(Publicado en El Semejante - Año 7 Nro. 51 de octubre de 2008)
MODIFICACIONES AL REGIMEN DEL "TRABAJO DE MENORES"
Poco después de finalizar la última nota (ver El Semejante en su pasada edición), el Congreso de la Nación sancionó la Ley Nro. 26.390 que dispuso algunas modificaciones al régimen del Trabajo de Menores. En consecuencia, estas líneas vienen a completar la anterior publicación titulada "Los chicos de la calle y el trabajo infantil", pues la edad mínima de admisión al empleo fue elevada de 14 a 16 años de edad, exista o no relación de empleo contractual y persiga o no fines de lucro.
En un todo conteste con el concepto que hace a la Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes -que considera a estos chicos y jóvenes como sujetos activos de derechos- fue sustituida la denominación del Título VIII de la Ley de Contrato de Trabajo (Ley Nro. 20.744 - texto ordenado), quedando éste ahora redactado del siguiente modo: “De la prohibición del trabajo infantil y de la protección del trabajo adolescente” (todos los destacados me pertenecen).
Agreguemos entonces que toda ley, convenio colectivo de trabajo o cualquier otra fuente normativa que establezca una edad mínima de admisión al empleo distinta a los 16 años de edad, se considerará a ese solo efecto modificada por esta norma (sancionada a fines del mes de junio de 2008). La inspección del trabajo deberá ejercer las funciones conducentes al pleno cumplimiento, tanto de dicha prohibición de los más chicos como de la mencionada protección de los jóvenes adolescentes.
La recién sancionada Ley Nro. 26.390 establece que las personas desde los 16 años y menores de 18 años de edad pueden celebrar contratos de trabajo, necesitando la correspondiente autorización de sus padres, responsables o tutores. Tal autorización se presumirá cuando el adolescente vive independientemente de ellos. Asimismo, tienen la facultad para estar en juicio laboral en acciones vinculadas a la relación de trabajo, como también para hacerse representar por los mandatarios de ley.
Por ninguna causa pueden abonarse a estos jóvenes salarios inferiores, salvo los que resulten de las reducciones para los aprendices o para aquellos que cumplen jornadas de labor reducidas. Por ende, las tablas de salarios que se elaboren a futuro les garantizarán igualdad de retribución, cuando cumplan jornadas de trabajo o realicen tareas propias de los trabajadores mayores. Gozan, además, de un período mínimo de vacaciones anuales no inferior a quince (15) días.
Cabe acotar una importante excepción que prescribe la norma, toda vez que los mayores de 14 y menores de 16 años de edad pueden ser ocupados en empresas cuyo titular sea su padre, madre o tutor, en jornadas que no superen las tres (3) horas diarias y las quince (15) horas semanales (siempre que obligatoriamente cumplan con la asistencia escolar). A tales efectos, dicha empresa familiar deberá obtener el correspondiente permiso de la autoridad administrativa de cada jurisdicción.
Otras disposiciones relacionadas con lo hasta aquí expuesto hacen referencia al Decreto-Ley Nro. 326/56 (Personal del Servicio Doméstico) y a la Ley Nro. 22.248 (Régimen Nacional del Trabajo Agrario): no podrán ser contratadas como empleadas en el servicio doméstico las personas menores de 16 años; quedando prohibido también el empleo de esos menores en tareas agrarias (vgr. agrícolas, pecuarias, forestales, avícolas, etc.), cualquiera sea la índole de los trabajos que se pretenda asignarles.
En lo que al derecho colectivo del trabajo se refiere, también fue modificada la Ley de Asociaciones Sindicales (Ley Nro. 23.551), que defiende los intereses vinculados con las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores. En el capítulo atinente a la tutela de la libertad sindical, se dispone que los adolescentes mayores de 16 años de edad -sin necesidad de autorización- podrán afiliarse a las organizaciones gremiales representativas (y por supuesto, no afiliarse y desafiliarse).
Para concluir, digamos que todos y cada uno de los derechos y de las garantías expuestas son de carácter irrenunciable y de estricto orden público. Tal como expresáramos en la nota del mes de junio de 2006 (“Sobre los Derechos de Niños y Adolescentes”), esta Ley Nro. 26.390 del 25/6/08 constituye un eslabón más en el avance de las políticas públicas encaminadas a la defensa y a la protección de nuestros jóvenes, dada su condición de personas en pleno desarrollo.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
lunes, 28 de septiembre de 2009
046 - Los Chicos de la Calle y el Trabajo Infantil
(Publicado en El Semejante - Año 7 Nro. 50 de septiembre de 2008 y en Psicología Social para Todos: tierra y escritura del hacer, sentir y pensar - Año 3 Nro. 28 de abril de 2011)
12/6/08 – Día Mundial contra el Trabajo Infantil
LOS CHICOS DE LA CALLE Y EL TRABAJO INFANTIL
1.- Algunos Aspectos de Indole Psico-Social (*)
La familia es un grupo humano cuyos miembros están ligados entre sí por lazos de consanguinidad, por constantes de tiempo y espacio, y por vínculos afectivos y culturales. Es ese escenario donde se construyen las relaciones e intercambios básicos que condicionan en buena parte el futuro de cada persona. A partir de la articulación de sus mutuas representaciones internas, sus integrantes estructuran generalmente un estilo de vida en procura de seguridad, equilibrio y estabilidad. La Convención Americana sobre Derechos Humanos -más conocida como Pacto de San José de Costa Rica (1969)- dice: “La familia es el elemento natural y fundamental de una comunidad y debe ser protegida por la sociedad y por el Estado”.
No obstante lo antedicho, en esa articulación donde se generan los roles y funciones de padre, madre, hijo (triángulo fundante), cónyuges, hermanos, etc., las dificultades de construcción vincular suelen provocar no pocas perturbaciones. Sucesos familiares de duelo, muerte, pérdida, abandono, maltrato, abusos y vejámenes son situaciones traumáticas que, sumadas a la crítica realidad económico-social imperante, inciden de modo directo en la fisura de ese grupo primario. Desde hace años una larga y penosa crisis estructural afecta a los estratos más indefensos y vulnerables de la sociedad. Gran parte de las mujeres y de los hombres que hoy no tienen empleo se han habituado a desempeñarse en el sector informal de la economía.
Hoy nos encontramos con más de una generación de individuos sin empleo estable, por lo que cada vez se hace más difícil revertir esta verdadera cultura de trabajo diferente, representada por condiciones precarias de labor como es el caso de los cartoneros, los vendedores ambulantes, los sub-empleados, entre otras formas de marginalidad urbana que a diario podemos ver. Este cuadro propicia la temprana salida de muchos chicos a la calle, expulsándolos de su seno familiar. La pobreza y la injusticia en la distribución de la riqueza es el principal problema que los afecta. Excluidos de la vida escolar, de los centros de salud y del acceso a una vida digna, llegan a ser sostén de sus familias además de trabajadores informales.
Entre las razones que llevan al menor al abandono del hogar podemos apuntar algunas de estas causas: fallas de las funciones paterna y materna (padres ausentes o figuras parentales inestables); quiebre de la comunicación entre padres e hijos (fracturas funcionales de la familia); fisuras en las redes de la familia ampliada; padres autoritarios que ejercen un poder omnímodo; mujeres sumidas en maternidades compulsivas; progenitores alcohólicos y/o maltratadores; situaciones de abuso sexual intrafamiliar; falla de las redes solidarias vecinales; insuficiencia de las instituciones públicas y privadas, como también de la función del Estado en cuanto a su falencia como promotor y efector de políticas que protejan al niño y su familia.
Vemos a los jóvenes en situación de calle separados de su grupo familiar y haciéndose cargo de ellos mismos, portadores de una infancia madurada antes de tiempo; decididos incluso a enfrentarse y vérselas con el mundo institucional que los rechaza. Estos pibes conforman un grupo cultural con su propia logística, construida en base a la dura lucha por sobrevivir. Cabe sí distinguir entre aquellos que trabajan en la calle para procurar el sostén de sus familias, de quienes viven en la calle y pelean por su propia subsistencia, siendo sus afectos familiares inexistentes o sumamente débiles y deteriorados. Estos últimos han elegido la calle como hábitat casi siempre por situaciones de maltrato físico, psíquico, sexual, etc.
Al irse de su hogar, el menor sacrifica su desarrollo evolutivo normal (es decir, el propio de la cultura en que le tocó vivir); y va en busca de lo que cree ser una alternativa de libertad y, por qué no, en demanda de cierto reconocimiento. La calle se constituye en un lugar familiar, pero es al mismo tiempo un no lugar. Poco a poco va encontrando un grupo de pares, se incorpora a las leyes de la calle; tal vez logre formar parte de una banda o pandilla y forje así su carácter en ese mundo donde la violencia suele ser moneda corriente. Todo esto agravado por su automarginación psico-social, pese a que la mayor marginación proviene del lado de la sociedad que no le permite integrarse a ella. Aparecen claras conductas de evitación.
Los chicos de la calle conforman así un grupo socio-cultural, con su propia lógica construida en la batalla por supervivir. Surgen nuevas agrupaciones que de manera espontánea van adquiriendo formalidad. Esta es una lucha entre el "ser" y el "pertenecer"; pertenencia a otros grupos diferentes a su familia, a veces opuestos a ella, y en los cuales se es alguien. Estamos ante una cultura singular: la del niño callejero donde, por adjudicación o asunción de roles, nacen "líderes" que ofician de intérpretes entre sus códigos y los de la sociedad. La verbalización es prácticamente nula y la proyección hacia el futuro no existe. Lo primero es comer, y por comer todo vale. Es frecuente que el hambre excluya toda posible solidaridad.
Estos jóvenes de la calle se hallan en un estado de abandono activo y permanente, ya que han sido excluidos también por la escuela, las instituciones intermedias y la comunidad en su conjunto. Son segregados, estigmatizados y clasificados como peligrosos y potenciales delincuentes, ladrones, drogadictos, etc. para el bien de la sociedad. Como todo abandonado, es muy probable que roben, agredan (y se auto-agredan), sufran infortunios y accidentes reiterados, manejen dinero y tomen sus propias decisiones en materia de horarios, actividades, comidas, descansos, etc. Así, incluso pueden llegar tempranamente al delito y a la prostitución. Aunque no hay duda de que son ellos quienes padecen una violencia social descalificante.
Ha sido una lógica desde hace mucho tiempo el cuidar a la población de las posibles agresiones provenientes de estos jóvenes de la calle, como así también la eventual reclusión de los mismos. Los estudios sociales más recientes han denominado a esta situación como culpabilización de la víctima. Son acusados de contravenciones y delitos contra la propiedad o contra la libertad individual. Incluso a los niños que trabajan en la calle se les imputa el transgredir normas comerciales o de tránsito en la vía pública, cuando no se los acusa de vagancia. La víctima es, por lo tanto, culpable de lo que le sucede y el castigo es una medida de protección: se protege a la comunidad por los daños posibles que aquéllos le puedan producir.
El contexto del fenómeno es amplio puesto que incluye un problema estructural económico, social y cultural. Y a él se suma una situación de máxima desprotección, cual es el trabajo infantil. Estamos muy acostumbrados a escuchar lo paradójico que resulta que un país rico en recursos y posibilidades haya dejado a miles de sus hijos desamparados, atrapados en las garras de la miseria. Este es un emergente de nuestra sociedad fracturada. El exceso de pobreza ligado al empeoramiento de los niveles de inequidad, al aumento de las desigualdades vitales básicas, ha tensado al máximo las posibilidades de mantener el equilibrio familiar. Los niños, niñas y adolescentes trabajadores son otra de las manifestaciones de esta cruda realidad.
2.- Otras Consideraciones de Naturaleza Jurídica (**)
Veamos a continuación algunos aspectos jurídicos y legales que hacen a los derechos de estos niños "de" y "en" la calle. Para comenzar, digamos que los denominados derechos humanos en general pueden definirse como aquellos que son intrínsecos a nuestra naturaleza y sin los cuales no podemos vivir como individuos. Es decir, son los atributos que nos permitirían alcanzar un desarrollo pleno. Según la temática aquí expuesta, los derechos humanos de los jóvenes de la calle están planteados en la disyuntiva existente entre su vigencia y su atropello, entre una conducta que induce a su cumplimiento y una realidad que los inflinge. Es necesaria una política que logre dar cuenta de los aquí mencionados mecanismos de expulsión.
Resulta obvio que no alcanza con tener presente la problemática de los niños, niñas y jóvenes de la calle, sino que es indispensable el conocimiento y la promoción de sus derechos para así disminuir la injusticia que indudablemente sufren. Los estudios psicosociales sobre la institución familiar hablan de dos necesidades básicas: la necesidad de identidad, de individuación, que debe integrarse con la necesidad de cohesión y de mantenimiento de la unidad de grupo en el tiempo y en la historia. Por ende, es dable atender los derechos de estos menores de edad a su identidad como personas y, al mismo tiempo, como miembros de una comunidad con la que comparten sus intereses, sus costumbres y también sus pautas culturales.
Cuando nuestro país suscribió, en el año 1990, la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño -adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas-, se produjo un evidente cambio ideológico respecto de las políticas públicas para la niñez. El mismo consistió, entre otros aspectos, en poner punto final a la antigua doctrina que consideraba al menor como objeto de tutela por parte del Estado, avalada por un régimen de tratamiento readaptativo social de neto corte autoritario y disciplinar. Con posterioridad, a partir de la reforma del año 1994, los derechos del niño adquirieron jerarquía constitucional, fundamentalmente para enfrentar el flagelo que implica el antes referido trabajo de menores.
Trabajo infantil, pobreza, desempleo y precarización constituyen realidades que van de la mano. El censo del INDEC del año 2001 dio por resultado que cuatro de cada diez niños vivían en situaciones extremas: padre o madre ausentes, menor asistencia a la escuela, mayor tasa de repitencia, tareas en la calle y mendicididad (vgr.: cartoneros, botelleros, mendigos, limpiavidrios, abre-puertas, cuida-coches, malabaristas, acordeonistas, etc.). A todo ello debemos adicionarle otras actividades enmarcadas por la OIT como las peores formas de trabajo infantil, pues ponen en gravísimo peligro la salud psico-física de los niños, a saber: la esclavitud, la prostitución y la pornografía infantiles (convenio 182 de la Organización Internacional del Trabajo).
“La pobreza es un crimen y la infancia no espera”, dice el creador de la Fundación Pelota de Trapo. Las oportunidades vitales que no se tienen durante las primeras edades son oportunidades perdidas para siempre. La Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANNA) señala que el trabajo infantil involucra a un millón y medio de chicos menores de diecisiete (17) años de edad, acelerándose así sus procesos de maduración y acortándose consecuentemente el ciclo educativo de cada uno de ellos. Es de hacer notar que casi un sesenta por ciento (60%) de los adolescentes entre 13 y 17 años de edad que trabajan no asisten a la escuela. Veamos ahora alguna normativa específica que procura atender esta delicada realidad.
En la Argentina, desde el año 2000 funciona la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), integrada por todos los ministerios -con excepción del de Defensa- más el Episcopado, la CGT, la CTA, la UIA, la Sociedad Rural, la OIT, UNICEF y otras organizaciones no gubernamentales (ONG). De ella depende la Comisión Provincial para la Prevención y Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil (COPRETI), cuya estrategia es que los municipios sean los principales receptores del problema y que, asimismo, generen las soluciones para tan delicado tema. De ser un país en estado de prevención respecto del trabajo infantil, hemos pasado a ser un país en estado de necesidad de erradicación del trabajo infantil.
En el Pacto Federal del Trabajo (Ley Nro. 25.212), su anexo IV concluye que la principal causa del trabajo infantil es la pobreza y su consecuencia natural: la inestabilidad familiar. Esta normativa -suscripta por la Nación, las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- fija a la vez condiciones generales de política, previendo establecer y poner en ejecución una estrategia nacional destinada a prevenir y erradicar el trabajo infantil, protegiendo esencialmente a los niños y jóvenes que trabajan. Dicha actividad coordinada debe recuperar, a través de un impulso sistémico de las inspecciones del trabajo, su rol educativo, preventivo y sancionador -de ser este último necesario- en vista de la efectiva vigencia del orden público laboral.
Finalmente, apuntemos que en octubre de 2006 se publicó la Ley Nro. 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, que considera a éstos como sujetos activos de derechos. Define con precisión las respectivas responsabilidades de la Familia, de la Sociedad y del Estado en relación a sus derechos universales y especiales, dada la condición de personas en desarrollo de todos los jóvenes hasta la edad de dieciocho (18) años. Esas garantías -de carácter irrenunciable- son: el derecho a la vida, a la dignidad e integridad personal, a la identidad, a la libertad, a la igualdad, a la no discriminación, a la vida privada e intimidad familiar, a la salud, a la educación, a la seguridad social, al deporte y al juego, entre otras.
Es relevante puntualizar que los ejes de las políticas públicas que conforman las Medidas de Protección Integral pueden sintetizarse del siguiente modo: a) fortalecimiento del rol de la familia; b) descentralización de los organismos de aplicación de la ley; c) gestión asociada de los órganos de gobierno con la sociedad civil; d) promoción de redes intersectoriales; y e) constitución de organizaciones en pos de la defensa y protección de los derechos de la niñez y adolescencia. En tal sentido, fue creada la figura del Defensor de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, con su consecuente especificidad técnica y con la particularidad de ser designado no por el Poder Ejecutivo sino por el Congreso de la Nación.
Toda la normativa citada hace puntual referencia a la responsabilidad gubernamental, a la responsabilidad familiar y a la ineludible participación comunitaria imprescindible para lograr la tutela integral de los niños y jóvenes (especialmente de los más desprotegidos y abandonados). A tales efectos es necesaria la implementación de estrategias encaminadas a la formación de equipos interdisciplinarios: médicos, psicólogos, asistentes sociales, sociólogos, abogados, etc. Los Psicólogos Sociales, como agentes de cambio, podemos también concebir este espacio común para el intercambio de nuestras ideas y experiencias, como así también para la atención de las necesidades atinentes a esta grave y puntual problemática.
(*) Muchos de los conceptos vertidos en este capítulo se desprenden del texto “Los Chicos de la Calle”, de la Psicóloga Social Patricia M.Varesini.
(**) Para completar este apartado, puede verse el texto “Sobre los Derechos de Niños y Adolescentes” en mi sitio web: http://www.ronaldowright.com
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
12/6/08 – Día Mundial contra el Trabajo Infantil
LOS CHICOS DE LA CALLE Y EL TRABAJO INFANTIL
1.- Algunos Aspectos de Indole Psico-Social (*)
La familia es un grupo humano cuyos miembros están ligados entre sí por lazos de consanguinidad, por constantes de tiempo y espacio, y por vínculos afectivos y culturales. Es ese escenario donde se construyen las relaciones e intercambios básicos que condicionan en buena parte el futuro de cada persona. A partir de la articulación de sus mutuas representaciones internas, sus integrantes estructuran generalmente un estilo de vida en procura de seguridad, equilibrio y estabilidad. La Convención Americana sobre Derechos Humanos -más conocida como Pacto de San José de Costa Rica (1969)- dice: “La familia es el elemento natural y fundamental de una comunidad y debe ser protegida por la sociedad y por el Estado”.
No obstante lo antedicho, en esa articulación donde se generan los roles y funciones de padre, madre, hijo (triángulo fundante), cónyuges, hermanos, etc., las dificultades de construcción vincular suelen provocar no pocas perturbaciones. Sucesos familiares de duelo, muerte, pérdida, abandono, maltrato, abusos y vejámenes son situaciones traumáticas que, sumadas a la crítica realidad económico-social imperante, inciden de modo directo en la fisura de ese grupo primario. Desde hace años una larga y penosa crisis estructural afecta a los estratos más indefensos y vulnerables de la sociedad. Gran parte de las mujeres y de los hombres que hoy no tienen empleo se han habituado a desempeñarse en el sector informal de la economía.
Hoy nos encontramos con más de una generación de individuos sin empleo estable, por lo que cada vez se hace más difícil revertir esta verdadera cultura de trabajo diferente, representada por condiciones precarias de labor como es el caso de los cartoneros, los vendedores ambulantes, los sub-empleados, entre otras formas de marginalidad urbana que a diario podemos ver. Este cuadro propicia la temprana salida de muchos chicos a la calle, expulsándolos de su seno familiar. La pobreza y la injusticia en la distribución de la riqueza es el principal problema que los afecta. Excluidos de la vida escolar, de los centros de salud y del acceso a una vida digna, llegan a ser sostén de sus familias además de trabajadores informales.
Entre las razones que llevan al menor al abandono del hogar podemos apuntar algunas de estas causas: fallas de las funciones paterna y materna (padres ausentes o figuras parentales inestables); quiebre de la comunicación entre padres e hijos (fracturas funcionales de la familia); fisuras en las redes de la familia ampliada; padres autoritarios que ejercen un poder omnímodo; mujeres sumidas en maternidades compulsivas; progenitores alcohólicos y/o maltratadores; situaciones de abuso sexual intrafamiliar; falla de las redes solidarias vecinales; insuficiencia de las instituciones públicas y privadas, como también de la función del Estado en cuanto a su falencia como promotor y efector de políticas que protejan al niño y su familia.
Vemos a los jóvenes en situación de calle separados de su grupo familiar y haciéndose cargo de ellos mismos, portadores de una infancia madurada antes de tiempo; decididos incluso a enfrentarse y vérselas con el mundo institucional que los rechaza. Estos pibes conforman un grupo cultural con su propia logística, construida en base a la dura lucha por sobrevivir. Cabe sí distinguir entre aquellos que trabajan en la calle para procurar el sostén de sus familias, de quienes viven en la calle y pelean por su propia subsistencia, siendo sus afectos familiares inexistentes o sumamente débiles y deteriorados. Estos últimos han elegido la calle como hábitat casi siempre por situaciones de maltrato físico, psíquico, sexual, etc.
Al irse de su hogar, el menor sacrifica su desarrollo evolutivo normal (es decir, el propio de la cultura en que le tocó vivir); y va en busca de lo que cree ser una alternativa de libertad y, por qué no, en demanda de cierto reconocimiento. La calle se constituye en un lugar familiar, pero es al mismo tiempo un no lugar. Poco a poco va encontrando un grupo de pares, se incorpora a las leyes de la calle; tal vez logre formar parte de una banda o pandilla y forje así su carácter en ese mundo donde la violencia suele ser moneda corriente. Todo esto agravado por su automarginación psico-social, pese a que la mayor marginación proviene del lado de la sociedad que no le permite integrarse a ella. Aparecen claras conductas de evitación.
Los chicos de la calle conforman así un grupo socio-cultural, con su propia lógica construida en la batalla por supervivir. Surgen nuevas agrupaciones que de manera espontánea van adquiriendo formalidad. Esta es una lucha entre el "ser" y el "pertenecer"; pertenencia a otros grupos diferentes a su familia, a veces opuestos a ella, y en los cuales se es alguien. Estamos ante una cultura singular: la del niño callejero donde, por adjudicación o asunción de roles, nacen "líderes" que ofician de intérpretes entre sus códigos y los de la sociedad. La verbalización es prácticamente nula y la proyección hacia el futuro no existe. Lo primero es comer, y por comer todo vale. Es frecuente que el hambre excluya toda posible solidaridad.
Estos jóvenes de la calle se hallan en un estado de abandono activo y permanente, ya que han sido excluidos también por la escuela, las instituciones intermedias y la comunidad en su conjunto. Son segregados, estigmatizados y clasificados como peligrosos y potenciales delincuentes, ladrones, drogadictos, etc. para el bien de la sociedad. Como todo abandonado, es muy probable que roben, agredan (y se auto-agredan), sufran infortunios y accidentes reiterados, manejen dinero y tomen sus propias decisiones en materia de horarios, actividades, comidas, descansos, etc. Así, incluso pueden llegar tempranamente al delito y a la prostitución. Aunque no hay duda de que son ellos quienes padecen una violencia social descalificante.
Ha sido una lógica desde hace mucho tiempo el cuidar a la población de las posibles agresiones provenientes de estos jóvenes de la calle, como así también la eventual reclusión de los mismos. Los estudios sociales más recientes han denominado a esta situación como culpabilización de la víctima. Son acusados de contravenciones y delitos contra la propiedad o contra la libertad individual. Incluso a los niños que trabajan en la calle se les imputa el transgredir normas comerciales o de tránsito en la vía pública, cuando no se los acusa de vagancia. La víctima es, por lo tanto, culpable de lo que le sucede y el castigo es una medida de protección: se protege a la comunidad por los daños posibles que aquéllos le puedan producir.
El contexto del fenómeno es amplio puesto que incluye un problema estructural económico, social y cultural. Y a él se suma una situación de máxima desprotección, cual es el trabajo infantil. Estamos muy acostumbrados a escuchar lo paradójico que resulta que un país rico en recursos y posibilidades haya dejado a miles de sus hijos desamparados, atrapados en las garras de la miseria. Este es un emergente de nuestra sociedad fracturada. El exceso de pobreza ligado al empeoramiento de los niveles de inequidad, al aumento de las desigualdades vitales básicas, ha tensado al máximo las posibilidades de mantener el equilibrio familiar. Los niños, niñas y adolescentes trabajadores son otra de las manifestaciones de esta cruda realidad.
2.- Otras Consideraciones de Naturaleza Jurídica (**)
Veamos a continuación algunos aspectos jurídicos y legales que hacen a los derechos de estos niños "de" y "en" la calle. Para comenzar, digamos que los denominados derechos humanos en general pueden definirse como aquellos que son intrínsecos a nuestra naturaleza y sin los cuales no podemos vivir como individuos. Es decir, son los atributos que nos permitirían alcanzar un desarrollo pleno. Según la temática aquí expuesta, los derechos humanos de los jóvenes de la calle están planteados en la disyuntiva existente entre su vigencia y su atropello, entre una conducta que induce a su cumplimiento y una realidad que los inflinge. Es necesaria una política que logre dar cuenta de los aquí mencionados mecanismos de expulsión.
Resulta obvio que no alcanza con tener presente la problemática de los niños, niñas y jóvenes de la calle, sino que es indispensable el conocimiento y la promoción de sus derechos para así disminuir la injusticia que indudablemente sufren. Los estudios psicosociales sobre la institución familiar hablan de dos necesidades básicas: la necesidad de identidad, de individuación, que debe integrarse con la necesidad de cohesión y de mantenimiento de la unidad de grupo en el tiempo y en la historia. Por ende, es dable atender los derechos de estos menores de edad a su identidad como personas y, al mismo tiempo, como miembros de una comunidad con la que comparten sus intereses, sus costumbres y también sus pautas culturales.
Cuando nuestro país suscribió, en el año 1990, la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño -adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas-, se produjo un evidente cambio ideológico respecto de las políticas públicas para la niñez. El mismo consistió, entre otros aspectos, en poner punto final a la antigua doctrina que consideraba al menor como objeto de tutela por parte del Estado, avalada por un régimen de tratamiento readaptativo social de neto corte autoritario y disciplinar. Con posterioridad, a partir de la reforma del año 1994, los derechos del niño adquirieron jerarquía constitucional, fundamentalmente para enfrentar el flagelo que implica el antes referido trabajo de menores.
Trabajo infantil, pobreza, desempleo y precarización constituyen realidades que van de la mano. El censo del INDEC del año 2001 dio por resultado que cuatro de cada diez niños vivían en situaciones extremas: padre o madre ausentes, menor asistencia a la escuela, mayor tasa de repitencia, tareas en la calle y mendicididad (vgr.: cartoneros, botelleros, mendigos, limpiavidrios, abre-puertas, cuida-coches, malabaristas, acordeonistas, etc.). A todo ello debemos adicionarle otras actividades enmarcadas por la OIT como las peores formas de trabajo infantil, pues ponen en gravísimo peligro la salud psico-física de los niños, a saber: la esclavitud, la prostitución y la pornografía infantiles (convenio 182 de la Organización Internacional del Trabajo).
“La pobreza es un crimen y la infancia no espera”, dice el creador de la Fundación Pelota de Trapo. Las oportunidades vitales que no se tienen durante las primeras edades son oportunidades perdidas para siempre. La Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANNA) señala que el trabajo infantil involucra a un millón y medio de chicos menores de diecisiete (17) años de edad, acelerándose así sus procesos de maduración y acortándose consecuentemente el ciclo educativo de cada uno de ellos. Es de hacer notar que casi un sesenta por ciento (60%) de los adolescentes entre 13 y 17 años de edad que trabajan no asisten a la escuela. Veamos ahora alguna normativa específica que procura atender esta delicada realidad.
En la Argentina, desde el año 2000 funciona la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), integrada por todos los ministerios -con excepción del de Defensa- más el Episcopado, la CGT, la CTA, la UIA, la Sociedad Rural, la OIT, UNICEF y otras organizaciones no gubernamentales (ONG). De ella depende la Comisión Provincial para la Prevención y Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil (COPRETI), cuya estrategia es que los municipios sean los principales receptores del problema y que, asimismo, generen las soluciones para tan delicado tema. De ser un país en estado de prevención respecto del trabajo infantil, hemos pasado a ser un país en estado de necesidad de erradicación del trabajo infantil.
En el Pacto Federal del Trabajo (Ley Nro. 25.212), su anexo IV concluye que la principal causa del trabajo infantil es la pobreza y su consecuencia natural: la inestabilidad familiar. Esta normativa -suscripta por la Nación, las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- fija a la vez condiciones generales de política, previendo establecer y poner en ejecución una estrategia nacional destinada a prevenir y erradicar el trabajo infantil, protegiendo esencialmente a los niños y jóvenes que trabajan. Dicha actividad coordinada debe recuperar, a través de un impulso sistémico de las inspecciones del trabajo, su rol educativo, preventivo y sancionador -de ser este último necesario- en vista de la efectiva vigencia del orden público laboral.
Finalmente, apuntemos que en octubre de 2006 se publicó la Ley Nro. 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, que considera a éstos como sujetos activos de derechos. Define con precisión las respectivas responsabilidades de la Familia, de la Sociedad y del Estado en relación a sus derechos universales y especiales, dada la condición de personas en desarrollo de todos los jóvenes hasta la edad de dieciocho (18) años. Esas garantías -de carácter irrenunciable- son: el derecho a la vida, a la dignidad e integridad personal, a la identidad, a la libertad, a la igualdad, a la no discriminación, a la vida privada e intimidad familiar, a la salud, a la educación, a la seguridad social, al deporte y al juego, entre otras.
Es relevante puntualizar que los ejes de las políticas públicas que conforman las Medidas de Protección Integral pueden sintetizarse del siguiente modo: a) fortalecimiento del rol de la familia; b) descentralización de los organismos de aplicación de la ley; c) gestión asociada de los órganos de gobierno con la sociedad civil; d) promoción de redes intersectoriales; y e) constitución de organizaciones en pos de la defensa y protección de los derechos de la niñez y adolescencia. En tal sentido, fue creada la figura del Defensor de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, con su consecuente especificidad técnica y con la particularidad de ser designado no por el Poder Ejecutivo sino por el Congreso de la Nación.
Toda la normativa citada hace puntual referencia a la responsabilidad gubernamental, a la responsabilidad familiar y a la ineludible participación comunitaria imprescindible para lograr la tutela integral de los niños y jóvenes (especialmente de los más desprotegidos y abandonados). A tales efectos es necesaria la implementación de estrategias encaminadas a la formación de equipos interdisciplinarios: médicos, psicólogos, asistentes sociales, sociólogos, abogados, etc. Los Psicólogos Sociales, como agentes de cambio, podemos también concebir este espacio común para el intercambio de nuestras ideas y experiencias, como así también para la atención de las necesidades atinentes a esta grave y puntual problemática.
(*) Muchos de los conceptos vertidos en este capítulo se desprenden del texto “Los Chicos de la Calle”, de la Psicóloga Social Patricia M.Varesini.
(**) Para completar este apartado, puede verse el texto “Sobre los Derechos de Niños y Adolescentes” en mi sitio web: http://www.ronaldowright.com
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
045 - Décimo Aniversario de "Campo Grupal"
(Publicado en Campo Grupal - Año 11 Nro. 102 de julio de 2008)
DECIMO ANIVERSARIO DE "CAMPO GRUPAL"
¡¡Felicitaciones!! Parece increíble que ya ¡¡hayamos ganado!! diez años desde que salió la primera edición de Campo Grupal. Lo recuerdo como si fuese ¡¡¡hace una década nada más!!!
En aquel entonces, Román Mazzilli era coordinador del grupo que yo integraba… y allí -en un grupo- tuve la grata noticia del nacimiento de este hijo ¿o hija? que se daba a luz.
Desde ahí en más me convertí en uno de sus lectores, como también en algunas oportunidades envié unas pocas palabras-ideas que fueron publicadas por el periódico.
Pues, ante esta propuesta de acercar un comentario sobre la revista -en la celebración de su primer decenio- deseo agradecer estas 102 ediciones y el espacio abierto a la expresión de algunos textos propios.
A Román alguna vez personalmente le pude dar estas ¡¡¡Muchas Gracias!!! Aprovecho para hacer lo propio esta vez con Campo Grupal.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
DECIMO ANIVERSARIO DE "CAMPO GRUPAL"
¡¡Felicitaciones!! Parece increíble que ya ¡¡hayamos ganado!! diez años desde que salió la primera edición de Campo Grupal. Lo recuerdo como si fuese ¡¡¡hace una década nada más!!!
En aquel entonces, Román Mazzilli era coordinador del grupo que yo integraba… y allí -en un grupo- tuve la grata noticia del nacimiento de este hijo ¿o hija? que se daba a luz.
Desde ahí en más me convertí en uno de sus lectores, como también en algunas oportunidades envié unas pocas palabras-ideas que fueron publicadas por el periódico.
Pues, ante esta propuesta de acercar un comentario sobre la revista -en la celebración de su primer decenio- deseo agradecer estas 102 ediciones y el espacio abierto a la expresión de algunos textos propios.
A Román alguna vez personalmente le pude dar estas ¡¡¡Muchas Gracias!!! Aprovecho para hacer lo propio esta vez con Campo Grupal.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
044 - Ricardo Barreda y su ¿Club de Fans?
(Publicado en El Semejante – Año 7 Nro. 48 de junio de 2008)
RICARDO BARREDA Y SU ¿CLUB DE FANS?
Hace pocos días fui consultado por el periodista Facundo Falduto, redactor de Perfil.com, sobre el caso del ya ¿famoso? condenado Ricardo Barreda, en relación a que varios blogs aparecen celebrando la reciente prisión domiciliaria que al odontólogo le fue concedida por la Justicia argentina. Es más, desde esas páginas de internet lo felicitan, piden un libro sobre su vida y hasta le escriben canciones. La nota publicada, que lleva por título “Barreda tiene su club de fanáticos en internet” (sección "Sociedad" del 2/6/08), se pregunta acerca de qué les sucede a estos bloggers que en apariencia admiran al dentista oportunamente encarcelado por homicidio múltiple. ¿Qué pude observar al recorrer algunos de los aludidos sitios en la web?
En primer lugar, llamó rápidamente mi atención que el lenguaje utilizado era propio de los jóvenes, de los pibes. Así, el blog Free Barreda!!! consulta si les parece bien que salga de la cárcel este autor de cuatro asesinatos (su esposa, su suegra y sus dos hijas). “¡A mi me parece geniaaaaal!”, contesta uno. Otros dicen “¡Aguante Barreda, conchita viejo y peludo!”, “Conchita te mete un bombazo de una shotgun”. Resultan ser comentarios teñidos de cierta trasgresión habitual en los adolescentes: “¡ya van a salir las remeras!” con la imagen de su rostro (¿acaso emulando a El Che?). Pareciera que varios de los apologistas se escudan tanto en el anonimato como en el humor para poder expresarse de tal manera. Desde la broma, ¿todo se puede decir?
La mayoría de estas declaraciones de apoyo están expresadas desde el humor ¿acaso negro? Digamos que el chiste suele representar una rebelión contra la autoridad, una liberación del yugo de la misma. Y precisamente estos bloggers son jóvenes que, además de comunicarse entre ellos, consiguen así una aportación adicional de placer. En la chanza siempre aparece la satisfacción de haber realizado lo que la crítica prohíbe. La caricatura, la parodia y la exageración crean el disparate cómico. Y estas bromas -tal vez obscenas- permiten incluso vislumbrar una oculta tendencia a la exhibición. Precisamente dice otro comentario sobre Ricky Barreda: “ese dark side que todos tenemos en el fondo de nuestras almas, bien tapadito, reprimido”.
La nota de Perfil.com hace referencia al constante hostigamiento familiar que el odontólogo decía padecer, según sostiene “El Desalmadero”. Hay mucha pulsión de muerte y de destrucción dando vueltas en varios de estos comentarios. ¿Thanatos dice presente cuando surgen seguidores por haber “¡perdigonado a la suegra!”? Bastante llama la atención que se lo condene más severamente por haber asesinado a las hijas, pero en relación a su esposa y a su suegra se despliega una cierta exaltación juvenil. “¡La suegra siempre mereció morir!”, dicen unos; y otros replican: “¿y el placer de matarlas, quién te lo quita?”. ¿A qué se debe tanta admiración anónima? ¿Quienes así se expresan se sentirán identificados con ese maltrato cotidiano?
En los sitios que pude visitar también aparecen menciones a los trágicos años de la última dictadura militar (que obviamente estos adolescentes no vivieron ni sufrieron en carne propia). Puede leerse: “Hay tipos de la dictadura sueltos por ahí y Ricky recién sale”. “Si Videla puede estar con arresto domiciliario, cualquiera puede estarlo”. Hay quienes propician en tono humorístico la creación del “Movimiento Nacional de Liberación "Free Barreda": ¡¡¡por una conchita libre y soberana!!!”. Lo siniestro suele estar íntimamente emparentado con lo atemorizante y amedrentador. Por allí más seriamente alguien dice: “No entiendo la liviandad de algunos comentarios, aunque es cierto que el soporte on line da cierta impunidad para escribir”.
Otro dato de interés resulta ser la juvenil proposición de llevar este tema al espectáculo. Hay quienes sostienen que hay que ponerle ahora cámaras en su actual casa “tipo Gran Hermano”, o hacer un reality con la vida de Barreda, o que sumen al odontólogo a “Bailando por un Sueño”. Decía yo en la nota publicada en El Semejante de febrero de este año, que la “realidad” es presentada por la pantalla chica como un mero objeto de contemplación. La vida cotidiana aparece en nuestra T.V. como una inmensa acumulación de espectáculos, por lo que hoy podemos ver cualquier cosa sin inmutarnos. ¿Acaso estos conceptos no se corresponden en algo con las citadas ideas que los adolescentes proponen en los blogs que entre ellos circulan?
También leo: “Se quedó enroscado en un vínculo enfermo”. “Este hombre ya tenía un punto de su personalidad saltado, parece un psicópata suelto”. ¿Es Barreda nada más que el emergentede una familia enferma? Su conducta desviada pudo ser la resultante de la interacción familiar, de la forma alienizante de relacionarse entre los miembros de ese grupo primario. Decía Enrique Pichon-Rivière que el sujeto que enloquece es el portavoz de las dificultades de su entorno familiar. ¿Por qué el dentista puso fin a ese goce coagulado que habitaba en su hogar? Será en el rearmado de la historia personal y familiar donde pueda ubicarse la trascendencia de los múltiples factores traumáticos que finalmente desencadenaron semejante tragedia.
En fin, estas breves consideraciones desde ya no pretenden agotar una cuestión tan delicada. Es más, hasta la consulta periodística que al principio cito ni había reparado yo en el contenido de estos blogs de adolescentes. Concluye el redactor de Perfil.com: acaso internet sea apenas el reflejo de lo que muchos, enfermizamente o no, manifiestan sólo en privado, cuando pocos escuchan. Esperemos que la parodia San Barreda -que aparece en un fotolog- pase pronto al olvido y que estos jóvenes puedan intercambiar entre sí comentarios de otro nivel, con contenidos que aporten a sus respectivos crecimientos personales y por qué no grupales. Que puedan construir convivencialidad desde un pensar, un sentir y un hacer más pleno.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
RICARDO BARREDA Y SU ¿CLUB DE FANS?
Hace pocos días fui consultado por el periodista Facundo Falduto, redactor de Perfil.com, sobre el caso del ya ¿famoso? condenado Ricardo Barreda, en relación a que varios blogs aparecen celebrando la reciente prisión domiciliaria que al odontólogo le fue concedida por la Justicia argentina. Es más, desde esas páginas de internet lo felicitan, piden un libro sobre su vida y hasta le escriben canciones. La nota publicada, que lleva por título “Barreda tiene su club de fanáticos en internet” (sección "Sociedad" del 2/6/08), se pregunta acerca de qué les sucede a estos bloggers que en apariencia admiran al dentista oportunamente encarcelado por homicidio múltiple. ¿Qué pude observar al recorrer algunos de los aludidos sitios en la web?
En primer lugar, llamó rápidamente mi atención que el lenguaje utilizado era propio de los jóvenes, de los pibes. Así, el blog Free Barreda!!! consulta si les parece bien que salga de la cárcel este autor de cuatro asesinatos (su esposa, su suegra y sus dos hijas). “¡A mi me parece geniaaaaal!”, contesta uno. Otros dicen “¡Aguante Barreda, conchita viejo y peludo!”, “Conchita te mete un bombazo de una shotgun”. Resultan ser comentarios teñidos de cierta trasgresión habitual en los adolescentes: “¡ya van a salir las remeras!” con la imagen de su rostro (¿acaso emulando a El Che?). Pareciera que varios de los apologistas se escudan tanto en el anonimato como en el humor para poder expresarse de tal manera. Desde la broma, ¿todo se puede decir?
La mayoría de estas declaraciones de apoyo están expresadas desde el humor ¿acaso negro? Digamos que el chiste suele representar una rebelión contra la autoridad, una liberación del yugo de la misma. Y precisamente estos bloggers son jóvenes que, además de comunicarse entre ellos, consiguen así una aportación adicional de placer. En la chanza siempre aparece la satisfacción de haber realizado lo que la crítica prohíbe. La caricatura, la parodia y la exageración crean el disparate cómico. Y estas bromas -tal vez obscenas- permiten incluso vislumbrar una oculta tendencia a la exhibición. Precisamente dice otro comentario sobre Ricky Barreda: “ese dark side que todos tenemos en el fondo de nuestras almas, bien tapadito, reprimido”.
La nota de Perfil.com hace referencia al constante hostigamiento familiar que el odontólogo decía padecer, según sostiene “El Desalmadero”. Hay mucha pulsión de muerte y de destrucción dando vueltas en varios de estos comentarios. ¿Thanatos dice presente cuando surgen seguidores por haber “¡perdigonado a la suegra!”? Bastante llama la atención que se lo condene más severamente por haber asesinado a las hijas, pero en relación a su esposa y a su suegra se despliega una cierta exaltación juvenil. “¡La suegra siempre mereció morir!”, dicen unos; y otros replican: “¿y el placer de matarlas, quién te lo quita?”. ¿A qué se debe tanta admiración anónima? ¿Quienes así se expresan se sentirán identificados con ese maltrato cotidiano?
En los sitios que pude visitar también aparecen menciones a los trágicos años de la última dictadura militar (que obviamente estos adolescentes no vivieron ni sufrieron en carne propia). Puede leerse: “Hay tipos de la dictadura sueltos por ahí y Ricky recién sale”. “Si Videla puede estar con arresto domiciliario, cualquiera puede estarlo”. Hay quienes propician en tono humorístico la creación del “Movimiento Nacional de Liberación "Free Barreda": ¡¡¡por una conchita libre y soberana!!!”. Lo siniestro suele estar íntimamente emparentado con lo atemorizante y amedrentador. Por allí más seriamente alguien dice: “No entiendo la liviandad de algunos comentarios, aunque es cierto que el soporte on line da cierta impunidad para escribir”.
Otro dato de interés resulta ser la juvenil proposición de llevar este tema al espectáculo. Hay quienes sostienen que hay que ponerle ahora cámaras en su actual casa “tipo Gran Hermano”, o hacer un reality con la vida de Barreda, o que sumen al odontólogo a “Bailando por un Sueño”. Decía yo en la nota publicada en El Semejante de febrero de este año, que la “realidad” es presentada por la pantalla chica como un mero objeto de contemplación. La vida cotidiana aparece en nuestra T.V. como una inmensa acumulación de espectáculos, por lo que hoy podemos ver cualquier cosa sin inmutarnos. ¿Acaso estos conceptos no se corresponden en algo con las citadas ideas que los adolescentes proponen en los blogs que entre ellos circulan?
También leo: “Se quedó enroscado en un vínculo enfermo”. “Este hombre ya tenía un punto de su personalidad saltado, parece un psicópata suelto”. ¿Es Barreda nada más que el emergente
En fin, estas breves consideraciones desde ya no pretenden agotar una cuestión tan delicada. Es más, hasta la consulta periodística que al principio cito ni había reparado yo en el contenido de estos blogs de adolescentes. Concluye el redactor de Perfil.com: acaso internet sea apenas el reflejo de lo que muchos, enfermizamente o no, manifiestan sólo en privado, cuando pocos escuchan. Esperemos que la parodia San Barreda -que aparece en un fotolog- pase pronto al olvido y que estos jóvenes puedan intercambiar entre sí comentarios de otro nivel, con contenidos que aporten a sus respectivos crecimientos personales y por qué no grupales. Que puedan construir convivencialidad desde un pensar, un sentir y un hacer más pleno.
043 - Psicología Social: la Palabra en los Grupos
(Publicado en Campo Grupal – Año 10 Nro. 101 de junio de 2008; en Psicología Social... Emergentes con fecha 10/6/2008; en La Silla del Coordinador con fecha 25/1/2013; en 1968 Grupalista - Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 29/11/2014 y en A.P.S.R.A. - Contenidos Teóricos con fecha 31/3/2016)
PSICOLOGIA SOCIAL: LA PALABRA EN LOS GRUPOS
No somos hombres y no nos tenemos los unos a los otros sino por la palabra (Montaigne)
Enrique Pichon-Rivière, el padre de la Psicología Social Argentina, expresó alguna vez que ya desde la infancia su pretensión era saber qué hay detrás de lo dicho. Tempranamente había advertido que las palabras, en-lo-que-se dice, en-lo-que-se escucha, avanzan a través de una espesa selva entre lo manifiesto y lo latente, entre lo explícito y lo implícito, entre lo consciente y lo inconsciente. Así, en toda intervención psicosocial, cortando el sentido, las palabras se abren a la polisemia con nuevos significados para un mismo significante. Ello debido a la multivocidad de los vocablos; originando los intercambios de discursos co(n)fusiones inevitables. Toda experiencia no es solamente lo vivido, sino la reflexión y el sentir que de eso vivido nos hace letra.
Todo es una cuestión de nombres y sin nombres nuestro existir sería la extrañeza perpetua. Adviértase que antes de nacer ya somos nombrados. El cachorro humano resulta comprometido con las palabras del Otro, que lo fundan en su singularidad. Nuestro estilo, cada estilo propio, es justamente ese efecto primero y, de allí, nada menos que la enorme influencia que ejerce en la constitución de nuestro cuerpo -y de nuestra psiquis- la primera mujer en la vida de cada ser hablante: su madre. La lengua se llama materna porque nos llega desde ese otro primordial. Su escucha nos trae la noción de ritmo, de trama; es una organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. Pues, entonces, hablaremos aquí del sujeto del inconsciente, ese que deja hablar al hablante-ser o parlêtre.
Ningún individuo puede ser entendido solamente en términos de sí mismo, como ser aislado. Cada ser humano se define como el anudamiento particular de una compleja trama de vínculos y circunstancias en las que se halla inmerso, y que constituye el campo ineludible de sus desafíos y de sus decisiones. La pertinencia de nuestra disciplina -la Psicología Social- se encuentra precisamente en ocuparse de los sujetos interrelacionados, entre otros aspectos, a través del lenguaje y la palabra. Nunca hay hechos ni palabras aisladas, sino que siempre forman parte de un conjunto de relaciones constituyentes. Esos modos de uso del discurso son los que en cada familia, en cada ser hablante y en cada grupo de personas podemos denominar con el término: lalengua.
Sabemos que el lenguaje es una adquisición relativamente reciente en el desarrollo de nuestra especie y que nos ha diferenciado del resto de los habitantes del mundo animal. Comenzó con la comunicación simbólica, superando el intercambio de signos. Hoy la palabra es productora de vínculos y saberes que nos ayudan algo -no todo- a entender quiénes somos. Y es desde estas bases que nos instalamos en el mundo exterior e interior (grupo externo y grupo interno, según nuestra específica terminología psicosocial). Aunque digamos además que, en el uso de esas palabras que nos habitan, somos decididamente contradictorios, antinómicos, paradojales, dicotómicos, ambiguos, ambivalentes… y que, aceptarnos y reconocernos así, en principio no es poca cosa.
¿Cómo transitan las palabras en los grupos? En los grupos donde operan los Psicólogos Sociales las palabras van y vienen, casi como sabiendo que la acción humana por excelencia es precisamente la palabra. La comunicación -verbal y preverbal- aparece llena de malentendidos y de malentendientes. Surge esa misteriosa síntesis entre la guerra y la fiesta: un enfrentamiento de fuerzas donde una parte pugna por la ruptura de los estereotipos, por dar cabida a nuevos discursos instituyentes como también a cambios, aperturas, multiplicidades. Y otra parte, procura inclinar la balanza hacia la resistencia al cambio, hacia la repetición y el estancamiento de los modos del pensar, del sentir y del hacer. Guerra simbólica y guerra lúdica que acompaña a todo proceso grupal.
Pues, entonces, en el intercambio grupal nos encontraremos con múltiples modos de expresión: vgr. los del líder, los del portavoz, los del saboteador, los del chivo expiatorio y, por qué no, incluso los del silente (ya que hasta en el silencio habla la palabra negada). En dicho dispositivo se podrá, entonces, jugar con las palabras. Leer lo que se dice como si estuviera escrito sobre el paño de una bandera flameando: de tal forma que un integrante podrá ver algunas letras mientras que los demás, según ese movimiento ondulante, leerán otras palabras muchas veces muy distintas comparándolas entre sí. Lo que cada uno expresa se termina de decir, no de modo idéntico, en las orejas del resto de los otros miembros del grupo y conforme a sus propias historias singulares.
No solamente la aludida disyunción sucede del modo antes indicado, sino también dentro del discurso particular y personal de cada uno de los miembros que integran el grupo. Cuando hablamos, ¿quién dice? El acto de la enunciación se produce también desde una posición inconsciente, por lo que el yo que enuncia no es el mismo que el yo del enunciado. Precisamente, el enunciado se genera en el lugar de la “verdad”. Esta división acaba con la ilusión de un individuo idéntico a sí mismo en todas sus expresiones. La enunciación es el decir, que nunca queda en el dicho, mostrándonos la experiencia de lo grupal estas divisiones con bastante frecuencia. La palabra en sí misma se mantiene oculta las más de las veces porque su propia apariencia es el ocultamiento.
El proceso grupal es también un lugar en el que la realidad humana puede ser auténticamente recreada, puesto que es en este tipo particular de dispositivo que una persona puede ser escuchada de modo tal que le permita restablecer el hilo de su historia, volviendo así más legible el texto de ésta. Junto a la palabra circula el deseo. Nuestros deseos buscan primero pasar al lenguaje más que a la realidad. El deseo pasa por el lenguaje, se teje en las palabras y se viste con significantes, los que fluyen entre los miembros de un grupo. Es el grupo mismo el que ayuda al sujeto a reconocer sus deseos a fin de que pueda obtener consecuencias en su existencia. Y cuando podemos satisfacer un poco de esos deseos, indudablemente la vida resulta más agradable y más apacible.
En los grupos tampoco faltan las denominadas conjugaciones egológicas, así llamadas porque siguen la lógica del ego. Son aquellas descripciones de un hecho similar que solemos conjugar con elogiosa benevolencia cuando se refieren a uno mismo, con desconfiada distancia cuando son atribuidas a nuestro interlocutor y con agraviante rechazo cuando apuntan a una tercera persona. Representan valoraciones gradualmente distintas acerca de una misma cosa, que atraviesan constantemente los discursos de nuestra vida cotidiana. Algo así como decir: “yo soy muy prudente”, “vos nunca te arriesgas” y “él es decididamente un cobarde”. O también: “yo mantengo firmes mis convicciones”, “vos sos muy obstinado” y “él es más terco que una mula”.
Para concluir, digamos que las palabras que circulan en todo grupo resultan insuficientes para expresar lo que pensamos y lo que sentimos. Muchas veces creemos tener la última” palabra; otras sentimos que tenemos que comernos las palabras y, otras más, empleamos palabras fuertes o duras. Cuando nuestras emociones son intensas y profundas, o van envueltas en cierta bruma interior, solemos quedarnos sin palabras. Siempre es bueno entender que nuestras palabras nos son habladas en minúscula, como así también las pronunciamos desde nuestra pequeña estatura humana. Alguna vez leí que las palabras que decimos son menos de lo que pensamos; lo que pensamos es menos de lo que sabemos; lo que sabemos es menos de lo que amamos; y lo que amamos es menos de lo que existe.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
PSICOLOGIA SOCIAL: LA PALABRA EN LOS GRUPOS
No somos hombres y no nos tenemos los unos a los otros sino por la palabra (Montaigne)
Enrique Pichon-Rivière, el padre de la Psicología Social Argentina, expresó alguna vez que ya desde la infancia su pretensión era saber qué hay detrás de lo dicho. Tempranamente había advertido que las palabras, en-lo-que-se dice, en-lo-que-se escucha, avanzan a través de una espesa selva entre lo manifiesto y lo latente, entre lo explícito y lo implícito, entre lo consciente y lo inconsciente. Así, en toda intervención psicosocial, cortando el sentido, las palabras se abren a la polisemia con nuevos significados para un mismo significante. Ello debido a la multivocidad de los vocablos; originando los intercambios de discursos co(n)fusiones inevitables. Toda experiencia no es solamente lo vivido, sino la reflexión y el sentir que de eso vivido nos hace letra.
Todo es una cuestión de nombres y sin nombres nuestro existir sería la extrañeza perpetua. Adviértase que antes de nacer ya somos nombrados. El cachorro humano resulta comprometido con las palabras del Otro, que lo fundan en su singularidad. Nuestro estilo, cada estilo propio, es justamente ese efecto primero y, de allí, nada menos que la enorme influencia que ejerce en la constitución de nuestro cuerpo -y de nuestra psiquis- la primera mujer en la vida de cada ser hablante: su madre. La lengua se llama materna porque nos llega desde ese otro primordial. Su escucha nos trae la noción de ritmo, de trama; es una organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. Pues, entonces, hablaremos aquí del sujeto del inconsciente, ese que deja hablar al hablante-ser o parlêtre.
Ningún individuo puede ser entendido solamente en términos de sí mismo, como ser aislado. Cada ser humano se define como el anudamiento particular de una compleja trama de vínculos y circunstancias en las que se halla inmerso, y que constituye el campo ineludible de sus desafíos y de sus decisiones. La pertinencia de nuestra disciplina -la Psicología Social- se encuentra precisamente en ocuparse de los sujetos interrelacionados, entre otros aspectos, a través del lenguaje y la palabra. Nunca hay hechos ni palabras aisladas, sino que siempre forman parte de un conjunto de relaciones constituyentes. Esos modos de uso del discurso son los que en cada familia, en cada ser hablante y en cada grupo de personas podemos denominar con el término: lalengua.
Sabemos que el lenguaje es una adquisición relativamente reciente en el desarrollo de nuestra especie y que nos ha diferenciado del resto de los habitantes del mundo animal. Comenzó con la comunicación simbólica, superando el intercambio de signos. Hoy la palabra es productora de vínculos y saberes que nos ayudan algo -no todo- a entender quiénes somos. Y es desde estas bases que nos instalamos en el mundo exterior e interior (grupo externo y grupo interno, según nuestra específica terminología psicosocial). Aunque digamos además que, en el uso de esas palabras que nos habitan, somos decididamente contradictorios, antinómicos, paradojales, dicotómicos, ambiguos, ambivalentes… y que, aceptarnos y reconocernos así, en principio no es poca cosa.
¿Cómo transitan las palabras en los grupos? En los grupos donde operan los Psicólogos Sociales las palabras van y vienen, casi como sabiendo que la acción humana por excelencia es precisamente la palabra. La comunicación -verbal y preverbal- aparece llena de malentendidos y de malentendientes. Surge esa misteriosa síntesis entre la guerra y la fiesta: un enfrentamiento de fuerzas donde una parte pugna por la ruptura de los estereotipos, por dar cabida a nuevos discursos instituyentes como también a cambios, aperturas, multiplicidades. Y otra parte, procura inclinar la balanza hacia la resistencia al cambio, hacia la repetición y el estancamiento de los modos del pensar, del sentir y del hacer. Guerra simbólica y guerra lúdica que acompaña a todo proceso grupal.
Pues, entonces, en el intercambio grupal nos encontraremos con múltiples modos de expresión: vgr. los del líder, los del portavoz, los del saboteador, los del chivo expiatorio y, por qué no, incluso los del silente (ya que hasta en el silencio habla la palabra negada). En dicho dispositivo se podrá, entonces, jugar con las palabras. Leer lo que se dice como si estuviera escrito sobre el paño de una bandera flameando: de tal forma que un integrante podrá ver algunas letras mientras que los demás, según ese movimiento ondulante, leerán otras palabras muchas veces muy distintas comparándolas entre sí. Lo que cada uno expresa se termina de decir, no de modo idéntico, en las orejas del resto de los otros miembros del grupo y conforme a sus propias historias singulares.
No solamente la aludida disyunción sucede del modo antes indicado, sino también dentro del discurso particular y personal de cada uno de los miembros que integran el grupo. Cuando hablamos, ¿quién dice? El acto de la enunciación se produce también desde una posición inconsciente, por lo que el yo que enuncia no es el mismo que el yo del enunciado. Precisamente, el enunciado se genera en el lugar de la “verdad”. Esta división acaba con la ilusión de un individuo idéntico a sí mismo en todas sus expresiones. La enunciación es el decir, que nunca queda en el dicho, mostrándonos la experiencia de lo grupal estas divisiones con bastante frecuencia. La palabra en sí misma se mantiene oculta las más de las veces porque su propia apariencia es el ocultamiento.
El proceso grupal es también un lugar en el que la realidad humana puede ser auténticamente recreada, puesto que es en este tipo particular de dispositivo que una persona puede ser escuchada de modo tal que le permita restablecer el hilo de su historia, volviendo así más legible el texto de ésta. Junto a la palabra circula el deseo. Nuestros deseos buscan primero pasar al lenguaje más que a la realidad. El deseo pasa por el lenguaje, se teje en las palabras y se viste con significantes, los que fluyen entre los miembros de un grupo. Es el grupo mismo el que ayuda al sujeto a reconocer sus deseos a fin de que pueda obtener consecuencias en su existencia. Y cuando podemos satisfacer un poco de esos deseos, indudablemente la vida resulta más agradable y más apacible.
En los grupos tampoco faltan las denominadas conjugaciones egológicas, así llamadas porque siguen la lógica del ego. Son aquellas descripciones de un hecho similar que solemos conjugar con elogiosa benevolencia cuando se refieren a uno mismo, con desconfiada distancia cuando son atribuidas a nuestro interlocutor y con agraviante rechazo cuando apuntan a una tercera persona. Representan valoraciones gradualmente distintas acerca de una misma cosa, que atraviesan constantemente los discursos de nuestra vida cotidiana. Algo así como decir: “yo soy muy prudente”, “vos nunca te arriesgas” y “él es decididamente un cobarde”. O también: “yo mantengo firmes mis convicciones”, “vos sos muy obstinado” y “él es más terco que una mula”.
Para concluir, digamos que las palabras que circulan en todo grupo resultan insuficientes para expresar lo que pensamos y lo que sentimos. Muchas veces creemos tener la última” palabra; otras sentimos que tenemos que comernos las palabras y, otras más, empleamos palabras fuertes o duras. Cuando nuestras emociones son intensas y profundas, o van envueltas en cierta bruma interior, solemos quedarnos sin palabras. Siempre es bueno entender que nuestras palabras nos son habladas en minúscula, como así también las pronunciamos desde nuestra pequeña estatura humana. Alguna vez leí que las palabras que decimos son menos de lo que pensamos; lo que pensamos es menos de lo que sabemos; lo que sabemos es menos de lo que amamos; y lo que amamos es menos de lo que existe.
RONALDO WRIGHT
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042 - Vida Cotidiana y Psicología Social
(Publicado en El Semejante - Año 7 Nro. 47 de mayo de 2008; en La Silla del Coordinador con fecha 5/3/2014 y en 1968 Grupalista - Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 11/3/2015)
VIDA COTIDIANA Y PSICOLOGIA SOCIAL
La vida cotidiana suele estar presa de tradiciones y costumbres que no cuestionamos, entendiendo aquí por cotidianeidad una forma de desenvolvimiento que poco a poco va adquiriendo nuestra propia historia singular. Implica reiteración de acciones en una distribución diaria del tiempo. Vida cotidiana es, pues, intercambio simbólico-dialéctico llevado a cabo por los sujetos y sostenido por sus redes vinculares. Por ende, podemos definir a la vida cotidiana como las manifestaciones inmediatas -en un tiempo, en un espacio y en un ritmo- de las complejas relaciones sociales que regulan nuestro existir en una época concreta. Todo para qué individual resulta un modo determinado históricamente: tiene en sí su propio sentido y temporalidad.
Nuestros hábitos son nexos que traman la cotidianeidad; algo así como la manera en que ocurre lo existente mismo. Muchos de nuestros modos de vivir se transforman en mecanismos irreflexivos, no conscientes, sea de acción o de in-acción. Aceptamos los hechos cotidianos como partes de un todo conocido, es decir, como lo que simplemente es (el "ser-en"). Ello permite a cada individuo reconocerse a través de una serie de funciones fijas, inmutables. Y eso adquirido es incorporado a nuestro ser, e integrado para compensar los sentimientos de vacuidad y despersonalización que nos afligen como humanos. Con lo cotidiano adquirimos un rostro, un lugar en el mundo. La sociedad toda se nos hace una red vincular, un entramado relacional.
La vida cotidiana se expresa en un sinnúmero de hechos, actos, vínculos y actividades que se nos presentan en forma de trama, como mundo-en-movimiento. Se trata de hechos múltiples y heterogéneos, de difícil clasificación, en los que toma cuerpo y se patentiza -en forma fragmentaria e inmediata- la relación entre necesidades y metas. La costumbre y la cotidianeidad son modos en que la facticidad aparece como dada por supuesta, mientras nuestra atención dormita. La manera puntual en que los sujetos asumimos nuestro destino debe considerarse como un elemento constitutivo de esa facticidad. Pues, esta propensión a quedar absorbidos por el mundo es también el fin último más íntimo que afecta a nuestra vida cotidiana.
Un sujeto no se constituye ni se halla inserto en la sociedad toda como un espacio simbólico global, sino puntualmente en grupos concretos y específicos: familiares, de trabajo, de estudio, deportivos, religiosos, culturales, etc. Y cada ámbito tiene reglas de juego propias en lo psicosocial, en lo sociodinámico y en lo institucional. El individuo se entrega siempre a un orden. De allí que cuando el hombre de la calle advierte que el engranaje social en el que se ampara se le hace inestable y logra comprender que esas normas fijas sobre las que se desliza plácidamente su vida cotidiana cambian y se modifican, es sacudido por una sensación de incertidumbre e inseguridad: la inquietud de sentir que el piso cede bajo sus pies.
Ahora bien, la Psicología Social Argentina se propone como una crítica de la vida cotidiana. Esta disciplina científica asume una permanente indagación-acción del acontecer cotidiano, analizando siempre el devenir de las necesidades de los hombres en su organización social específica. La tarea del operador psicosocial sólo puede ser comprendida desde esta perspectiva: la investigación de la realidad en la que estamos inmersos para esclarecer y esclarecernos en la explicitación de lo oculto, de lo latente. Decimos que a cada organización social y a cada época histórica corresponde un tipo concreto y puntual de vida cotidiana. Para cada uno de nosotros, el mundo es el que vivimos con los otros: el implacable interjuego del hombre y su universo.
Desde nuestra profesión, sostenemos que se trata de dilucidar los prejuicios y preconceptos en los que el sujeto está sumido y, por qué no, también atrapado, alienado. No se puede aprender (ni aprehender) si cada uno permanece cerrado y rígido en su propio círculo de opiniones. Comprender y comprenderse incluye un nutrirse de lo extraño. El entendimiento de una situación cualquiera de nuestra cotidianeidad es dejarse decir algo distinto por ella. De allí que la óptica de la Psicología Social consista en hacerse cargo de las propias anticipaciones estereotipadas, como la única manera de que otro sentido pueda advenir en lo cotidiano. Nuestra mirada apunta a que quienes tengan un para qué logren más fácil encontrar el cómo.
Así, en lo que hace al movimiento de lo que podemos denominar nuestro propio desconocimiento, cabe señalar que los diálogos platónicos resultan aquí claramente ejemplares, pues con ellos hemos aprendido que no es a los otros, sino a lo otro de uno mismo, a quien cuestionamos a través de los demás. Nuestra mirada psicosocial nos aporta dos ejes claros de comprensión: uno, mostrándonos que somos profundamente extraños para nosotros mismos; y el otro, que el modo de comprender nuestro estar en el presente depende de la forma de recibir y cuestionar la tradición de la que somos parte. Siempre será importante cómo recepcionemos lo imprevisible, lo inhabitual o el contratiempo en aquello que cotidianamente nos acaece.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
VIDA COTIDIANA Y PSICOLOGIA SOCIAL
La vida cotidiana suele estar presa de tradiciones y costumbres que no cuestionamos, entendiendo aquí por cotidianeidad una forma de desenvolvimiento que poco a poco va adquiriendo nuestra propia historia singular. Implica reiteración de acciones en una distribución diaria del tiempo. Vida cotidiana es, pues, intercambio simbólico-dialéctico llevado a cabo por los sujetos y sostenido por sus redes vinculares. Por ende, podemos definir a la vida cotidiana como las manifestaciones inmediatas -en un tiempo, en un espacio y en un ritmo- de las complejas relaciones sociales que regulan nuestro existir en una época concreta. Todo para qué individual resulta un modo determinado históricamente: tiene en sí su propio sentido y temporalidad.
Nuestros hábitos son nexos que traman la cotidianeidad; algo así como la manera en que ocurre lo existente mismo. Muchos de nuestros modos de vivir se transforman en mecanismos irreflexivos, no conscientes, sea de acción o de in-acción. Aceptamos los hechos cotidianos como partes de un todo conocido, es decir, como lo que simplemente es (el "ser-en"). Ello permite a cada individuo reconocerse a través de una serie de funciones fijas, inmutables. Y eso adquirido es incorporado a nuestro ser, e integrado para compensar los sentimientos de vacuidad y despersonalización que nos afligen como humanos. Con lo cotidiano adquirimos un rostro, un lugar en el mundo. La sociedad toda se nos hace una red vincular, un entramado relacional.
La vida cotidiana se expresa en un sinnúmero de hechos, actos, vínculos y actividades que se nos presentan en forma de trama, como mundo-en-movimiento. Se trata de hechos múltiples y heterogéneos, de difícil clasificación, en los que toma cuerpo y se patentiza -en forma fragmentaria e inmediata- la relación entre necesidades y metas. La costumbre y la cotidianeidad son modos en que la facticidad aparece como dada por supuesta, mientras nuestra atención dormita. La manera puntual en que los sujetos asumimos nuestro destino debe considerarse como un elemento constitutivo de esa facticidad. Pues, esta propensión a quedar absorbidos por el mundo es también el fin último más íntimo que afecta a nuestra vida cotidiana.
Un sujeto no se constituye ni se halla inserto en la sociedad toda como un espacio simbólico global, sino puntualmente en grupos concretos y específicos: familiares, de trabajo, de estudio, deportivos, religiosos, culturales, etc. Y cada ámbito tiene reglas de juego propias en lo psicosocial, en lo sociodinámico y en lo institucional. El individuo se entrega siempre a un orden. De allí que cuando el hombre de la calle advierte que el engranaje social en el que se ampara se le hace inestable y logra comprender que esas normas fijas sobre las que se desliza plácidamente su vida cotidiana cambian y se modifican, es sacudido por una sensación de incertidumbre e inseguridad: la inquietud de sentir que el piso cede bajo sus pies.
Ahora bien, la Psicología Social Argentina se propone como una crítica de la vida cotidiana. Esta disciplina científica asume una permanente indagación-acción del acontecer cotidiano, analizando siempre el devenir de las necesidades de los hombres en su organización social específica. La tarea del operador psicosocial sólo puede ser comprendida desde esta perspectiva: la investigación de la realidad en la que estamos inmersos para esclarecer y esclarecernos en la explicitación de lo oculto, de lo latente. Decimos que a cada organización social y a cada época histórica corresponde un tipo concreto y puntual de vida cotidiana. Para cada uno de nosotros, el mundo es el que vivimos con los otros: el implacable interjuego del hombre y su universo.
Desde nuestra profesión, sostenemos que se trata de dilucidar los prejuicios y preconceptos en los que el sujeto está sumido y, por qué no, también atrapado, alienado. No se puede aprender (ni aprehender) si cada uno permanece cerrado y rígido en su propio círculo de opiniones. Comprender y comprenderse incluye un nutrirse de lo extraño. El entendimiento de una situación cualquiera de nuestra cotidianeidad es dejarse decir algo distinto por ella. De allí que la óptica de la Psicología Social consista en hacerse cargo de las propias anticipaciones estereotipadas, como la única manera de que otro sentido pueda advenir en lo cotidiano. Nuestra mirada apunta a que quienes tengan un para qué logren más fácil encontrar el cómo.
Así, en lo que hace al movimiento de lo que podemos denominar nuestro propio desconocimiento, cabe señalar que los diálogos platónicos resultan aquí claramente ejemplares, pues con ellos hemos aprendido que no es a los otros, sino a lo otro de uno mismo, a quien cuestionamos a través de los demás. Nuestra mirada psicosocial nos aporta dos ejes claros de comprensión: uno, mostrándonos que somos profundamente extraños para nosotros mismos; y el otro, que el modo de comprender nuestro estar en el presente depende de la forma de recibir y cuestionar la tradición de la que somos parte. Siempre será importante cómo recepcionemos lo imprevisible, lo inhabitual o el contratiempo en aquello que cotidianamente nos acaece.
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
041 - Resistencia al Cambio y Procrastinación
(Publicado en El Semejante - Año 7 Nro. 46 de abril de 2008; en Red Latina sin Fronteras con fecha 3/6/2008; en La Silla del Coordinador con fecha 29/5/2013; en el sitio Web Islam con fecha 5/11/2013 y en 1968 Grupalista - Biblioteca de Psicología Social Pichoniana con fecha 21/4/2015)
RESISTENCIA AL CAMBIO Y PROCRASTINACION
Os contaré cómo el espíritu se transforma en camello, cómo el camello se convierte en león y cómo, finalmente, el león se hace niño (Friedrich W. Nietzsche)
Digamos, para comenzar, que el concepto de resistencia fue tempranamente formulado por Sigmund Freud (1856-1939), aludiendo a aquello que en los actos y en las palabras se opone al acceso al inconsciente. Por extensión, se habló también de resistencia al psicoanálisis para designar a la actitud de rechazo a sus descubrimientos, por cuanto éstos revelaban los deseos inconscientes e infringían al hombre una vejación psicológica. Por su parte, la resistencia al cambio constituye una noción básica de nuestra Psicología Social, al considerar que lo nuevo suele tener la tendencia a colocarse como enemigo del sujeto.
Si analizamos el por qué de la resistencia al cambio, podemos ver que existen en realidad dos miedos básicos frente a toda tarea o proyecto a iniciar: el miedo a la pérdida (ansiedad depresiva) y el miedo al ataque (ansiedad persecutoria). Para Enrique Pichon-Rivière (1907-1977), estas dos ansiedades básicas surgen en las situaciones de conflicto y son inherentes al ser humano, aunque usualmente se encuentran sobredimensionadas por la sociedad en la cual estamos insertos. No hay malestar fuera de una cultura dada. La tarea del Psicólogo Social consistirá en procurar esclarecer su origen y el carácter irracional de esos temores.
El miedo a la pérdida se manifiesta en las circunstancias de cambio, al abandonar el sujeto lo conocido. Es el sentimiento de quedarse sin lo que se posee, el temor a perder nuestra estructuración ya lograda. Algo así como la ansiedad ante la pérdida de un status determinado. Por su parte, el miedo al ataque se presenta como el temor hacia lo desconocido, la ansiedad ante una nueva situación a estructurar. Es el temor al ataque frente a las nuevas condiciones de vida del sujeto. Muchas veces la persona siente que pasa de la omnipotencia a la impotencia, siendo allí operativo propiciar la capitalización de la propia potencia.
Ambos miedos o ansiedades universales se instalan en nuestro mundo interno cuando no nos sentimos suficientemente instrumentados, ni creemos poseer los medios necesarios para hacerles frente. Esos temores coexisten y cooperan en la divalencia, desencadenando un enfrentamiento de fuerzas donde una parte pugna por la ruptura de estereotipos, por dar cabida a planteos instituyentes, buscando cambios, aperturas y multiplicidades; y la otra parte (que representa precisamente la resistencia al cambio) empuja hacia la repetición, la permanencia y la estereotipia de modos de pensar, sentir y hacer. Es decir, hacia la rigidización de lo instituido.
Una situación íntimamente ligada a la aludida resistencia al cambio es la llamada procrastinación, entendida como la acción de postergar actividades o asuntos que el sujeto debe atender. Proviene del latín: pro (adelante) y crastinus (relacionado con el mañana). La noción se aplica usualmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto o situación que se procrastina suele ser percibido por el individuo como desafiante, inquietante, peligroso, abrumador e, incluso, como tedioso, aburrido o estresante. Y tal estrés (epidemia de nuestros días) puede ser tanto físico, como psicológico o intelectual.
Este concepto, más propio del psicoanálisis que de la Psicología Social, está ligado tanto a la depresión y a la baja autoestima como al perfeccionismo extremo y al miedo al fracaso. En el mundo anglosajón se dice que la procrastinación es el ladrón del tiempo, aunque también podríamos ir más allá y sostener que no es ni más ni menos que el ladrón del deseo. Máxime si consideramos que todo deseo lo es de dificultad, de intranquilidad. Procrastinar sería el arte de mantenerse al día con el ayer. Hay procrastinadores eventuales y los hay crónicos; éstos últimos son los que comúnmente denotan los desórdenes aquí apuntados.
Para los procrastinadores y para quienes portan una fuerte resistencia al cambio, el enemigo más peligroso que pueden encontrar son ellos mismos. Friedrich W. Nietzsche (1844-1900) dice que la gran liberación es el crear: quien quiera ser creador deberá comenzar por romper los viejos valores que lo atan… que lo hacen un sujeto sujetado. Como el camello, muchos individuos llevan sobre sus hombros demasiadas cargas pesadas. Pero el camello convertido luego en león podrá descubrir el yo quiero, derribando sus ataduras. En la tercera y última metamorfosis, el león logrará hacerse niño para así experimentar, ensayar y aventurarse.
Muchos cambios, proyectos y transformaciones han de ser indispensables para que -luego del yo debo del camello y del yo deseo del león-, con el espíritu del niño nazca el creador. Para ello y según palabras de Zaratustra, cada individuo tiene que vencerse en primer lugar a sí mismo. La permanente adaptación activa a la realidad implica combatir la cándida aceptación acrítica de las normas y de los valores que nos aprisionan. Superar la idea de "lo dejo para mañana, total tengo tiempo", propia de la llamada maldición de procrastinar. De tal modo, el ser humano logrará ser siempre un puente y no un fin… ¡una ruta hacia nuevas auroras!
RONALDO WRIGHT
www.ronaldowright.com
RESISTENCIA AL CAMBIO Y PROCRASTINACION
Os contaré cómo el espíritu se transforma en camello, cómo el camello se convierte en león y cómo, finalmente, el león se hace niño (Friedrich W. Nietzsche)
Digamos, para comenzar, que el concepto de resistencia fue tempranamente formulado por Sigmund Freud (1856-1939), aludiendo a aquello que en los actos y en las palabras se opone al acceso al inconsciente. Por extensión, se habló también de resistencia al psicoanálisis para designar a la actitud de rechazo a sus descubrimientos, por cuanto éstos revelaban los deseos inconscientes e infringían al hombre una vejación psicológica. Por su parte, la resistencia al cambio constituye una noción básica de nuestra Psicología Social, al considerar que lo nuevo suele tener la tendencia a colocarse como enemigo del sujeto.
Si analizamos el por qué de la resistencia al cambio, podemos ver que existen en realidad dos miedos básicos frente a toda tarea o proyecto a iniciar: el miedo a la pérdida (ansiedad depresiva) y el miedo al ataque (ansiedad persecutoria). Para Enrique Pichon-Rivière (1907-1977), estas dos ansiedades básicas surgen en las situaciones de conflicto y son inherentes al ser humano, aunque usualmente se encuentran sobredimensionadas por la sociedad en la cual estamos insertos. No hay malestar fuera de una cultura dada. La tarea del Psicólogo Social consistirá en procurar esclarecer su origen y el carácter irracional de esos temores.
El miedo a la pérdida se manifiesta en las circunstancias de cambio, al abandonar el sujeto lo conocido. Es el sentimiento de quedarse sin lo que se posee, el temor a perder nuestra estructuración ya lograda. Algo así como la ansiedad ante la pérdida de un status determinado. Por su parte, el miedo al ataque se presenta como el temor hacia lo desconocido, la ansiedad ante una nueva situación a estructurar. Es el temor al ataque frente a las nuevas condiciones de vida del sujeto. Muchas veces la persona siente que pasa de la omnipotencia a la impotencia, siendo allí operativo propiciar la capitalización de la propia potencia.
Ambos miedos o ansiedades universales se instalan en nuestro mundo interno cuando no nos sentimos suficientemente instrumentados, ni creemos poseer los medios necesarios para hacerles frente. Esos temores coexisten y cooperan en la divalencia, desencadenando un enfrentamiento de fuerzas donde una parte pugna por la ruptura de estereotipos, por dar cabida a planteos instituyentes, buscando cambios, aperturas y multiplicidades; y la otra parte (que representa precisamente la resistencia al cambio) empuja hacia la repetición, la permanencia y la estereotipia de modos de pensar, sentir y hacer. Es decir, hacia la rigidización de lo instituido.
Una situación íntimamente ligada a la aludida resistencia al cambio es la llamada procrastinación, entendida como la acción de postergar actividades o asuntos que el sujeto debe atender. Proviene del latín: pro (adelante) y crastinus (relacionado con el mañana). La noción se aplica usualmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto o situación que se procrastina suele ser percibido por el individuo como desafiante, inquietante, peligroso, abrumador e, incluso, como tedioso, aburrido o estresante. Y tal estrés (epidemia de nuestros días) puede ser tanto físico, como psicológico o intelectual.
Este concepto, más propio del psicoanálisis que de la Psicología Social, está ligado tanto a la depresión y a la baja autoestima como al perfeccionismo extremo y al miedo al fracaso. En el mundo anglosajón se dice que la procrastinación es el ladrón del tiempo, aunque también podríamos ir más allá y sostener que no es ni más ni menos que el ladrón del deseo. Máxime si consideramos que todo deseo lo es de dificultad, de intranquilidad. Procrastinar sería el arte de mantenerse al día con el ayer. Hay procrastinadores eventuales y los hay crónicos; éstos últimos son los que comúnmente denotan los desórdenes aquí apuntados.
Para los procrastinadores y para quienes portan una fuerte resistencia al cambio, el enemigo más peligroso que pueden encontrar son ellos mismos. Friedrich W. Nietzsche (1844-1900) dice que la gran liberación es el crear: quien quiera ser creador deberá comenzar por romper los viejos valores que lo atan… que lo hacen un sujeto sujetado. Como el camello, muchos individuos llevan sobre sus hombros demasiadas cargas pesadas. Pero el camello convertido luego en león podrá descubrir el yo quiero, derribando sus ataduras. En la tercera y última metamorfosis, el león logrará hacerse niño para así experimentar, ensayar y aventurarse.
Muchos cambios, proyectos y transformaciones han de ser indispensables para que -luego del yo debo del camello y del yo deseo del león-, con el espíritu del niño nazca el creador. Para ello y según palabras de Zaratustra, cada individuo tiene que vencerse en primer lugar a sí mismo. La permanente adaptación activa a la realidad implica combatir la cándida aceptación acrítica de las normas y de los valores que nos aprisionan. Superar la idea de "lo dejo para mañana, total tengo tiempo", propia de la llamada maldición de procrastinar. De tal modo, el ser humano logrará ser siempre un puente y no un fin… ¡una ruta hacia nuevas auroras!
RONALDO WRIGHT
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