Superior del Niño y su Protección Integral, que incluye el derecho a la dignidad e integridad personal, sea física, psíquica, sexual o moral. Máxime que el niño abusado sufre en carne viva esta traumática vivencia y sus secuelas son esencialmente graves. La escuela tiene el deber y la responsabilidad de brindar información sexual, a partir del Programa Nacional de Educación Sexual Integral sancionado por la Ley 26.150, procurando al respecto el trabajo en conjunto de la familia, de la escuela y de los alumnos.

El Abuso Sexual Incestuoso

Ya que mencionamos a la institución familia, digamos que el Código Penal contempla la figura del abuso sexual infantil agravado por el vínculo cuando el hecho fuese cometido por un ascendiente, hermano o afín en línea recta. También incluye al adulto que abuse de un menor aprovechando la situación de convivencia preexistente y al tutor, curador o encargado de la guarda de la víctima, conociéndose a todos estos ilícitos con la denominación de abuso sexual infantil intrafamiliar. Aquí la situación abusiva se produce dentro de la familia y, casi siempre, ésta la oculta en la intimidad, no permitiendo que trascienda hacia afuera. Dicho ocultamiento impide que la Justicia pueda intervenir, toda vez que no son tan frecuentes las denuncias concretas de estos aberrantes hechos.

Obviamente, el delito que aquí nos ocupa se agrava por el carácter incestuoso del vínculo, produciéndose el abuso sexual en una etapa de la vida del niño en que su psiquismo no puede procesar elaborativamente el trauma sufrido. De allí que la razón de la norma jurídica esté en la violación de una obligación de resguardo sexual proveniente de la relación parental. Esta normativa debe complementarse con la Ley 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar, al disponer que toda persona que sufriere maltrato físico o psíquico por parte de cualquier miembro del grupo familiar podrá denunciarlo ante el juez competente en asuntos de Familia. De lo antedicho, se puede colegir que el abuso sexual infantil intrafamiliar es motivo de atenta preocupación pública y estatal.

Desde el enfoque de nuestra Psicología Social decimos que, en los casos que revisten la gravedad aquí abordada, es el grupo familiar todo el que presenta una conducta desviada, resultante de una relación familiar enferma y de un modo patológico de vinculación entre sus miembros. ¿Acaso puede un padre violar sistemáticamente a una hija sin que nadie del grupo familiar sospeche sobre ese perverso proceder? ¿No habrá al lado de cada padre violador una madre que entrega a su hija o, al menos, que mira para otro lado? Si bien es endeble toda generalización, en estas familias donde reina el abuso sexual y el maltrato suele aparecer un portavoz cuyas palabras y acciones proporcionan elementos que permiten finalmente descifrar semejante acontecer siniestro y manifiestamente anómalo.

El Caso Armando Lucero

Poco tiempo atrás apareció en los medios de comunicación el caso del chacal de Mendoza, similar al del austríaco Josef FRITZE, quien violó reiterada y sistemáticamente a su hija durante 24 años y tuvo con ella siete hijos. En nuestra provincia andina, Armando LUCERO fue denunciado por una de sus hijas, abusada por él durante más de 20 años y habiendo engendrado también siete hijos-nietos. Si bien la causa está en plena investigación judicial, cabe destacar el muy probable encubrimiento de esa situación familiar absolutamente irregular por parte de la madre de la denunciante y a la vez concubina del imputado. En tal sentido, señalemos que nuestro Código Penal reprime con la misma pena del autor del hecho punible a quien cooperase de algún modo a la perpetración del delito.

Si la familia es la estructura social básica, configurada por el interjuego de roles diferentes (padre, madre, hija, hijo); si conforma una estructura-estructurándose que funciona como una totalidad, podemos preguntarnos con cierto asombro cómo disfuncionaba el hogar de los Lucero en la intimidad. Los psicólogos sociales pensamos que el equilibrio familiar se va logrando cuando la comunicación es abierta y la interacción se produce en múltiples direcciones, configurando una espiral dialéctica de realimentación entre sus miembros. Es muy posible que los peores componentes de lo siniestro —con su característica inesperadamente espantosa— hayan acontecido dentro de este grupo familiar donde las eventuales ramificaciones del abuso sexual todavía desconocemos.

Existe una fuerte sospecha de que el llamado monstruo de Mendoza haya repetido su extraviado proceder con otras hijas, quienes también habrían padecido vejaciones incestuosas pero pudieron escapar de la casa paterna. Resulta significativo destacar que la mujer de Lucero y madre de las niñas abusadas —funcionaria del Poder Judicial de esa provincia de Cuyo— estaría acusada al menos de encubrimiento cuando no de entregadora de sus hijitas. Ambos progenitores se habrían aprovechado de la inmadurez sexual de las niñas, ejerciendo un claro y evidente abuso de autoridad en su calidad de ejes de la familia. El carácter de lo siniestro está dado por el pacto de silencio, la oscuridad y la soledad: tres condiciones que se relacionan profundamente con el horror y la angustia infantil.

Para concluir, digamos que paradójicamente “lucero” proviene de luz, de luminosidad, de lustre y de esplendor; y según la información periodística que nos llega desde los medios gráficos, radiales y televisivos, todo era oscuridad y negrura en el seno de esta familia mendocina. Otra acepción del mismo término alude a los postigos de las ventanas por donde entra la luz, por lo que también podríamos preguntarnos si a partir de esta denuncia efectuada por la propia víctima de tal horror instalado hace tantos años podrá abrirse otro ventanal que alumbre un futuro más esperanzado para los componentes de este grupo familiar. Cada uno de los ojos de la cara es un lucero… Ojalá que al menos la denunciante pueda vislumbrar ahora un otro astro —lucero— de esos que lucen más grandes y brillantes.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

viernes, 30 de octubre de 2009

061 - Reflexiones Acerca del Odio Social

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe - Nro. 37 correspondiente a noviembre-diciembre de 2009 y en el blog Bajo Control con fecha 27/11/2010)

REFLEXIONES ACERCA DEL ODIO SOCIAL

El director periodístico de La Tecl@ Eñe me ha invitado a reflexionar sobre el odio social; ese fenómeno recurrente que hace su aparición y se consolida en los grupos, en las instituciones y en la comunidad toda. Digamos para comenzar que el odio social es un sentimiento negativo de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia los otros, a quienes incluso les llegamos a desear el mal. Nótese que Odín es el supremo dios nórdico de la guerra y rey del país de los muertos (Walhalla), por lo que este tema está íntimamente relacionado con la muerte, la pelea y el desprecio. El odio es con frecuencia el preludio de la violencia y, sin embargo, es una manifestación tan válida y habitual como cualquier otra que pueda experimentar un ser humano.

Sabemos que nuestra esencia más profunda consiste en impulsos instintivos de naturaleza elemental, entre los que se encuentran el odio y la destrucción. Tales impulsos surgen casi desde el principio formando parejas de elementos antitéticos, que conocemos con la denominación de ambivalencia de los sentimientos. Esta ambivalencia se refiere a los vínculos a cuatro vías, es decir los otros son buenos: los amo y me aman, y a la vez son malos: los odio y me odian. Ya desde los tiempos de Empédocles, los dos principios fundamentales constituidos por el amor y la discordia eran equivalentes a nuestras pulsiones originarias, Eros y Thanatos. El primero es el dios del amor, mientras que al hablar de lo tanático designamos a las pulsiones de muerte y de destrucción.

Vemos en el odio social una relación con nuestros semejantes más antigua que el amor. Las pulsiones de muerte se dirigen hacia nuestro interior y tienden primero a la autodestrucción; luego se encaminan hacia el afuera con su característico tinte agresivo. Podemos considerarlas como las pulsiones por excelencia, en la medida en que en ellas se realiza la vuelta al estado inorgánico de todo ser vivo, como así también nuestra constante compulsión a la repetición. Eso que está constituido por lo anímico primitivo es imperecedero, por lo que en nuestras conductas sociales cotidianas obedecemos más a dichas pasiones que a nuestros propios intereses. Desde ya, una gran cuota de este odio al que aludimos es inconsciente; se encuentra oculto, implícito o en estado latente.

Pareciera, entonces, que lo enigmático no es intentar comprender por qué existe el odio y el desprecio social, sino que la pregunta del millón sería por qué habríamos de amarnos los unos a los otros. En la historia primordial de la humanidad domina, con creces, el odio y el aborrecimiento por encima de cualquier afecto tierno y amoroso. Ya desde muy pequeños la educación escolar de historia —nacional y universal— no es otra cosa que una serie de asesinatos de pueblos; al igual que el relato de las religiones tal como se las enseñamos a nuestros niños. Los viejos odios seculares se despiertan con el más mínimo pretexto entre cristianos, judíos y musulmanes. Un verdadero ciclo infernal ante el cual las Naciones Unidas lucen impotentes sea para resolverlo, sea para impedirlo.

Las cruentas guerras que arrastran tantas muertes se siguen fundamentando en el derecho de los vencedores, en el derecho de suelo, en el derecho de sangre. Los genocidios, las invasiones, las conquistas, los exterminios, las cruzadas… ¿acaso no están hablando del reinado del amor y la compasión en el mundo? El “amarás a tu prójimo” ha sido impuesto como un mandato, tal vez a sabiendas de que casi nadie iba a obedecer semejante orden. La misma fue claramente desoída por los conquistadores de nuevos mundos, por los traficantes de esclavos negros, por los mentores de terribles atentados terroristas, por los hacedores de todos los holocaustos, e incluso por los sádicos desaparecedores de personas y apropiadores de niños a lo largo y a lo ancho de nuestro país.

Citamos solamente unos pocos ejemplos para que se entienda algo de lo que estamos hablando. Insisto una vez más: ¿por qué habríamos de escandalizarnos ante la aparición del odio social en los grupos, en las instituciones y en la sociedad en general? Nuestros hijos son bombardeados desde la pantalla televisiva con imágenes de violencia, muerte, asesinatos, catástrofes, guerras, disputas, odios y rencores. Con la leche templada y en cada canción reciben, día tras día, odios personales, odios raciales, odios políticos, odios religiosos, odios sociales, odios futboleros; en fin, todo tipo de odios que no hacen más que formarlos —y deformarlos— en sus pequeñas subjetividades. Pues, ¿por qué habrán de ser individuos caracterizados por sus conductas amorosas al llegar a la adultez?

Hoy se le otorga el premio Nobel de la Paz al presidente de la nación que más matanzas por odio, crueldad, malicia y brutalidad tiene en su haber a lo largo de toda la existencia del planeta. Lo curioso es que, junto a ello, desde los ámbitos formativos del ser social se prescriben elevadas normas morales de convivencia, a las cuales todos debemos ajustar nuestras conductas para así participar de la comunidad cultural. Un discurso falseador, insincero y de mala fe pretende hacernos creer que en el mundo rigen el amor y la concordia, o que cada uno de nosotros está naturalmente constituido por los más buenos y nobles valores humanos. Incluso nuestro propio yo, golfillo las más de las veces y otras tantas simplemente canalla, tiende a pensar de un “modo lindo” acerca de nosotros mismos.

Mucha gente expresa su aversión al nazismo, al belicismo, al comunismo, al capitalismo, al socialismo, a la esclavitud, a las sectas, a las religiones, etc.; e incluso hay quienes manifiestan odiar al odio en sí. Sentimos con fuerte intensidad los muchos odios sociales de estos tiempos posmodernos y no tenemos elementos válidos para compararlos con los de otras épocas que no hemos vivido. Ahora bien, ¿quiénes se benefician con tantas expresiones de odio social, resentimiento y rencor entre hermanos, entre los distintos miembros de una misma comunidad? Sospechamos que es muy probable que tales acreedores estén principalmente entre quienes conducen cualquier agrupación, organización o institución, por aquello tan simple, tan viejo y tan conocido del divide para gobernar.

Una posible propuesta sería: si partimos de comprender que los humanos somos seres divalentes, en tanto el odio y el amor residen en nuestros corazones prácticamente desde que nacemos, tendremos que esforzarnos para que algo más de sinceridad y veracidad gobiernen los vínculos entre los miembros de cualquier grupo, institución o comunidad que integremos. No caben dudas que para conseguir tales logros será imprescindible llevar a cabo un duro trabajo, en primer término, sobre nosotros mismos: atreviéndonos a volvernos otros. De este modo, tal vez podamos allanar el camino hacia una transformación que vaya mejor por los senderos del amor, de la concordia y de la paz. Una pequeña duda: ¿acaso no estaremos pidiendo demasiado y pecando de ingenuos?

RONALDO WRIGHT
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jueves, 22 de octubre de 2009

060 - Pisarle los "Cayos" a la Cultura de Mercado

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe - Nro. 36 correspondiente a septiembre-octubre de 2009)

PISARLE LOS "CAYOS" A LA CULTURA DE MERCADO

Creo que la Poesía -al igual que el Psicoanálisis (entendido éste como una Poética y una Erótica)- son fieles representantes de otra voz en su relación con el mercado.

Si el mercado es el representante de una cultura falsa, mentirosa y deformada, a través de la Poesía (y del Psicoanálisis también) el sujeto tiene mayores y mejores posibilidades de acceder a su verdad, a un otro modo de pensar, de sentir y de hacer. Tanto la producción poética como la psicoanalítica se caracterizan por "pisarle los cayos" a la Cultura del Mercado.

Entiendo, entonces, que las ideas dominantes del mercado no son las de los poetas... como sí digo que Psicoanálisis y Poesía tienen mucho en común. Respecto del mercado, ambas están situadas en la vereda de enfrente y, desde allí, nos dicen lo mucho que tienen por decir.

(El texto que antecede tuvo su origen en una consulta que me hizo Conrado Yasenza -director periodístico de La Tecl@ Eñe- procurando realizar un breve informe sobre la Poesía y su relación con el Mercado)

RONALDO WRIGHT
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domingo, 4 de octubre de 2009

059 - Martín-Baró y Pichon-Rivière

(Publicado en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 1 Nro. 12 de octubre de 2009; en Red Latina sin Fronteras con fecha 29/11/2009; en La Silla del Coordinador con fecha 6/8/2013 y en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 29/4/2014)

MARTIN-BARO Y PICHON-RIVIERE

En la edición correspondiente al mes de junio de 2009 fue publicada en el Nro. 8 de la revista Psicología Social: tierra y escritura del hacer, sentir, pensar una nota acerca de Ignacio Martín-Baró, en la que Matías Asún y Andrés Leiva brindan una muy interesante síntesis dedicada a la emblemática figura de este referente fundamental latinoamericano de nuestra querida disciplina. Nos informan, además, que ese material del año 2002 fue utilizado en el Seminario sobre esta particular forma de ciencia social en la Escuela de Psicología de la Universidad Bolivariana. Me gustaría agregar al referido texto algunas palabras que fueron escritas hace poco tiempo y que, casualmente o causalmente, pueden hacer las veces de una especie de continuidad del relevante artículo de marras. Aquí van, entonces, mis puntuales consideraciones sobre el tema.

El que sigue es un breve recorrido que pretende articular algo de la vida y obra de estos dos íconos de nuestra disciplina: Ignacio Martín-Baró (1942-1989), conocido como el padre de la Psicología Social de la Liberación en El Salvador; y Enrique Pichon-Rivière (1907-1977), considerado como el fundador de la Psicología Social Argentina. El primero nació en Valladolid (España) y fue enviado como sacerdote jesuita a América Central, donde se dedicó a la investigación de la difícil realidad política y social del mencionado país latinoamericano. Enrique Pichon-Rivière nació en Ginebra (Suiza) y desembarcó en tierras guaraníes en los tiempos del centenario de nuestra patria. El gran peregrinaje desde Europa hacia el otro lado del mar caracterizó la existencia de ambos, identificando luego como propios sus respectivos países de adopción.

Martín-Baró, conocido comúnmente como “Nacho” por sus amigos más cercanos, concibió una psicología social y comunitaria esencialmente crítica; al igual que Pichon-Rivière entendía que lo psicosocial debía constituirse en una mirada crítica y no ingenua de la vida cotidiana. Toda praxis es práctica de la libertad, y los hombres se liberan en comunión. Planteó la problemática de la modernidad como drama subjetivo y no sólo como rasgo del contexto social. El padre Martín-Baró hablaba de aprender a analizar el comportamiento humano en los ámbitos específicos en los cuales se desarrollan y no en escenarios artificiales. Y consideró que los psicólogos sociales no pueden ignorar la influencia que tienen los contextos difíciles sobre la salud mental de la población, lo que es válido tanto para la realidad salvadoreña como para la nuestra.

Hay consenso en ambos pensadores al sostener que todos poseemos saberes valiosos y que, además, podemos transmitir esos conocimientos, compartiendo nuestra puntual lectura de la realidad. Creyeron en un diálogo constante con la gente, toda vez que los problemas de la Psicología Social exigen un proceso de encuentro con las personas y los grupos del mismo pueblo. ¿Cuáles son los temas desde los que se hace ciencia? Los dos bien sabían acerca de las cuestiones que preocupaban al habitante salvadoreño, al ciudadano argentino: en definitiva, al hombre latinoamericano. No hay saber verdadero que no vaya esencialmente con un hacer transformador, pero tampoco hay hacer transformador de la realidad que no involucre un cambio entre los seres humanos. Para ambos era fundamental el promover actitudes de cooperación.

Ignacio Martín-Baró fundó y dirigió el IUDOP (Instituto Universitario de Opinión Pública), desde donde comenzó una innovadora tarea de análisis de la opinión pública acerca de los procesos y problemas sociopolíticos que ocurrían en su país. Luchó por los derechos humanos, la igualdad y la justicia social en El Salvador. Por su parte, Pichon-Rivière creó el IADES (Instituto Argentino de Estudios Sociales), desde donde se ocupó de elaborar investigaciones sociales, estudios de opinión y diversas intervenciones comunitarias. Sostuvo que todo servicio de psiquiatría debía contar con un departamento de investigación social; algo así como llevar el consultorio a la calle, dada la profunda interconexión entre lo clínico y lo social. En su interior se formó la Primera Escuela Privada de Psiquiatría, que luego sería escuela de Psicología Social.

Los dos fueron verdaderos maestros de varias generaciones y la docencia ocupó gran parte de sus vidas. En sus contactos personales con otros colegas siempre estaban haciendo sugerencias útiles, brindando ayuda y enviando materiales de estudio. Curiosamente, ambos tenían sus despachos personales llenos de libros, apuntes y papeles, pero sabían perfectamente dónde encontrar cada texto que buscaban. Martín-Baró era muy ordenado en sus cosas y solía encuadernar todo lo que caía en sus manos; sus libros estaban anotados y subrayados con diversos colores. Decía que cuando él faltara su biblioteca sería donada a la universidad, por lo que en realidad estaba ahorrando trabajo y tiempo. Pese a que Pichon-Rivière era muy desordenado con sus muchísimos libros, aún hoy se dice que su copiosa biblioteca nunca fue ni avara ni rencorosa.

Vemos que otro sello que los hermana fue la reconocida habilidad de ambos para integrar diversas teorías y, esencialmente, revisar las creencias tradicionales establecidas. Martín-Baró tuvo una mente ágil para relacionar ideas y conceptos aparentemente contradictorios, cuestionando los modelos de la psicología tradicional. Así también, el fundador de nuestra Psicología Social siempre hizo referencia a una epistemología convergente. Consideraba a esta disciplina como una interciencia, que incluye saberes provenientes de otros campos tales como el psicoanálisis, la psicología, la sociología, la antropología, la filosofía, la epistemología, etc. Desde la perspectiva que les ofreció su origen europeo, los dos se insertaron en una realidad muy distinta y, desde esa fusión, instrumentaron un hacer, un sentir y un pensar típicamente latinoamericanos.

Si bien estos dos referentes de nuestra disciplina no llegaron a conocerse, soñaron e hicieron esencialmente lo mismo en tiempos y espacios diferentes. La obra de ambos converge, además, en situar como eje del proceso de conocimiento a la praxis, a los procesos de cambio, a la vez que adjudicaron a ese conocimiento una direccionalidad parecida. El gran desafío era el de construir un individuo nuevo en una sociedad nueva, luchando por la verdad, por la esperanza y por el derecho a una vida más digna. Para ellos lo humano es en esencia psicosocial y, por ende, ininteligible sin la referencia de la realidad donde cada sujeto encuentra el impacto reflejo de su ser y de su existir. Para los operadores psicosociales dejaron la valiosa tarea de ayudar a que la conciencia humana obtenga una mayor y mejor comprensión de su identidad personal y social.

El padre “Nacho” murió asesinado por un comando del ejército salvadoreño en su residencia de la Universidad Centroamericana, junto a otros religiosos jesuitas. Sus ideas y su acción habían encontrado una fuerte oposición en las fuerzas políticas conservadoras del istmo centroamericano. Pichon-Rivière también fue víctima de la represión en los años de plomo en el país y recibió amenazas de la tristemente conocida “Triple A” (Asociación Anticomunista Argentina). Si bien integraba las temibles listas negras de los años setenta, decidió no emigrar pese a las advertencias en contrario de sus amigos. Se le aconsejó que por precaución no permaneciera en su vivienda durante la noche, ya que los “secuestros” de aquel entonces solían ser nocturnos. En medio de estas presiones y con su salud debilitada, falleció poco tiempo después.

Para concluir, valgan entonces estos párrafos como un cálido y merecido homenaje para nuestros dos referentes principales de la Psicología Social Latinoamericana, que entendieron que el saber debe ponerse al servicio de una comunidad donde el bienestar de los menos no se asiente en el malestar de los más, donde la realización de unos pocos no requiera la negación de los demás y donde los intereses de esos pocos no conlleve a la deshumanización. Después de mucho recorrer el espinel del alma humana, arribaron a una idéntica conclusión: nada se puede construir en soledad. Fieles a las enseñanzas de otro grande de América, el brasileño Paulo Freire, ellos tuvieron siempre muy en claro la importancia que implica para cada persona el aprender a leer la realidad circundante y a escribir su propia historia singular e individual.

RONALDO WRIGHT
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lunes, 28 de septiembre de 2009

058 - Psicología Social: el Deseo en los Grupos

(Publicado en Campo Grupal – Año XII Nro. 116 de octubre de 2009; en La Silla del Coordinador con fecha 25/1/2013; en 1968 Grupalista - Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 29/11/2014 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 29/9/2015)

PSICOLOGIA SOCIAL: EL DESEO EN LOS GRUPOS

En una anterior oportunidad (ver la edición de Campo Grupal del mes de junio de 2008), hicimos referencia a cómo circula la palabra en el proceso grupal, ese tipo particular de dispositivo en el que un individuo puede ser escuchado de forma tal que le permita restablecer el hilo de su propia historia. En los grupos la realidad humana puede ser auténticamente recreada y, de hecho, así sucede en todo lo concerniente a nuestra disciplina: la Psicología Social. Quisiéramos ahora indagar un poco sobre el deseo; averiguar algo acerca de su despliegue dentro de lo grupal. Decíamos en aquel entonces que junto a la palabra circula el deseo, el que evidentemente pasa por el discurso, se entreteje en las palabras y se viste con significantes. Los deseos buscan primero pasar al lenguaje más que a la realidad, siendo el grupo mismo el que ayuda a cada integrante a reconocer sus deseos con el fin de que pueda así obtener consecuencias concretas en su existencia. Y cuando podemos satisfacer un poco de esos deseos, indudablemente el diario acontecer -y la vida toda- se nos hace más agradable y más apacible.

El término deseo viene del latín desidium, y alude al movimiento afectivo hacia algo que se apetece. Desear es aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo; es anhelar que acontezca o deje de acontecer algún suceso; y también es sentir atracción o apetencia sexual hacia alguien. Hasta aquí lo que enseña el Diccionario de la Lengua Española aunque, desde ya, hay otros modos de abordar esta misma temática. En la concepción dinámica freudiana, el deseo es uno de los polos del conflicto defensivo. Los deseos inconscientes tienden a realizarse restableciendo los signos ligados a las primeras experiencias de satisfacción; como así también podemos ver que el deseo se encuentra en los síntomas en forma de una transacción. Es en la teoría de los sueños donde se consigue apreciar con claridad lo que Freud entiende por deseo, diferenciándolo de algunos otros términos afines tales como anhelo y necesidad. Tiempo después, Lacan también colocó al concepto del deseo en un primer plano de la teoría analítica, distinto de las ideas de necesidad y de demanda.

La necesidad se dirige a un objeto específico, con el cual se satisface. La demanda, por su parte, es formulada y se dirige a un otro. En cambio, el deseo nace precisamente de la separación entre necesidad y demanda. Según el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis, el deseo es entonces irreductible a la necesidad, puesto que en su origen no está relacionado con un objeto real, independiente del sujeto, sino con una fantasía. Y es irreductible a la demanda, ya que procura imponerse sin tener en cuenta el lenguaje y el inconsciente del otro, exigiendo ser reconocido absolutamente por él. Todo deseo lo es de dificultad, de intranquilidad; y nos permite ver que no somos diestros timoneles de nuestras vidas, puesto que no es nada sencillo para la criatura humana saber lo que quiere. Cuando se señala que el deseo es el deseo del Otro significa que en el corazón del deseo hay algo radicalmente ajeno y externo al sujeto. Formarse como psicólogo social incluye el reconquistar permanentemente una posición en el deseo, inaugurando un nuevo modo de pensar, sentir y hacer el mundo.

El sujeto es siempre un grupo, no sólo en el sentido de su pertenencia al mismo sino también porque su personalidad “es” inevitablemente el grupo. Precisamente, el interjuego entre lo singular y lo social se produce en la construcción de nuestra disciplina, propuesta hace más de medio siglo por Pichon-Rivière para su Técnica de los Grupos Operativos. Junto a la horizontalidad de la tarea a cumplir y en su cruce con la verticalidad que le sucede a cada integrante grupal en su interioridad psíquica, los deseos circulan explícita e implícitamente de la mano de la mutua representación interna. Cada individuo está expuesto a los significantes que desplazan sobre él los demás miembros del grupo. En el transcurso de todo proceso grupal va surgiendo la posibilidad de aislar esa norma estricta a la que cada cual está sujeto, para así dejar que fluya en su reemplazo la ley del deseo. Ello produce una significativa transformación existencial que aproxima al integrante grupal a la acción creadora, con una fuerte marca que de modo constante nos repite que el deseo es algo en lo que cada uno está concernido.

Creemos que quien haya participado activamente de un Grupo Operativo ya no volverá a ser el mismo, pues habrá adquirido una nueva posición subjetiva, una subjetividad distinta y remozada ante sí y ante su circunstancia toda. También en lo grupal los deseos se lanzan con un ímpetu que no conoce límites, evidenciándose la íntima correlación que existe entre el deseo y la verdad; esa verdad que al sujeto tanto le cuesta reconocer. Nos referimos específicamente al curioso encanto que consiste en conocer grupalmente la intolerable verdad del deseo, que insiste en no dejar de fascinar y de atemorizar a los seres humanos. De allí la trascendencia de la función de todo coordinador grupal, quien tiene que procurar sostener la causa del deseo entre los componentes del mismo. Algo así como que cada individuo pueda extraer con toda su intensidad, de la forma más creativa y más plástica, esa pasión que lo conmueve y que lo excita. Desear es claramente una apuesta; incluso es poner en funcionamiento el deseo interrogante que ha de ser hendido por cada miembro del grupo para hacerlo propio.

Tal como el grupo es instituyente del sujeto, también el sujeto es instituyente del grupo. Síntesis que tiene por agente a cada componente; síntesis que es a la vez proceso y producto. Cuando ocurren cosas en el seno de lo grupal, incluso aquellas que se desean y que no se comprenden, sus miembros suelen sentir miedo: afloran dos ansiedades básicas que son el miedo a la pérdida de las estructuras existentes y el miedo al ataque de la nueva situación por venir. Por suerte, este devenir posibilita que el proyecto colectivo y plural se imponga ante la resistencia al cambio. Aquí también los deseos suelen desbordarnos, ya que son siempre muy superiores a nuestras posibilidades. Toda vez que no hay deseo biológico, es muy importante la experiencia de lo grupal en tanto hace a la existencia de cada integrante orientado en un deseo que depende de la articulación del inconsciente en un discurso. Deseos que convocan y sostienen tanto a cada uno de los miembros como al grupo todo. Desde ya, partimos del supuesto de que la subjetividad se constituye en pos de arribar a una chance deseante.

En la dinámica de los grupos se valora el aporte de cada uno de sus miembros, pues lo grupal es un nosotros práctico, un nosotros de acción, tarea y operatividad. Y también es un encuadre donde se habilita un nuevo posicionamiento para el deseo que, según Spinoza, no es ni más ni menos que la esencia misma de lo humano. En dicho espacio se respetan los tiempos de espera necesarios para que una política del deseo pueda ser elaborada. Deseos descarnados y desnudos, para hacer de la libertad de cada individuo una excitante búsqueda de su destino. En los términos aquí descriptos, el proceso grupal es además una aventura del deseo, aunque la única promesa cierta que ofrece lo psicosocial no es un resultado fijo e inamovible, sino la aventura misma. Cuando aparece la palabra plena, esa que rescata al deseo inconsciente, la estereotipia cede inexorablemente terreno para que las ganas se lancen con toda la fuerza posible. En lo grupal, los deseos van a la búsqueda de su objeto zigzagueando en las aguas preconscientes, para poder luego emerger a la luz de conciencia.

Para concluir, quisiéramos relacionar al sujeto deseante con la capacidad de amar y de trabajar, de generar un acto grupal incluso desde la marca de la singularidad personal de cada uno de los componentes. En la terminología lacaniana se trataría de la posibilidad de gozar y de producir; es decir, poblarse de nuevas significaciones que habiliten a recuperar el erotismo y el lazo social. En los grupos de psicología social ponderamos la necesidad de contar con un prójimo no competitivo con el que se comparte la valoración del obrar de cada quien. Parafraseando a Heidegger, pensamos que todo grupo “grupea”, verbo que no hace otra cosa que dotar de movimiento y vitalidad al sustantivo. Grupear dice de un surgimiento continuo y permanente. Desear es tener ganas y, por eso, nos aproxima grandemente a una acción creativa y creadora. En esa esencia enigmática que es el ser humano también sucede lo psicosocial, donde la pregunta sigue siendo por el deseo. Cada encuentro grupal es una puntual puesta a prueba del deseo: se erige en una nueva oportunidad para la oportunidad de algo nuevo.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

057 - Los Padres y el Abuso Sexual Infantil

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe – Nro. 36 correspondiente a septiembre-octubre de 2009; en Arco Atlántico con fecha 26/9/2009; en la sección "Opinión" de la revista XSupuesto con fecha 29/9/2009; en Red Latina sin Fronteras con fecha 29/9/2009; en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 30/9/2009; en Abuso Sexual Infantil ¡Nunca Más! con fecha 1/10/2009; en el portal Ce.Pro.Fa. - Centro de Protección Familiar con fecha 7/11/2009; en Santa Fe - Educación y Cultura con fecha 27/1/2012 y en el Diario de Cultura y Educación de Rosario con fecha 30/3/2012)

LOS PADRES Y EL ABUSO SEXUAL INFANTIL

Hace pocos días recibí una invitación del Licenciado Conrado Yasenza -poeta, periodista y director de la revista LaTecl@ Eñe- solicitándome algunas reflexiones acerca de la aparición de casos de "padres" abusadores sexuales infantiles (vgr.: los símiles del monstruo de Austria), como así también los que se dan en instituciones como la Iglesia Católica (por ejemplo, lo ocurrido con el mediático cura Julio César Grassi). Intentaré a continuación acercarme a tan delicado tema, que aqueja tanto a la familia como a las instituciones y a la comunidad toda. Agradezco, asimismo, la posibilidad de participar con estas breves ideas en la mencionada revista de cultura y política.

Obviamente, lo primero a considerar respecto de todo abusador sexual infantil son las circunstancias puntuales que hacen a su singular subjetividad. Podemos decir que nos encontramos ante individuos perversos y sin freno social, utilizándose en relación a ellos términos tales como depravación, protervia, perversidad, inmoralidad, entre otros. Y hablamos de conductas corruptas y de obstinación en la malignidad, ya que poseen un claro entendimiento del grave daño que ocasionan en niños y jóvenes. Pero la pregunta concreta está dirigida no a los aspectos personales, sino a causas más genéricas para el abordaje de esta temática aún considerada tabú en nuestra sociedad.

Al referirnos a “padres” -en tanto jefes de familia o como integrantes del clero- no puede caber duda que el abuso sexual al que nos abocamos se produce en un contexto donde el ofensor es consciente de su poder y ascendencia sobre el menor a su cargo. Estos niños y jóvenes suelen ser tomados como propiedad o pertenencia de sus padres y cuidadores, en un evidente resabio de las más viejas prácticas paternalistas que todavía no han desaparecido por completo. En algunos ámbitos aún sigue sin comprenderse que los chicos deben ser considerados como sujetos plenos de derechos y no como meros objetos de consumo o, desde la óptica abordada, como objetos de comercio sexual.

Esos niños y adolescentes se encuentran absolutamente cosificados por un padre que los trata como objetos destinatarios ya sea de sus improperios, ya sea de sus deseos incestuosos y perversos. La vulnerabilidad del menor y su dependencia con respecto a la figura paterna lo dejan en un estado de indefensión que, en casos como los que aquí nos ocupan, favorecen el advenimiento de sentimientos de confusión y alienación intensos. El abuso sexual infantil es un proceso a través del cual el adulto se aprovecha de la confianza que el niño ha depositado en él, conduciéndolo de un modo seductor y engañoso a satisfacer sus más bajos instintos de sometimiento y satisfacción sexual.

Nuestra antigua legislación consideraba al niño como un menor incapaz, y así lo siguen haciendo quienes han legitimado y naturalizado a los malos tratos psicofísicos como medio de disciplinar y educar a los que están a su cuidado. Aquellos que siguen sosteniendo esos sistemas de neto corte despótico y autoritario, no han querido enterarse que nuestro país suscribió, en el año 1990, la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. Su art. 3º protege a los chicos contra toda forma de violencia, perjuicio, explotación o maltrato físico o mental -incluido el abuso sexual- mientras se encuentren bajo la custodia de sus padres, de un tutor o de cualquier otra persona que los tenga a su cargo.

Importante es destacar que la dinámica del abuso sexual infanto-juvenil no se agota en el hecho abusivo, sino que además conlleva en su práctica un maltrato psicológico del menor sometido que dejará en su psiquismo huellas traumáticas graves y duraderas. Tal forma de detentar el poder por parte de un padre de familia o de un sacerdote a cargo olvida que la política moderna procura constituir espacios de libertad frente al autoritarismo violento que ha impuesto el patriarcado, incluso a través de los malos tratos y del abuso sexual. Hoy rige el Interés Superior de los Niños al considerarlos sujetos activos de derechos, dada su condición de personas en desarrollo (cfr. Ley Nro. 26.061).

Respecto de los padres en un grupo familiar primario, digamos que poco tiempo atrás apareció en diversos medios de comunicación el caso del chacal de Mendoza, similar al del austríaco Josef Fritze, quien violó reiterada y sistemáticamente a su hija durante 24 años y tuvo con ella siete hijos. En nuestra provincia andina, Armando Lucero fue denunciado por una de sus hijas, abusada por él durante una veintena de años y habiendo engendrado también siete hijos-nietos. Si bien la causa judicial está en plena investigación procesal, cabe presumir el muy probable encubrimiento de esa situación absolutamente irregular por parte de la madre de la denunciante y a la vez concubina del imputado.

En cuanto a los padres en la Iglesia, son muchos los casos ventilados por la prensa pese a que el juicio contra el cura Grassi haya tomado gran notoriedad. Este fenómeno es muy común a nivel mundial, por lo que señalamos de modo meramente ilustrativo que en los EE.UU. se realizaron denuncias en más de cien diócesis. Unos cinco mil curas abusaron de doce mil chicos y chicas, ocasionando ello múltiples reclamos judiciales por los cuales la Iglesia Católica tuvo que pagar unos dos mil millones de dólares en concepto de indemnizaciones. Recordemos, además, que en el año 2002 el papa Juan Pablo II convocó en Roma a los cardenales estadounidenses para tratar tan delicada y sensible cuestión.

Los peores componentes de lo siniestro -con sus características inesperadamente espantosas- se han presentando en todas las situaciones precedentemente señaladas, sea dentro de una familia o en el ámbito eclesiástico. Los interrogantes son: ¿puede un padre violar sistemáticamente a una hija sin que la madre de la niña sospeche sobre ese aberrante proceder? ¿No habrá al lado de cada padre violador una madre que entrega a su hija o, al menos, que mira para otro lado? Y por su parte, en relación a la madre Iglesia, ¿no podemos hacernos estas mismas preguntas? En cuanto a la protección de la niñez, ¿cómo intercede aquélla ante ese paternalismo abusivo de algunos curas?

Afortunadamente, en ambos contextos aparece siempre un portavoz cuyas palabras y acciones permiten, finalmente, descifrar semejantes anómalas conductas y perversos procederes. Abogamos porque ello así continúe, junto a la numerosa y moderna legislación que viene produciéndose en el país desde hace algunos años. Es de destacar que para lograr el pleno respeto de la niñez es ineludible no sólo la responsabilidad gubernamental, sino que todos habremos de sumarnos desde nuestras respectivas responsabilidades familiares y con la ineludible participación comunitaria, necesaria a los fines de la tutela integral de los derechos y de las garantías de nuestros niños y jóvenes.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

056 - La Psicología Social Mendocina Tiene su Ley

(Publicado en El Semejante - Año 8 Nro. 60 de septiembre de 2009; en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 1 Nro. 11 de septiembre de 2009 y en A.P.S.R.A. - Asuntos Legales con fecha 2/11/2016)

LA PSICOLOGIA SOCIAL MENDOCINA TIENE SU LEY

La Honorable Legislatura de la provincia de Mendoza sancionó, el pasado 4 de agosto de 2009, la Ley Nro. 8077 sobre la matriculación del profesional Técnico Superior en Operación Psicosocial. Dicho registro de la matrícula se encuentra a cargo del Ministerio de Desarrollo Humano, Familia y Comunidad; debiendo los trabajadores psicosociales fijar su domicilio profesional dentro del territorio provincial a los fines del desarrollo de sus actividades y tareas específicas.

Podrán ejercer la profesión quienes posean título de Nivel Superior otorgado por Institutos Superiores cuyos planes de estudio se encuentren reconocidos por la Dirección General de Escuelas. Además, la norma se refiere a aquellos profesionales que posean títulos equivalentes otorgados por los Ministerios de Educación u organismos competentes que hagan sus veces en otras provincias, y también a quienes tengan título proveniente de entidades extranjeras revalidado en nuestro país.

Otro capítulo de la ley sancionada por el senado y cámara de diputados de Mendoza hace alusión a los derechos, a las obligaciones y a las prohibiciones relativas a la profesión de quienes presten servicios que impliquen informes y conclusiones psicosociales. La principal obligación será la de proteger a los grupos en los que se realicen las intervenciones, además de prestar la colaboración que les fuere requerida por las autoridades sanitarias en los casos de emergencias.

Sostenemos, como siempre, que la realidad que atravesamos los psicólogos sociales hace más legítimo que nunca el ejercicio de nuestra profesión. Somos artesanos y nuestra actividad es un oficio que se hace haciendo. Cada vez son más los ámbitos públicos y privados que reclaman nuestra presencia como verdaderos agentes del cambio social planificado, por lo que debemos estar preparados para constituirnos en una alternativa válida que satisfaga esa creciente demanda laboral.

Nuestra competencia lo es para intervenir en contextos grupales e institucionales. Por ende, la ley mendocina dispone la expresa prohibición de diagnosticar y realizar tratamientos de cualquier tipo de patología psíquica o mental, como así también prescribir, sugerir o administrar medicamentos destinados a tratar tales dolencias. Queda prohibido hacer abandono sin causa justificada, en perjuicio de terceros, de los asuntos a cargo de los profesionales de la psicología social.

También está vedado procurarse trabajos por medios incompatibles con la ética y la dignidad profesional; o publicar falsos éxitos profesionales, estadísticas ficticias, datos inexactos o prometer resultados con motivo de las intervenciones psicosociales mediante cualquier otro engaño. Decimos que ser ético habla de una congruencia entre lo personal y lo social, correspondiendo siempre hacer los ofrecimientos de nuestros servicios con mesura y con respeto por la profesión.

Los operadores psicosociales deben guardar el más riguroso secreto profesional sobre cualquier intervención realizada en cumplimiento de sus tareas. Agregamos nosotros que tal obligación cede ante un principio superior, como sería el caso del deber profesional que dispone dejar de lado dicho secreto a los efectos de denunciar situaciones de violencia ejercida sobre menores o incapaces, ancianos y discapacitados (cfr. art. 2 de la Ley Nro. 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar).

En síntesis, la producción grupal sigue instrumentándose como una herramienta esencial de transformación recíproca para así tornar cada vez más fecunda nuestra práctica, como profesión autónoma y como disciplina científica. Adherimos a esta propuesta legal pues, desde ese nuevo y fortalecido posicionamiento institucional -garante de la idoneidad profesional- la demanda de psicólogos sociales se incrementará en muchas más organizaciones, instituciones y comunidades.

Felicitamos desde aquí a todos los psicólogos sociales mendocinos, agrupados en la Asociación de Trabajadores en Psicología Social (AdeTePS), por la consecuente lucha que logró el reconocimiento del ejercicio profesional de nuestra querida disciplina. Esta conquista se erige en un nuevo y trascendental avance histórico, que continúa la línea ya trazada por la reciente ley chaqueña Nro. 6353 sobre el ejercicio de la profesión del operador psicosocial o título equivalente.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com