lunes, 19 de julio de 2010

067 - La Adolescencia en los Tiempos de la Fluidez

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe - Nro. 41 correspondiente a julio-agosto de 2010; en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 21/7/2010; en El Otro Psi - Año XVI Nro. 169 de septiembre de 2010 y en Reflexiones sobre Educación con fecha 1/9/2010)

LA ADOLESCENCIA EN LOS TIEMPOS DE LA FLUIDEZ

La adolescencia (ad-dolescere, dolere) es un tiempo de fragilidad subjetiva, toda vez que el joven se está transformando, está dejando de ser un chico para atravesar duelos constantes referidos a la pérdida de su cuerpo infantil y a la declinación de sus padres ideales. Sabemos que la estructuración del joven es efecto no sólo de herencias filogenéticas, sino también de acontecimientos ontogenéticos y de las respuestas consecuentes advenidas de ese hablante ser en plena formación. La subjetividad es un modo de pensar, de sentir y de hacer en el mundo; por lo que la subjetividad adolescente es también un modo de hacer con lo real, es un conjunto de operaciones realizadas, repetidas, creadas e inventadas. El interrogante es si, en estos tiempos fluidos posmodernos, no se encuentran agotados los paradigmas mediante los cuales construimos, durante casi un siglo, los fenómenos de producción y significación de tipos subjetivos.

Según Zygmunt Bauman, la vida líquida es un inventario de comportamientos de la sociedad actual donde las reglas cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en hábitos determinados. Tal idea de lo líquido se refiere a lo fluido, a lo no sólido, a lo no fijo. Por ende, las identidades de nuestros pibes son móviles y la convivencia entre ellos no es hoy un escenario propicio para el diálogo. Parece que el diálogo de antaño ha sido reemplazado por la polémica y por la propaganda, que son en verdad dos especies de monólogo. No es fácil hoy encontrar ideales que orienten ni elevados valores que se transmitan, que persistan en el tiempo y que conserven su forma. La metáfora de la fluidez explica que todo se transforma constantemente, se desplaza con facilidad e, incluso, puede desbordarse. El concepto de desborde va muy de la mano con los múltiples territorios que habitan nuestros adolescentes, tanto en lo individual como en lo comunitario.

Creemos que las funciones paterna, materna y docente se han debilitado en estos días de hipermodernidad, de modernidad tardía. Otro tanto puede decirse respecto de las autoridades llamadas a conducir los destinos de todos y, a la vez, responsables de llevar a cabo las políticas públicas en la materia. El Estado ya no provee sentido ni consistencia ética integral a las demás instituciones primarias e intermedias, tales como la familia, la escuela, el trabajo, la universidad y las distintas organizaciones sociales y culturales. Nuestros jóvenes ya no encuentran parámetros estables en esta época de valores volátiles, donde las identidades son móviles y los modos de vinculación suelen ser meros espacios de exclusión cada vez más indiferentes. Sin paternidad estatal ni fraternidad institucional queda sólo la pura actualidad del ahora, quedando el camino libre tanto para las prácticas mediáticas como para las frías reglas del mercado y del consumo.

En la cultura de la fluidez y de la hibridación total, muchos pibes sienten que todo es transitorio y que se ha institucionalizado la incertidumbre. La endeble imagen del consumidor ha dado por tierra con la del habitante-ciudadano, aquel que podía elevarse hacia ideales más definidos y vincularse a una mayor parte de humanidad. La subjetividad dominante no es institucional, sino que emana de los grandes medios de comunicación que venden a precio vil la efímera figura del famoso. Los variopintos personajes televisivos que pululan a diario por la pantalla chica —hoy también mediana y grande— han logrado su “fama” por el simple hecho de ser famosos… ¡y nada más! Entendemos que los jóvenes necesitan otra cosa, algo más sólido: como ser marcos de referencia estables y, por qué no, también un poco de orden y seguridad. Es imprescindible crearles mayores y mejores espacios de autonomía que les permitan hacerse dueños de sus propios destinos.

Es sabido que no hay recetas fáciles ni cómodas. En la era de la fluidez, usando la terminología de Ignacio Lewkowicz, los jóvenes sufren por dispersión y aburrimiento. La experiencia del tedio y de la superfluidad no les deja huella duradera, no traza, no conecta. Ya nos hemos referido en alguna otra oportunidad al malestar del kakón adolescente, expresión utilizada para designar una ausencia de sentido existencial y una fuerte tendencia a la inercia de la pulsión de destrucción en pibes abandonados por los Otros. Por su lado, nuestro modelo socio-económico regresivo y distorsionado no deja de generar una multitud de adolescentes en grave situación de riesgo. No es menor ni casual el señalamiento que hace el Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), cuando sostiene que América Latina es una región donde la mayoría de los pobres son jóvenes y niños, y la mayoría de los jóvenes y niños son pobres.

Desde el terreno social, es fundamental asumir el rol de verdaderos agentes de un proceso de cambio planificado, contribuyendo a desarrollar una conciencia crítica y un proyecto histórico alternativo. Tal transformación debe estar acompañada de la producción de un nuevo saber, fomentando la creación de redes multidisciplinarias y apostando al fortalecimiento de las mismas. Afortunadamente, ya son muchas las organizaciones no gubernamentales que están en plena campaña de atención de chicos desconocidos, vulnerados y abandonados para brindarles un futuro de vida. No sólo trabajan con los jóvenes, sino también las estrategias están dirigidas al fortalecimiento familiar y con la convicción de que es necesario reflexionar acerca de las prácticas para una mejor elaboración de respuestas éticas institucionales. Otro tanto ocurre con la confección de estadísticas de evaluación y monitoreo para esta delicada y trascendente realidad.

Desde el campo de lo jurídico, la actual ley de protección integral de sus derechos ha terminado con casi cien años de un arcaico régimen de tutelaje y judicialización de nuestros jóvenes. Al menos desde lo legal, hoy se contempla a la niñez y a la adolescencia como una verdadera prioridad estratégica ineludible en el ámbito de nuestra comunidad y de cara al recién iniciado siglo XXI. De allí que los chicos sean considerados sujetos activos y plenos de derechos, dada su condición de personas en desarrollo. Los aludidos derechos y garantías —todos de orden público y de carácter irrenunciable— son, entre otros: el derecho a la vida, a la dignidad e integridad personal (física, sexual, psíquica y moral), a la identidad, a la libertad, a la igualdad y a la no discriminación, a la vida privada e intimidad familiar, a la salud, a la educación, a la libre asociación, al trabajo adolescente, a la seguridad social, al medio ambiente, al deporte y al juego creativo.

Los ejes que conforman las diversas medidas de protección integral pueden sintetizarse del siguiente modo: fortalecimiento del rol de la familia; descentralización de los organismos de aplicación; gestión asociada de los órganos de gobierno con la sociedad civil; promoción de redes intersectoriales; y constitución de organizaciones en pos de la defensa y la protección de los derechos de la de la juventud y de la niñez. Además, hacemos puntual referencia a la responsabilidad gubernamental, a la responsabilidad familiar y a la ineludible participación comunitaria necesaria si se pretende lograr la tutela de todos y cada uno de los derechos y de las garantías protegidas. Habremos de ir en procura de un nuevo paradigma, con fundamento en una ética humanista que termine con este desgarramiento producido por tanta posmodernidad líquida y fluida. Decimos, entonces, que la verdadera generosidad con el futuro consiste en dar todo en el presente.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

jueves, 15 de julio de 2010

066 - Algunas Ideas y Aportes Psicosociales

(Publicado en El Semejante — Año 10 Nro. 67 de julio de 2010; en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 11/4/2015 y en A.P.S.R.A. - Experiencias Psicosociales con fecha 5/2/2016)

ALGUNAS IDEAS Y APORTES PSICOSOCIALES

A partir de la relectura de las distintas ediciones del periódico El Semejante, en el cual vengo publicando artículos de mi autoría desde hace muchos años, tomé la decisión de hacer un repaso de mis notas y, dicha tarea, me llevó a extraer los siguientes conceptos relativos al quehacer psicosocial, los que a continuación detallo al modo de cosas dichas y escritas sobre la temática. En algunos casos realicé pequeñas modificaciones que creo pertinentes en función del formato que aquí presento. Además, quiero agradecer al director propietario Ernesto “Tito” Bronstain por todos estos años —casi una década— de amistad y de trabajo conjunto en el territorio de nuestra Psicología Social Argentina.

* Resonancias y ecos en el Palacio San Miguel (2007) Muchos sostienen que Enrique Pichon-Rivière era un maestro Zen, pues nunca contestaba de modo directo las preguntas que se le formulaban, sino que lo hacía en forma de clave. Obligaba a su interlocutor a conquistar la información. Su permanente búsqueda era saber acerca del hombre y su tristeza. Con sus enseñanzas, él nos ha enriquecido… enriqueciéndonos… enrique-siendo-nos. Es decir, siendo-enrique junto a todos nosotros. Su norte siempre fue planificar la esperanza, preparando operadores psicosociales como agentes del cambio. Iba en pos de procesos creativos potenciados por y en los grupos, de manera direccional y significativa, operativa e instrumental. Su ya famoso enseñaje era parido siempre en co-presencia, operando el profesional de la psicología social como un co-pensor.

* Algo sobre la ética en psicología social (2005) Todo psicólogo social se debe a la comunidad y, si bien tiene que percibir una retribución justa por su trabajo, la imposibilidad de recibirla no autoriza a negar tales servicios a quienes los necesiten (sujetos de necesidades productores y producidos). La falta de capacidad económica de quienes requieran nuestros servicios, no es excusa para abstenerse de prestar tal asistencia. Ello en un todo conteste con un claro lineamiento que dice: “Desde la psicología social, ser ético nos está hablando de una congruencia entre lo personal y lo social”, siendo el desafío conciliar la permanente actitud de no-dominación con la direccionalidad al cambio social planificado asignada por Enrique Pichon-Rivière a nuestra profesión.

* Psicología social y tramas vinculares (2006) La subjetividad es al mismo tiempo singular y emergente de las tramas vinculares que la trascienden, con las que el ser humano guarda una relación de sujeto productor y producido. En el proceso de socialización humana hay un instrumento privilegiado, que es el lenguaje. Y todo lenguaje, desde ya, está sostenido por un vínculo, pues la palabra forma parte de una acción comunitaria. Entendemos que la constitución de la subjetividad, del mundo interno de cualquier sujeto, se da en tres etapas o instancias sucesivas: 1ra.) Real: falta de representación (etapa autoerótica); 2da.) Real–Imaginario: estadio del espejo (narcisismo primario); y 3ra.) Real– Imaginario–Simbólico: entrada en funcionamiento de la palabra, del lenguaje, de(l) hablar.

* Teoría de los grupos en psicología social (2006) La estereotipia es la polilla del proceso grupal. Cada grupo construye un imaginario propio que opera como una cultura particular, otorgándole un estilo único y singular. Todos los grupos son diferentes. No hay grupo igual a otro, pues cada uno escribe su propia historia. La técnica de los grupos operativos solamente se puede aprender —y aprehender— a partir de la experiencia personal, de igual modo que la base fundamental de una preparación psicoanalítica puede únicamente lograrse atravesando uno mismo por el análisis. La identidad grupal está dada por una tarea y un proyecto en común, las que llegan a establecer pautas de integración y de comportamiento que se van institucionalizando en el grupo. Una creciente tendencia hacia la integración de los componentes del grupo los llevará a un destino que jamás imaginaron al inicio del proceso grupal compartido.

* Un poco más sobre los grupos en psicología social (2006) No es lo nuevo solamente lo que produce miedo o ansiedad, sino “lo desconocido que hay dentro de lo conocido”. Recordemos que esa es la esencia de lo siniestro o unheimlich freudiano. La tarea en el grupo debe desenvolverse al modo de una mayéutica socrática, es decir como un proceso dialéctico y contradictorio sostenido por un diálogo crítico donde se alternan interrogantes e ideas múltiples en el desarrollo de un saber. Se trata ni más ni menos que de lo no sabido de un saber, pues si bien no se sabe que se sabe, dicha verdad va emergiendo al ser creadas las condiciones pertinentes, siempre acompañadas por un dispositivo y un encuadre idóneos para tales fines. La verdad u objetividad creciente hace a la operatividad del grupo.

* Televisión y Sociedad de Consumo (2003) En relación a la fuerte y constante incidencia que tienen los mensajes consumistas emitidos por la televisión en la construcción de subjetividad de nuestros hijos, constituyéndolos como sujetos cognoscentes, deseantes y futuros productores, señalé: la respuesta, en este como en tantos otros temas relativos a nuestra temprana salud psicofísica, está en nosotros. Hace miles de años se le dijo a una pequeña tribu: “Puse ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición, y elegiste la vida”. Tal vez esa sea también una posible y actual elección en nuestra condición de trabajadores psicosociales.

* Lo legal y lo legítimo en psicología social (2007) A cincuenta años del nacimiento de la psicología social argentina, entiendo que nos encontramos con dos frentes de lucha bien visibles: por un lado, los permanentes ataques llevados a cabo por distintas asociaciones de psicólogos, las que regularmente cuestionan la legalidad de nuestra profesión. Tal vez ninguneados ellos por un sector del discurso médico, ahora repiten un proceder similar contra nosotros. Por otra parte, el otro frente tal vez sea el de los propios operadores psicosociales, que no logramos unirnos en defensa de nuestros intereses, de nuestras necesidades. ¿Sujetos de necesidad, decía Pichon? ¿Seremos especialistas en “grupalismos” pero no podemos agruparnos? ¿Sabremos algo de actitud y aptitud psicosocial? Se me ocurre lo siguiente: si en lo personal, si en lo individual… el principal enemigo de la manada es uno mismo (y algo tenemos que hacer al respecto), tal vez en lo colectivo el principal enemigo de los psicólogos sociales seamos los propios psicólogos sociales (y algo tendremos que hacer también al respecto).

* Algo más sobre la actualidad de la psicología social (2005) Entre las asignaturas pendientes relativas a la psicología social podemos destacar, entre otras, las condiciones difíciles de ejercicio profesional que actualmente vivimos; como así también la intensa campaña de desprestigio en contra de los operadores psicosociales en los últimos tiempos. Sostenemos que en lo que debemos coincidir todos y cada uno de los psicólogos sociales es en unir esfuerzos para defender la dignidad del ejercicio profesional, la independencia de nuestra disciplina científica, una retribución adecuada por el trabajo que hacemos, el respeto a nuestras incumbencias y toda tarea que nos asegure la libertad e igualdad de oportunidades y que proteja los derechos de esta comprometida actividad. Pues la psicología social es también una lucha de pasiones.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

miércoles, 9 de junio de 2010

065 - Acerca de Niños y Jóvenes que Matan

(Publicado en la sección "Psicoanálisis y Ley" del portal El Sigma.com con fecha 14/6/2010; en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 15/6/2010 y en Reflexiones sobre Educación con fecha 1/7/2010)

ACERCA DE NIÑOS Y JOVENES QUE MATAN

El Instituto de Investigaciones en Psicoanálisis de la Universidad Argentina John F. Kennedy ha propuesto, para el ciclo lectivo 2010, el desarrollo de varios seminarios abiertos a la comunidad, cuya línea investigativa articula temas de Derecho, Ciencias Sociales y Psicoanálisis. Es así que actualmente me encuentro participando en el Seminario de Investigación sobre Delito y menor. El niño homicida, una mirada psicoanalítica, llevado a cabo conjuntamente con la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad de Antioquia y el Departamento de Derecho de la Universidad de Envigado (Colombia), bajo la dirección de la Dra. Amelia Haydée Imbriano. A continuación intentaré abordar algunas de las ideas trabajadas en dicho espacio, agradeciendo desde ya a todo el equipo de colaboradores (*) de este proyecto, cuyo fin es el de amplificar y profundizar los estudios interdisciplinarios sobre la base del estatuto de la responsabilidad, tanto del sujeto como de la comunidad toda.

Ante la contundencia de los datos estadísticos que revelan la frecuencia de actos homicidas cometidos por niños y jóvenes, nos preguntamos cómo es posible que un menor de edad llegue al extremo de matar a un semejante. Un informe revelador al respecto lo da la Oficina Sanitaria Panamericana (órgano dependiente de la O.E.A.) al decir que, en las Américas, la segunda causa de muerte de adolescentes y niños varones es el homicidio. Si a ello le sumamos el constante incremento de la circulación de armas de fuego —las que hoy podrían ser calificadas como de destrucción masiva— junto a la pobreza, la exclusión, los malos tratos y las carencias afectivas de nuestros pibes, tenemos entonces unos cuantos ingredientes que nos habilitan a adentrarnos en este trágico aspecto de la realidad. Tal vez uno de los pocos caminos que les queda abierto a estos niños violentos, privados del amor a que tienen derecho, sea la destrucción de un orden social del que ellos son víctimas.

Veamos algunos aspectos a tener en cuenta, sea desde el punto de vista del Psicoanálisis o desde la óptica del Derecho. Sabemos que no se puede investigar el destino de nuestros niños y jóvenes por fuera de la comunidad en la cual están insertos, pues unos y otra son partes solidarias de una misma estructura. Así, la ley del no matar inscribe al sujeto en la cultura, por lo que ante su transgresión cabe sostener alguna interrogación acerca del sujeto y el Otro. Y si de tal transgresión hablamos, resulta por demás significativo que de las investigaciones arriba señaladas surge que, en el año 2004 y sólo en la ciudad de Buenos Aires, contabilizamos unos mil doscientos casos de actos homicidas cometidos por menores (informe del Foro Intersectorial Permanente de la Niñez, Adolescencia y Familia ). Esos guarismos han seguido incrementándose y cabe apuntar, además, que las encuestas suelen demostrar que por cada hecho delictivo denunciado ocurren otros tres que no se denuncian.

Al año siguiente, en el mes de octubre de 2005 y después de largos tiempos de debates, fue dictada la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, considerándolos como verdaderos sujetos activos y plenos de derechos en vez de simples objetos de intervención. Esta nueva conceptualización se conoce como el pasaje de la doctrina de la situación irregular a la doctrina de la protección integral. Señalemos que esta legislación procura el fortalecimiento de la familia, la gestión asociada de los órganos de gobierno con la sociedad civil, la promoción de redes intersectoriales y la activa participación de las organizaciones no gubernamentales. Pues, si la nuestra tiende a ser una cultura colmada de Otros vacíos, al menos desde esta normativa se dispone que la responsabilidad ante los niños y jóvenes no solamente sea de la familia sino también del Estado nacional, provincial y municipal, promoviendo además la activa participación de la comunidad toda.

Si la familia es el ámbito primario de constitución de subjetividad, en donde se generan las matrices de aprendizaje más estructurantes ligadas a la génesis del sujeto, nos preguntamos qué lugar tienen estos pibes que matan en nuestra sociedad posmoderna, caracterizada por un fuerte predominio de los fenómenos de apatía, perplejidad y desarraigo. Cada vez más vemos chicos de y en la calle, sin escolaridad e inmersos bajo los efectos de la violencia cotidiana que forma parte del paisaje urbano. Esos niños no hablan de sus sufrimientos, pues suelen encontrarse en situación de colapso, derrumbe o quebrantamiento psíquico. Nuestra cultura sigue produciendo seres libres de toda atadura simbólica, en la cual ya no hay padre, la madre no deja de ser una rareza y el maestro rehúye al cumplimiento de su función docente. Otro tanto puede decirse de las autoridades llamadas a conducir los destinos de todos y, a la vez, responsables de llevar a cabo las políticas públicas en la materia.

Ante el aumento de los actos homicidas cometidos por menores, la población ha ido elaborando un sentimiento de impunidad y de desconfianza. Si bien puede pensarse en el robo como un atractor para estos pibes que delinquen, muchas veces ellos se retiran de la escena del crimen sin robar nada. Es más, al advertir que existe en el lugar alguna cámara que los está filmando, en vez de ocultarse suelen dirigirse a la misma realizando gestos desafiantes y obscenos. De sus conductas se advierte frialdad e insensibilidad, ausencia de miedo y dureza emocional. Pareciera que experimentan el placer de transgredir la norma del no matar que inscribe a todo individuo en la cultura. Los informes sociales reflejan que la violencia es algo frecuente en los hogares de estos chicos, en los cuales rige la ley del bulling según la cual los hermanos mayores tiranizan a los menores. Un pibe así maltratado puede llegar a ser un futuro maltratador si queda atrapado en esas redes del sufrimiento y del dolor.

El equipo que participa del seminario de investigación se formula los siguientes interrogantes: ¿qué objeto quieren cuando roban?, ¿qué los hace matar a estos chicos violentos? Dan tres posibles variables en la causación de esos ilícitos, a saber: a) la resolución de tensiones por rivalidad con el semejante; b) una llamada al orden público, procurando ser nombrados y reprendidos ante la carencia de toda autoridad en sus vidas; y c) la resolución del malestar del kakón, cometiendo un acto homicida para lograr evadirse así del tedio y de la falta de sentido existencial. La palabra griega kakón, de género neutro, significa “lo malo”, siendo utilizada para designar el malestar de la vida, el tedio y la ausencia de sentido. Pues, aquí la propuesta es utilizar dicha expresión para denominar a todo mal que pueda presentarse bajo la figura de síntomas depresivos consecuentes de la tendencia a la inercia de la pulsión de muerte, en jóvenes abandonados por Otro y que tienden a ocupar su lugar.

En tiempos en que varios sectores de la sociedad discuten sobre la necesidad de bajar la edad de inimputabilidad de los jóvenes, la Ley 22.803 dice que no es punible el menor que no haya cumplido dieciséis años de edad. Si existiere alguna imputación en su contra, la autoridad judicial debe proceder a la comprobación del delito, tomando conocimiento directo del menor, de sus padres, tutores o guardadores. Como así también, el juez ordenará los informes y peritaciones conducentes al estudio de su personalidad y de las condiciones familiares y ambientales en que se encuentre. En procura de la protección integral del niño o del adolescente, se puede disponer su alojamiento en una institución de modo tal de lograr su rehabilitación y que puedan regresar a la comunidad de la forma más constructiva posible. Es aquí esencial la tarea coordinada —caso por caso— entre los campos profesionales de la salud mental y de la justicia, integrando equipos de trabajo multidisciplinarios.

No podemos soslayar que la adolescencia (ad-dolescere, dolere) es el tiempo de mayor fragilidad subjetiva puesto que el joven está transformándose, está dejando de ser un chico para atravesar duelos constantes referidos a la pérdida de su cuerpo infantil y a la declinación de los padres ideales. La estructuración del niño es efecto no sólo de herencias filogenéticas, sino también de acontecimientos ontogenéticos y de las respuestas consecuentes optadas por ese hablante ser en formación. Sostenemos, entonces, que sin paternidad estatal ni fraternidad institucional, prospera la desolación de nuestros pibes y el sufrimiento no deja de insistir. Si no hay posibilidad de simbolización, no hay humanidad. Cuando el Otro falta, los jóvenes quedan abandonados. Las leyes no surgen sólo porque las cosas estén mal, sino por acción, presión y difusión. De allí que la responsabilidad sea de todos: tanto de la familia como de la escuela, de las organizaciones intermedias y de la sociedad en general.

Hoy vivimos en un sistema social en donde muchas veces se transforma lo ilegítimo en legítimo, con alta velocidad de cambio, donde las tradiciones fallecen, los puntos de referencia se pierden en el vértigo de las transformaciones y hasta se industrializa la muerte. Pues, la caja boba hace muy bien este trabajo. En muchos sectores de la población domina la reiteración, el estancamiento y la estereotipia. De allí que aplicar simples intervenciones generalizantes no hace más que provocar el acallamiento de los sujetos en juego: en el caso que aquí nos convoca, nada menos que de quienes son el futuro. Frente a la trágica realidad de niños y jóvenes que matan, nuestra propuesta es escuchar al sujeto, uno a uno, con su historia y su modo singular de enlace a ella. Concluimos que, desde el Psicoanálisis y el Derecho, el sendero no puede ser otro que el de acompañar a los chicos en un intento de no tomarlos como objetos y con una firme búsqueda de hallar un lugar para ellos.

(*) Equipo de investigación integrado por Paula Winkler, María Graciela Aguirre, Javier Cures Sastre, María Amelia Grecco y Agostina Ilari Bonfico.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

martes, 16 de marzo de 2010

064 - Alcoholismo y Juventud... ¿Divino Tesoro?

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe - Nro. 39 correspondiente a marzo-abril de 2010 y en Centro de Estudios Sociales Argentino con fecha 26/3/2010)

ALCOHOLISMO Y JUVENTUD… ¿DIVINO TESORO?

He recibido una nueva invitación del director periodístico de La Tecl@ Eñe, consultándome esta vez acerca del elevado consumo de alcohol entre los adolescentes, como así también sobre el aturdimiento que el fenómeno del alcoholismo provoca en nuestra juventud. Me cuenta el Lic. Conrado Yasenza que suele encontrarse con jóvenes escuchando música a volúmenes increíbles y totalmente alcoholizados, entendiendo él que buscan desconectarse en bailes donde no se baila y que consumen bebidas alcohólicas solamente como un modo de evasión. Me pide si le puedo aportar algunas ideas al respecto, por lo que a continuación va este intento de abordaje de una problemática multicausal con aristas sumamente variadas y complejas. Digo, para comenzar, que hoy en día es considerable el aumento de la cantidad de bebidas ingeridas y el de su graduación alcohólica, tal como se desprende de las numerosas encuestas existentes en esta materia.

El mundo adolescente está destinado en gran parte al consumo de bebidas alcohólicas, siendo la edad media de inicio entre los 13 y 14 años tanto en los varones como en las mujeres. Las últimas estadísticas arrojaron que el setenta y cinco por ciento (75%) de los bonaerenses comienzan a consumir bebidas alcohólicas antes de los 18 años de edad. Además, ha dejado de ser algo exclusivo y propio del sexo masculino, pues hoy son muchas las mujeres que se han sumado a esta puntual costumbre. Lo que este problema plantea es que el joven suele encontrar en la ingesta de alcohol una vía de escape a sus problemas irresueltos, la mayoría de ellos con base en la falta de amor, protección y cuidado de su entorno. Tal orfandad afectiva hace que el adolescente se sienta cada vez más solo, librado a su propia suerte y procurando sepultar la angustia y el desamparo que esas carencias le ocasionan. El chico que toma alcohol termina haciéndose esclavo de sí mismo.

Muchas veces estamos ante verdaderos ritos de iniciación, como un modo de inscribir en lo simbólico el pasaje de la niñez al mundo de los adultos. Los jóvenes piensan que con el alcohol pueden potenciarse, sirviéndoles para cambiar su estado de ánimo. Superan la timidez, se ponen más eufóricos y alegres. La ingesta de bebidas alcohólicas es desinhibidora y facilitadora para vincularse y, toda vez que es una droga socialmente aceptada, sólo ven aquellos aspectos que consideran positivos. Nada quieren saber acerca de que un ochenta por ciento (80%) de las muertes registradas entre los adolescentes se deben a causas violentas y, dentro de ellas, las relacionadas con el alcohol y las drogas ocupan un lugar destacado. Se sabe que la adolescencia es una etapa particularmente vulnerable. El abuso en la consumición de bebidas alcohólicas termina siendo con frecuencia la puerta de entrada que conduce a los chicos hacia la adicción de otras drogas, más dañinas para su salud.

Otro dato de la realidad es que dicha ingesta es mayor cuando los adolescentes están en grupo, sobre todo en las fiestas y en lo que ellos han dado en denominar la “previa”. En ese encuentro habitual antes de ir al boliche toman bebidas alcohólicas en cantidad, muchas veces mezcladas con energizantes. Pareciera que los jóvenes creen que se es grande por tomar alcohol. Lo que en verdad ocurre es que necesitan reducir el monto de angustia que los habita, siendo el alcohol una especie de quitapenas que les permite esquivar los límites que la realidad impone y acceder así a un mundo que ofrecería condiciones más placenteras. Sin la cerveza y la sidra suponen que el fuego de la adolescencia no se enciende aunque, paradojalmente, lo cierto es que el alcohol y la tumescencia no se llevan del todo bien y son claramente incompatibles. No obstante ello, ir abstemio a las salidas nocturnas sería hoy algo contrario a los códigos y a las normas del entorno juvenil.

Y ya que hablamos de normas, el alcoholismo en la adolescencia es una cuestión relacionada con la anomia o ausencia de normas. Los chicos avanzan en el consumo de bebidas alcohólicas debido a sus carencias, a sus soledades, a la falta de valores y de certezas. Mucho tiene que ver la fuerte ausencia de modelos que en la actualidad vemos tanto en las familias como en las escuelas, ambas instituciones socializadoras por naturaleza. Hay una crisis de autoridad en las funciones paterna, materna y docente de las cuales devienen situaciones de rebeldía y de conflicto. Rige hoy un estado confusional de pérdida de parámetros esenciales, traducido en un fenómeno de incertidumbre que profundiza todo consumismo en la juventud. A esto podemos sumar el bombardeo constante, desde los grandes medios de comunicación, que publicita una vida por demás exitosa que se puede lograr con una botella en una mano y una hermosa mujercita blonda en la otra.

Es importante abrir espacios de reflexión donde pensar, sentir y hacer algo que permita combatir este fenómeno, pues no existe una suficiente conciencia social ni se vislumbran planificaciones estratégicas. Es más, entiendo que la embriaguez temprana es funcional al mercado y a la sociedad consumista le viene de perillas las intoxicaciones alcohólicas adolescentes. Que siga el “como sí” del deseo y que aumente la adrenalina en los jóvenes. Que el alcohol continúe siendo un boleto de ida en procura de sortear los rasgos paradojales de un superyó de época que ordena gozar a toda costa, a cualquier precio. Si bien el alcohol no es lo mismo que el trastorno del alcoholismo, el peligro es que esa primera ritualidad oral que dice presente con el alcohol se repita compulsivamente y se inscriba en la subjetividad de nuestros pibes, convirtiéndose en adicción. Ad-dictum es el que se halla en disponibilidad para recibir mandatos y obedecerlos acríticamente.

En consecuencia, debemos ayudar a los adolescentes a conquistar su pubertad, que puedan elaborar los duelos que inevitablemente implica el crecimiento como sujetos bio-psico-sociales y espirituales. Hoy la tendencia consumista ataca a todos, a los que tienen más y a los que nada tienen. Habremos de diseñar programas de educación que actúen principalmente en la preadolescencia, incidiendo en la relevancia de la familia y de la escuela como medios de formación y de información, mejorando el diálogo y los vínculos, transmitiendo valores que puedan ofrecer a los jóvenes un modelo de vida más saludable. Semejante responsabilidad tiene que ser compartida por todos, tanto por el Estado como por la familia y por la comunidad en general. El objetivo no será otro que el de derrotar ese falso enlace de la intoxicación con el goce de lo prohibido, para que la adolescencia y la juventud vuelvan a ser un divino tesoro… ¡y no se vayan con el alcohol para no volver!

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

jueves, 4 de marzo de 2010

063 - En el Abuso Sexual Infantil... ¿De Eso No Se Habla?

(Publicado en la sección "Psicoanálisis y Ley" del portal El Sigma.com con fecha 22/2/2010)

EN EL ABUSO SEXUAL INFANTIL… ¿DE ESO NO SE HABLA?

Tal fue el título de mi disertación en las V Jornadas de Psicoanálisis y Comunidad — Abuso Sexual Infantil: Diagnóstico y Tratamiento, organizadas por la Fundación San Javier para el Desarrollo Integral de Niños y Jóvenes, que tuvieron lugar el 14 de noviembre de 2009 en el salón de actos del Instituto Divino Corazón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A continuación haré un detalle de lo que expuse en dicho evento, señalando en primer lugar que el 19 de noviembre de cada año fue instituido como el Día Nacional para la Prevención del Abuso contra Niños, Niñas y Adolescentes (art. 1º de la Ley 26.316). Agradezco una vez más la invitación que me hiciera el comité organizador de las jornadas, integrado por los licenciados Alberto Díaz, Macarena Cao Gené, Diego Mc Guire y Alejandro Poy.

En el tratamiento del fenómeno del Abuso Sexual Infantil (ASI) es frecuente toparse con muchos de eso no se habla, expresados en forma de secretos, ocultamientos, callamientos, hacer borrón y cuenta nueva, aquí no pasó nada, no te metas, etc. Intentaré articular un poco del mundo “psi” con algo del ámbito de lo jurídico, para así abordar algunos de estos aspectos de lo siniestro cuyas condiciones son siempre la soledad, la oscuridad y el silencio vinculados a la angustia traumática que padece el menor agredido en su sexualidad. Si partimos de considerar la historia oficial de la infancia, se advierte que no hay datos ni estadísticas sobre el ASI, por lo que habría que investigar más a fondo acerca de cómo sucedió el pasaje del “niño-objeto de pertenencia” al “niño-sujeto activo de derechos”.

Lo antedicho se conoce como el tránsito de la doctrina de la situación irregular a la doctrina de la protección integral de niños, niñas y adolescentes. Nótese que entre 1858 y 1869 Ambroise Tardieu, un catedrático de la medicina forense en París, develó más de nueve mil casos de acusaciones por violaciones de niñas entre 4 y 12 años de edad. Pese a la gravedad de tales hallazgos, ellos fueron recibidos con absoluta indiferencia por parte de sus pares médicos y desatendidos por aquella sociedad de mediados del siglo XIX. Otro ejemplo ilustrativo es el caso de una niña de nueve años de edad, víctima de malos tratos por parte de sus padres. Un tribunal de Nueva York debió fundamentar su fallo condenatorio basado en las normas protectoras de los animales, pues no existían leyes contra el maltrato infantil.

En el ASI intrafamiliar o incestuoso, de eso no habla el menor abusado ni el pariente abusador y tampoco el grupo familiar. Normalmente el victimario es el padre, el abuelo, el padrastro, el concubino de la madre, el cuidador o el tutor del niño o joven agredido. Y es por demás evidente que un abuso sexual sistemático —como el del chacal de Mendoza, que apareció en todos los medios de comunicación hace meses atrás— sólo es posible si hay una madre que no cumple su función materna y mira para otro lado. De modo similar, para que ocurra lo que se conoce como estrago materno tiene que haber un padre que no ejerce su función específica. Cuando hablo de funciones materna y paterna me refiero a esas a las que hemos sido llamados a asumir y que en modo alguno son ni optativas ni biológicas.

Se advierte, además, que junto al de eso no se habla dentro del seno familiar existe un trasfondo que hace a lo espantoso, siendo la resultante de esos padres que se reparten tamañas disfunciones un verdadero balazo en el aparato psíquico de los chicos ultrajados, tal como suele decirse en el mundo del psicoanálisis. Abusar es estragar, asolar, devastar al menor en su integridad psicofísica. Progenitores abusivos son también aquellos que les hacen pagar a sus hijos el sacrificio que hicieron por ellos. Junto a la papilla asfixiante que les proveen logran provocar así un verdadero arrasamiento que borra las diferencias y, por ende, impide toda posibilidad de subjetivación. Suele hacerse referencia a la boca cocodrilera de esa madre patológica que se “traga” a su hija o que “se lleva puesto” a su hijo.

Otros de eso no se habla se presentan en algunas instituciones educativas, judiciales y policiales en las cuales rige aún una ética autoritaria y disciplinar en vez de una ética humanista. Muchas veces la desconsideración y el destrato son de tal magnitud, que las víctimas involucradas en la sospecha de un abuso sexual infantil terminan arrepentidas de haber expuesto su caso. Debe tenerse muy presente que en el tema que nos ocupa el objetivo primario y esencial es siempre la protección integral de niños y jóvenes; siendo un objetivo ulterior el esclarecimiento de los hechos y la eventual condena de los responsables. Se trata ni más ni menos que de honrar la infancia, en los términos de la Ley 26.061 que considera a las niñas, niños y adolescentes como sujetos activos y plenos de derechos.

Por su lado, el secreto profesional también está íntimamente vinculado con los de eso no se habla, aunque tal obligación pierde su vigencia en las situaciones de ASI. Pues aquí rige el deber de denunciar tanto para los padres como para los tutores, guardadores y todo aquel protector del menor damnificado. El art. 2º de la Ley 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar dispone que tales hechos deben ser denunciados por los servicios asistenciales, sociales y educativos, sean públicos o privados, por los profesionales de la salud y por todo funcionario público en razón de su labor. Es decir, ningún psicólogo, médico, educador, abogado, trabajador social, etc. puede válidamente ampararse en el secreto profesional para no denunciar estos delitos aberrantes cometidos contra niños y adolescentes.

Cabe destacar que la omisión de denunciar cualquier caso de abuso sexual infantil constituye un acto de mala praxis, por cuanto existiría negligencia, inobservancia e impericia de los deberes del profesional obligado por ley. La víctima del perjuicio sufrido puede pretender la respectiva reparación invocando la responsabilidad dispuesta por nuestro Código Civil. El art. 1074 de dicho cuerpo legal establece que toda persona que por cualquier omisión hubiese ocasionado un perjuicio a otro, será responsable cuando una disposición de la ley le impusiere la obligación de cumplir el hecho omitido. En términos de ASI deben tenerse en cuenta los compromisos éticos de nuestra tarea, pues es sabido que ampararse en el secreto profesional sólo protege al adulto abusador y victimario.

Para concluir, a los fines de poder ir superando todos los de eso no se habla que aún reinan en nuestra sociedad del siglo XXI, es muy importante formar una verdadera red de sensibilización y un movimiento de visibilización de la problemática del ASI. El trabajo en equipos interdisciplinarios ayuda —y mucho— a evitar la habitual quema de agentes sociales o síndrome de “burnout”, como así también el consecuente abandono de la tarea por parte de los profesionales que intervienen en esta delicada actividad. La técnica de los grupos operativos creada por Enrique Pichon-Rivière, sumada al desarrollo de un proyecto sostenido que tienda a la modificación de esta aberrante realidad nos podrá conducir a derribar el aludido muro del silencio. Se logrará, de tal modo, que de esto sí sigamos hablando… y haciendo.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

miércoles, 30 de diciembre de 2009

062 - Curso Intensivo Sobre Psicopatología del Abuso Sexual Infantil

(Publicado en El Semejante - Año 9 Nro. 62 de diciembre de 2009)

CURSO INTENSIVO SOBRE PSICOPATOLOGIA DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL

El pasado 16 de mayo del corriente año se llevó a cabo un curso intensivo sobre Psicopatología del Abuso Sexual Infantil, organizado por la Licenciada Stella GULIAN (Universidad de la Marina Mercante) y por los Licenciados Alberto DIAZ y Macarena CAO GENE (Fundación San Javier para el Desarrollo Integral de Niños y Jóvenes), en el salón de actos del Instituto Divino Corazón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Agradezco una vez más la invitación a participar como panelista en dicho evento, al que asistieron alrededor de doscientas personas… una convocatoria verdaderamente exitosa!!! A continuación desarrollo algunas breves ideas sobre esta grave problemática, que aqueja no sólo a la institución-familia sino también a la sociedad y a la comunidad toda.

Debemos analizar el abuso sexual infantil (ASI) dentro del contexto del maltrato y de la violencia, sea física o psíquica. La palabra abuso deriva del latín abusus, cuyo significado es ab: contra, y usus: uso; siendo aquí el uso de un poder o de una situación en contra de un niño. Jurídicamente constituye el aprovechamiento contra la voluntad de un menor más allá de lo que resulta lícito o con fines distintos a los autorizados por el ordenamiento legal. La Ley 25.087 modificó el Título III del Código Penal Argentino, tipificándose allí los Delitos contra la Integridad Sexual en los arts. 119 y siguientes (vgr: abuso sexual simple y gravemente ultrajante, con acceso carnal o violación, promoción o facilitación de la prostitución o corrupción, pornografía, exhibiciones obscenas, rapto, entre otros).

La base esencial que habremos de tener en cuenta es la falta de asentimiento y el menoscabo de la libertad sexual del niño. Nuestra ley presume que si la víctima es menor de 13 años no pudo dar su consentimiento. En el ASI siempre está en juego el Interés Superior del Niño y su Protección Integral, que incluye el derecho a la dignidad e integridad personal, sea física, psíquica, sexual o moral. Máxime que el niño abusado sufre en carne viva esta traumática vivencia y sus secuelas son esencialmente graves. La escuela tiene el deber y la responsabilidad de brindar información sexual, a partir del Programa Nacional de Educación Sexual Integral sancionado por la Ley 26.150, procurando al respecto el trabajo en conjunto de la familia, de la escuela y de los alumnos.

El Abuso Sexual Incestuoso

Ya que mencionamos a la institución familia, digamos que el Código Penal contempla la figura del abuso sexual infantil agravado por el vínculo cuando el hecho fuese cometido por un ascendiente, hermano o afín en línea recta. También incluye al adulto que abuse de un menor aprovechando la situación de convivencia preexistente y al tutor, curador o encargado de la guarda de la víctima, conociéndose a todos estos ilícitos con la denominación de abuso sexual infantil intrafamiliar. Aquí la situación abusiva se produce dentro de la familia y, casi siempre, ésta la oculta en la intimidad, no permitiendo que trascienda hacia afuera. Dicho ocultamiento impide que la Justicia pueda intervenir, toda vez que no son tan frecuentes las denuncias concretas de estos aberrantes hechos.

Obviamente, el delito que aquí nos ocupa se agrava por el carácter incestuoso del vínculo, produciéndose el abuso sexual en una etapa de la vida del niño en que su psiquismo no puede procesar elaborativamente el trauma sufrido. De allí que la razón de la norma jurídica esté en la violación de una obligación de resguardo sexual proveniente de la relación parental. Esta normativa debe complementarse con la Ley 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar, al disponer que toda persona que sufriere maltrato físico o psíquico por parte de cualquier miembro del grupo familiar podrá denunciarlo ante el juez competente en asuntos de Familia. De lo antedicho, se puede colegir que el abuso sexual infantil intrafamiliar es motivo de atenta preocupación pública y estatal.

Desde el enfoque de nuestra Psicología Social decimos que, en los casos que revisten la gravedad aquí abordada, es el grupo familiar todo el que presenta una conducta desviada, resultante de una relación familiar enferma y de un modo patológico de vinculación entre sus miembros. ¿Acaso puede un padre violar sistemáticamente a una hija sin que nadie del grupo familiar sospeche sobre ese perverso proceder? ¿No habrá al lado de cada padre violador una madre que entrega a su hija o, al menos, que mira para otro lado? Si bien es endeble toda generalización, en estas familias donde reina el abuso sexual y el maltrato suele aparecer un portavoz cuyas palabras y acciones proporcionan elementos que permiten finalmente descifrar semejante acontecer siniestro y manifiestamente anómalo.

El Caso Armando Lucero

Poco tiempo atrás apareció en los medios de comunicación el caso del chacal de Mendoza, similar al del austríaco Josef FRITZE, quien violó reiterada y sistemáticamente a su hija durante 24 años y tuvo con ella siete hijos. En nuestra provincia andina, Armando LUCERO fue denunciado por una de sus hijas, abusada por él durante más de 20 años y habiendo engendrado también siete hijos-nietos. Si bien la causa está en plena investigación judicial, cabe destacar el muy probable encubrimiento de esa situación familiar absolutamente irregular por parte de la madre de la denunciante y a la vez concubina del imputado. En tal sentido, señalemos que nuestro Código Penal reprime con la misma pena del autor del hecho punible a quien cooperase de algún modo a la perpetración del delito.

Si la familia es la estructura social básica, configurada por el interjuego de roles diferentes (padre, madre, hija, hijo); si conforma una estructura-estructurándose que funciona como una totalidad, podemos preguntarnos con cierto asombro cómo disfuncionaba el hogar de los Lucero en la intimidad. Los psicólogos sociales pensamos que el equilibrio familiar se va logrando cuando la comunicación es abierta y la interacción se produce en múltiples direcciones, configurando una espiral dialéctica de realimentación entre sus miembros. Es muy posible que los peores componentes de lo siniestro —con su característica inesperadamente espantosa— hayan acontecido dentro de este grupo familiar donde las eventuales ramificaciones del abuso sexual todavía desconocemos.

Existe una fuerte sospecha de que el llamado monstruo de Mendoza haya repetido su extraviado proceder con otras hijas, quienes también habrían padecido vejaciones incestuosas pero pudieron escapar de la casa paterna. Resulta significativo destacar que la mujer de Lucero y madre de las niñas abusadas —funcionaria del Poder Judicial de esa provincia de Cuyo— estaría acusada al menos de encubrimiento cuando no de entregadora de sus hijitas. Ambos progenitores se habrían aprovechado de la inmadurez sexual de las niñas, ejerciendo un claro y evidente abuso de autoridad en su calidad de ejes de la familia. El carácter de lo siniestro está dado por el pacto de silencio, la oscuridad y la soledad: tres condiciones que se relacionan profundamente con el horror y la angustia infantil.

Para concluir, digamos que paradójicamente “lucero” proviene de luz, de luminosidad, de lustre y de esplendor; y según la información periodística que nos llega desde los medios gráficos, radiales y televisivos, todo era oscuridad y negrura en el seno de esta familia mendocina. Otra acepción del mismo término alude a los postigos de las ventanas por donde entra la luz, por lo que también podríamos preguntarnos si a partir de esta denuncia efectuada por la propia víctima de tal horror instalado hace tantos años podrá abrirse otro ventanal que alumbre un futuro más esperanzado para los componentes de este grupo familiar. Cada uno de los ojos de la cara es un lucero… Ojalá que al menos la denunciante pueda vislumbrar ahora un otro astro —lucero— de esos que lucen más grandes y brillantes.

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com

viernes, 30 de octubre de 2009

061 - Reflexiones Acerca del Odio Social

(Publicado en la revista de cultura y política La Tecl@ Eñe - Nro. 37 correspondiente a noviembre-diciembre de 2009 y en el blog Bajo Control con fecha 27/11/2010)

REFLEXIONES ACERCA DEL ODIO SOCIAL

El director periodístico de La Tecl@ Eñe me ha invitado a reflexionar sobre el odio social; ese fenómeno recurrente que hace su aparición y se consolida en los grupos, en las instituciones y en la comunidad toda. Digamos para comenzar que el odio social es un sentimiento negativo de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia los otros, a quienes incluso les llegamos a desear el mal. Nótese que Odín es el supremo dios nórdico de la guerra y rey del país de los muertos (Walhalla), por lo que este tema está íntimamente relacionado con la muerte, la pelea y el desprecio. El odio es con frecuencia el preludio de la violencia y, sin embargo, es una manifestación tan válida y habitual como cualquier otra que pueda experimentar un ser humano.

Sabemos que nuestra esencia más profunda consiste en impulsos instintivos de naturaleza elemental, entre los que se encuentran el odio y la destrucción. Tales impulsos surgen casi desde el principio formando parejas de elementos antitéticos, que conocemos con la denominación de ambivalencia de los sentimientos. Esta ambivalencia se refiere a los vínculos a cuatro vías, es decir los otros son buenos: los amo y me aman, y a la vez son malos: los odio y me odian. Ya desde los tiempos de Empédocles, los dos principios fundamentales constituidos por el amor y la discordia eran equivalentes a nuestras pulsiones originarias, Eros y Thanatos. El primero es el dios del amor, mientras que al hablar de lo tanático designamos a las pulsiones de muerte y de destrucción.

Vemos en el odio social una relación con nuestros semejantes más antigua que el amor. Las pulsiones de muerte se dirigen hacia nuestro interior y tienden primero a la autodestrucción; luego se encaminan hacia el afuera con su característico tinte agresivo. Podemos considerarlas como las pulsiones por excelencia, en la medida en que en ellas se realiza la vuelta al estado inorgánico de todo ser vivo, como así también nuestra constante compulsión a la repetición. Eso que está constituido por lo anímico primitivo es imperecedero, por lo que en nuestras conductas sociales cotidianas obedecemos más a dichas pasiones que a nuestros propios intereses. Desde ya, una gran cuota de este odio al que aludimos es inconsciente; se encuentra oculto, implícito o en estado latente.

Pareciera, entonces, que lo enigmático no es intentar comprender por qué existe el odio y el desprecio social, sino que la pregunta del millón sería por qué habríamos de amarnos los unos a los otros. En la historia primordial de la humanidad domina, con creces, el odio y el aborrecimiento por encima de cualquier afecto tierno y amoroso. Ya desde muy pequeños la educación escolar de historia —nacional y universal— no es otra cosa que una serie de asesinatos de pueblos; al igual que el relato de las religiones tal como se las enseñamos a nuestros niños. Los viejos odios seculares se despiertan con el más mínimo pretexto entre cristianos, judíos y musulmanes. Un verdadero ciclo infernal ante el cual las Naciones Unidas lucen impotentes sea para resolverlo, sea para impedirlo.

Las cruentas guerras que arrastran tantas muertes se siguen fundamentando en el derecho de los vencedores, en el derecho de suelo, en el derecho de sangre. Los genocidios, las invasiones, las conquistas, los exterminios, las cruzadas… ¿acaso no están hablando del reinado del amor y la compasión en el mundo? El “amarás a tu prójimo” ha sido impuesto como un mandato, tal vez a sabiendas de que casi nadie iba a obedecer semejante orden. La misma fue claramente desoída por los conquistadores de nuevos mundos, por los traficantes de esclavos negros, por los mentores de terribles atentados terroristas, por los hacedores de todos los holocaustos, e incluso por los sádicos desaparecedores de personas y apropiadores de niños a lo largo y a lo ancho de nuestro país.

Citamos solamente unos pocos ejemplos para que se entienda algo de lo que estamos hablando. Insisto una vez más: ¿por qué habríamos de escandalizarnos ante la aparición del odio social en los grupos, en las instituciones y en la sociedad en general? Nuestros hijos son bombardeados desde la pantalla televisiva con imágenes de violencia, muerte, asesinatos, catástrofes, guerras, disputas, odios y rencores. Con la leche templada y en cada canción reciben, día tras día, odios personales, odios raciales, odios políticos, odios religiosos, odios sociales, odios futboleros; en fin, todo tipo de odios que no hacen más que formarlos —y deformarlos— en sus pequeñas subjetividades. Pues, ¿por qué habrán de ser individuos caracterizados por sus conductas amorosas al llegar a la adultez?

Hoy se le otorga el premio Nobel de la Paz al presidente de la nación que más matanzas por odio, crueldad, malicia y brutalidad tiene en su haber a lo largo de toda la existencia del planeta. Lo curioso es que, junto a ello, desde los ámbitos formativos del ser social se prescriben elevadas normas morales de convivencia, a las cuales todos debemos ajustar nuestras conductas para así participar de la comunidad cultural. Un discurso falseador, insincero y de mala fe pretende hacernos creer que en el mundo rigen el amor y la concordia, o que cada uno de nosotros está naturalmente constituido por los más buenos y nobles valores humanos. Incluso nuestro propio yo, golfillo las más de las veces y otras tantas simplemente canalla, tiende a pensar de un “modo lindo” acerca de nosotros mismos.

Mucha gente expresa su aversión al nazismo, al belicismo, al comunismo, al capitalismo, al socialismo, a la esclavitud, a las sectas, a las religiones, etc.; e incluso hay quienes manifiestan odiar al odio en sí. Sentimos con fuerte intensidad los muchos odios sociales de estos tiempos posmodernos y no tenemos elementos válidos para compararlos con los de otras épocas que no hemos vivido. Ahora bien, ¿quiénes se benefician con tantas expresiones de odio social, resentimiento y rencor entre hermanos, entre los distintos miembros de una misma comunidad? Sospechamos que es muy probable que tales acreedores estén principalmente entre quienes conducen cualquier agrupación, organización o institución, por aquello tan simple, tan viejo y tan conocido del divide para gobernar.

Una posible propuesta sería: si partimos de comprender que los humanos somos seres divalentes, en tanto el odio y el amor residen en nuestros corazones prácticamente desde que nacemos, tendremos que esforzarnos para que algo más de sinceridad y veracidad gobiernen los vínculos entre los miembros de cualquier grupo, institución o comunidad que integremos. No caben dudas que para conseguir tales logros será imprescindible llevar a cabo un duro trabajo, en primer término, sobre nosotros mismos: atreviéndonos a volvernos otros. De este modo, tal vez podamos allanar el camino hacia una transformación que vaya mejor por los senderos del amor, de la concordia y de la paz. Una pequeña duda: ¿acaso no estaremos pidiendo demasiado y pecando de ingenuos?

RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com